UNA PASADA POR EL INFIERNO


Nota tardía sobre Afuera estaba la noche, novela de Adolfo Ariza Navarro

Por Clinton Ramírez C.

Con Afuera estaba la noche (Sibila Editores, 2008), Adolfo Ariza Navarro ganó la Bienal de Novela José Eustasio Rivera en 2006.

La novela está escrita a la manera de una cámara que anda de aquí para allá sin solicitar permiso a nadie, en un acto de autonomía marcado por la audacia, el instinto poético. Su tono corresponde, por otra parte, a la mirada de un niño que toma posesión de la historia de las estancias, los paisajes y las personas que aún los pueblan, aunque muchas tengan la condición de fantasmas o de residentes del limbo.

Su estructura −dividida en botellas y sorbos− trae a la memoria libresca la división en círculos de la Comedia y el peregrinaje de Dante. La segmentación en botellas y sorbos corresponde a dos historias o dos maneras de presentar una misma historia, que el lector podrá abordar según su voluntad. El propósito de Amy, la protagonista −ir tras el pasado de un padre desconocido y suicida− la hermana sin remedio con el Juan Preciado de Pedro Páramo. La atmósfera y el lenguaje, preciso y poético, remiten a los mundos cerrados del propio Rulfo, de Onetti y Cepeda Samudio, padres de una narrativa enfrascada en indagar con denuedo en los extravíos y las tensiones del continente. Es asimismo esta novela corta de Ariza un entramado policiaco, en donde el clima de violencia política que imperó en el país en la historia reciente sirve de pretexto para enmascarar −encriptar− una oscura venganza familiar, como descubrirá Amy al final de la visita, poco antes de despedirse de La Cerda, la viuda de su padre, quien, dispuesta a enterrar el pasado, prefiere ignorar el nombre de la culpable de la desgracia del marido.

La novela de Ariza es un astuto reportaje sobre las violencias de todo orden que han moldeado la historia de los muchos pueblos e hijos del Caribe de Colombia. Amy es consciente del peso de dicha transferencia −voluntaria o no− y de los estragos en el espíritu del pueblo de su padre, en donde casas y muebles, personas y animales viven resignados a sus destinos de polillas y orines, de temores y odios. Tiene a la vista los notorios trastornos en la vida material y el espíritu de un pueblo alguna vez pujante y alegre, habitado por la risa y la música de las parrandas y los bailes. El de su padre tiene mucho de un pueblo fantasma y de muertos en vida, donde apenas quedan perros para espantar a los escasos visitantes y vendedores. Una incursión de hombres armados, que apareció una noche en las calles como un pesado ejército de elefantes, redujo el pueblo a la actual condición al asesinar a muchos padres delante de las mujeres e hijos, a la vista de todos. Los vivos, los sobrevivientes, son cuerpos rotos, meros espectros, espíritus de la muerte, como pareciera ser el caso de Evangelina Duarte, huesuda y apergaminada, el pelo entrecano, la piel manchada de carete, pero con la decencia suficiente para servir un poco de café a las visitas. Revelador igualmente de los efectos combinados de la violencia y la pobreza es la condición física de Tamayito, conductor de un camioncito chueco y agripado, como el propietario, al que la picadura de una abeja le dejó convertido el ojo izquierdo en “una clara de huevo, espesa y uniforme” (p.142). Es un pueblo sin risas y sin música. A los habitantes, mujeres y hombres, ancianos y niños, les borraron de los rostros las sonrisas. Los dos grandes picós de los sábados y domingos, cuya música animaba las parrandas y los juegos de mesa, fueron silenciados.

La visita de Amy se antoja una indagación condenada a la incertidumbre y la incomunicación. En algún momento del peregrinaje suyo por calles, patios y casas está dispuesta admirir el vacío de su propósito, la inutilidad del viaje. Hostilidad y mutismo dominan el entorno de las visitas que acumula en el recorrido por el pueblo y el pasado. Incluso la visita al tío Samuel, violento, alcohólico y desvergonzado, tiene la facha de una equivocación, de una pesadilla. “Yo soy el reflejo de sus pasos, de su inseguridad”. Es dueña en realidad de las desgracias, el odio y las calles de un conglomerado que acusó a su padre de haber traído a los hombres que sembraron el terror y la muerte entre quienes se negaron a pagar extorsiones. Hará un descubrimiento muy al final. Agustín Amador, como muchos otros propietarios −pequeños ganaderos y cultivadores−, quedó atrapado en las redes de la extorsión y la colaboración por el simple hecho de mantenerla a ella, la hija ignorada, fuera de las manos aladas de la muerte. Una foto de Amy, descubierta en la casa derruida del progenitor y que la muchacha enseña a La Cerda, servirá para esclarecer que mediante esta placa −tomada en el momento de abordar el transporte escolar− y muchas otras, Agustín Amador fue chantajeado y sometido, aunque no derrotado. El suicidio, acudiendo al expediente hemingwayano de un escopetazo, fue la salida y la respuesta, extraña y absurda para muchos, a la encrucijada que le planteó al orgullo una historia empecinada en girar una y otra vez sobre sí misma, igual que un tiovivo alucinado, alucinante. El espíritu de Amy, sin embargo, pareciera estar diseñado para vencer a los propios poderes de la muerte. El viaje suyo dista de ser un mero arrebato de la edad. Responde a una decisión larga y meditada, como sucedió con el atajo tomado por Agustín Amador al accionar el gatillo cuando la creyó libre de peligro.

La paciencia, la callada tenacidad de Amy, redituará amplios beneficios. El reportaje del peregrinaje tras la historia trágica del padre suicida y la gente con que compartió los días más turbios, será a la larga el premio a la confianza: la verdad aflora como un bien suficiente para sanar las propias heridas en principio. Ahora sabe y puede vivir sin dolor. Quizá esté preparada para entender y perdonar a la causante de la tragedia de Agustín Amador.

A diferencia de Juan Preciado, y pese a la hostilidad y las expresiones de un mundo fantasmal intraducible, Amy tiene la posibilidad de regresar al mundo citadino donde ha crecido. Llevará consigo el borrador de la novela que su padre escribió poco antes de tomar la decisión de matarse y que ella copió a mano de la memoria de una inservible máquina eléctrica. Salva la historia de su padre, incluso de la rapacidad del hermano de este: el iracundo Samuel Amador, autor de las historias de las botellas: once en total. Es la beneficiaria legítima del libro de su padre, del que promete enviar, una vez sea editado, una copia al pueblo, bien a La Cerda o a Bravo, su medio hermano. Está en plan ahora, en la última entrevista con La Cerda al pie de la tumba de Agustín Amador, de revelar la verdadera intención de la visita, aunque el deseo quede reducido a un discurso interior: “Le mentí −piensa−, no vine a visitar la tumba. Vine a cerciorarme. Quería saber de Bravo, de usted, de él, de las personas que compartieron su vida, su muerte… (p. 159)”. Ella tampoco juega limpio, pero, delante de sí misma y no solo delante de la tumba sin nombre del padre, toda mentira se revela inútil. La verdad, imprevisible y regeneradora, termina imponiendo soberanía en esta novela arriesgada de Adolfo Ariza, cuyo pueblo natal, La Avianca-Magdalena, fue una de las muchas poblaciones del Caribe en sufrir, en 1998, el exterminio de la violencia paramilitar. Amy, ahora, puede sonreír. A La Avianca todavía le cuesta hacerlo, aunque a ratos pase del silencio del cementerio a la alegría de las fiestas patronales y al alboroto sin tránsito de los fines de semana en las cantinas.

Santa Marta, octubre 29 de 2017

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