UNAS PALABRAS A ESE OTRO SILENCIO


Por Dagoberto Guerra Yepes

Son muchas las circunstancias que cruzan o afectan para bien o mal el proceso creativo de un escritor; sin embargo, de todo ello ha de salvarlo o conducirlo de mejor forma el deseo de contar que no es otra cosa que ser interprete y trasmisor de aquello que ha visto y que como buen carpintero pulidor de la madera, viste con la luz de la imaginación. Es de suponer entonces, que el escritor abraza una línea delgada constituida por lo objetivo y subjetivo, desde donde teje la urdimbre o trama de sus personajes. Pero ningún tejido será de interés si en ella no se percibe como exquisito aire bajando por la falda de una montaña, la música de la sensibilidad y la emoción, aunque para muchos, ésta última es incomoda. ¿Qué sería de la sensibilidad si antes no nos emociona el sereno vuelo del colibrí o el aleteo de una mariposa frente al espejo?

En esa medida, Ese otro silencio, novela del escritor Luis Payares, contiene el calor de la sensibilidad y de la emoción, las cuales le dan curso a su viaje narrativo, configurado por una atmosfera de dolor, constituido por un pasado y un presente dialógico, entenebrecido por los oscuros lazos del poder. Por medio del lenguaje, propio de su comunidad lingüística, muestra las nefastas acciones que como aguijón ponzoñoso pulsan y dañan los estados de unidad de la sociedad.

Pero a pesar de que la obra en sus cuarenta y cuatro capítulos la cruza el dolor, la soledad, el aislamiento y la sinrazón, no por ello el escritor pierde el rumbo de saber contar o narrar desde lo literario. Se ha dispuesto para ello. Sabe que es mejor admirar un bosque, que una triste sinfonía de hojarasca. He allí como en Ese otro silencio, el recurso de la evocación, por ejemplo, se reafirma con un presente y éste vislumbra nuevos senderos, nueva resignificación para el ser (establecido en el personaje) a partir del querer alcanzar un futuro soñado y por vivir. Es entonces en esa carencia y anhelo de posesión, no de lo propiamente material, aunque este falte, sino de la búsqueda, de la reconstrucción de los lazos familiares destruidos, donde  tanto el tiempo objetivo y el subjetivo, como las otras formas o recursos narrativos, son heraldos de la desdicha que se pasea a campo abierto por toda la obra y es allí, donde el escritor de alguna manera, sorteando las trampas de la oscuridad, utiliza un poco el recurso poético como semillas de luz, escapando a rato de los oscuros tentáculos del bostezo, evitando la sombría rigidez  de la obra.

De igual manera, la presencia o mención de pasajes o hechos bíblicos en la obra, como asuntos no refutables, le imprimen a la misma el valor de lo creíble. El pasaje de Abraham y Lot, por ejemplo, es aprovechado por el escritor, para que su personaje determine su separación de AK47, símbolo de destrucción y muerte. Muerte que cohabita con el personaje tanto en su pasado como en el presente. O el del otro momento, el del deseo de bañarse como “Namán en el Jordán” para cambiar de condición. Sin embargo, la pesada carga negativa sobre el personaje, no es impedimento para que el escritor, creador y sostenedor del mismo, mantenga viva su esperanza de resurrección, avivando en su memoria, su infancia precaria, pero esperanzadora y feliz, sabiendo que mucho más allá del hilo de su cometa (instrumentalización del juego) y el espacio (campo de acción de los deseos)  está Dios, lo humano y lo divino como asunto de esperanza, característica humanizante de esta obra, que ayuda al lector a encontrarse de alguna manera con el personaje porque el escritor a tendido puentes conexos, pues, el mundo del personaje es concebido en un espacio y tiempo natural, conocido o sospechado por el lector, no sobre natural, espacio este anhelado en la figura y relación con la deidad (Dios). Y es de anotar en mención a este pasaje de los niños jugando, como en otros pasajes en la línea general narrativa, su vaso comunicante con la obra Cometas en el cielo del Afgano Khaled Hosseini, donde amistad, violencia y poder se entre cruzan, con la respiración y fuerza narrativa propia de cada autor.

Así mismo, en Ese otro silencio, se advierte una estructura orgánica, una unidad y coherencia que afirman el sentido de pensamiento y significación.  Aunque, existen pasajes que han debido ser callados, la unicidad tiene un alto valor. El tratamiento del detalle, las pequeñas pistas o aristas narrativas tienen mucho de acierto en cuanto aquello que decía Hemingway: “Si en la pared cuelga una escopeta, ella debe dispar en algún momento”. En Ese otro silencio de Luis Payares, los detalles tienen su virtud, las descripciones y las cifras tienen la elocuencia de contar con propósito el dolor, al mismo tiempo que minimizarlo con una carga poética como elemento catalizador.

En esta obra la figura del pájaro Tucán trasluce la necesidad que tenía el personaje de contar con un semejante que no callara, que hablara, cosa que Poe, logra solucionar colocando un estribillo en su cuervo.

De allí su importancia, su presencia en la obra como símbolo o analogía del hombre que observa y calla y al mismo tiempo, como elemento instrumentador de la denuncia, desde donde se puede deducir que el hombre, ser inteligente, tripartito, Espíritu, alma y cuerpo, ha traspuesto dolorosamente como una forma de defensa y seguridad: La verdad, sus deseos y sus acciones. En Sebastián, se dibuja la historia vivida por muchos hombres y mujeres que desde la niñez han sufrido grandes cuadros de violencia y que con el correr del tiempo, la sed de justicia golpea como martillo encendido en su adentro. Siendo así, centro y sufrimiento, sombra y silencio. Nota silente de una canción que otro construye con tambores rojos.

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