UN MUNDO DE VIEJOS


Por Manuel Medrano

Mirarla ya vetusta y convertida en abuela, con su arcaica sonrisa y su luenga cabellera.  ¡Cómo se extasía contemplando a sus nietos y evocando sus tiempos pretéritos!
A mi madre, Berta Barragán

Yo no me conozco, como para salir a defender mis acciones en el transitar por los caminos de la vida, más bien algunas veces me he puesto a reflexionar si he cumplido la misión que me encomendaron y hasta qué punto he sido un afortunado al elegir acertadamente a las personas que me han acompañado durante mi tiempo en esta dimensión.

Vaya, difícil reto verse en el espejo de la vida y tener el valor de contemplar esa propia imagen más allá de lo que el ego impide ver. Mi vida, mi maravillosa vida, ha sido tan simple y de pocas ambiciones; tal vez por eso evocando a Whitman: “Me canto y me celebro. Me celebro y me canto”. He vivido con serenidad y sin apuros, ligero de equipaje y tratando siempre de sacarle provecho al proceso de maduración que ha hecho del lapso de mi recorrido vivencial, un invaluable aporte para servir y compartir con quienes todavía escucha y comparten.

Me alimento de los recuerdos de los tiempos idos, y vivo el presente con el asombro del acelerado pasar del tiempo y sus avatares. Tratando de seguir siendo tardo para la ira, y teniendo la serenidad como un escudo protector. Me estoy volviendo viejo y no me he dado cuenta, disfruto cada instante sin cuestionar el camino recorrido, solo cuando me dicen con rabia e ironía, Viejo pendejo o viejo retrogrado y todas esas palabrejas que utilizan muchos jóvenes ahora para agredir a quienes hemos logrado llegar al límite de la edad madura sin temor a la oscuridad.

Agradezco una vez más al Señor Todo Poderoso la gran oportunidad de haber ido envejeciendo a la par de esas leyendas de la música, y haber habitado un mundo coincidencialmente con las grandes voces del bolero y sus compositores. Y contemporizar con los creadores de la balada, la cual aprendí a querer con Raphael, Nino Bravo, Paloma San Basilio, José José y Claudia de Colombia, entre otros. ¡Qué maravilla! coincidir en este plano con Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Placido Domingo.

En las culturas primitivas se tenía una consideración especial con los ancianos, sus conocimientos y sabiduría, eran valorados. Los japoneses aman a sus viejos y ponen mucha atención a sus sugerencias a través del Consejo de Ancianos.

El mundo que tenemos hoy ha sido producto del trabajo de los ancianos, por ende, hay que seguir propendiendo por una supervivencia colectiva, y tratar de inculcar a las nuevas generaciones la importancia histórica de los ancianos, ante la presencia de un componente amplio de la comunidad universal que es de tanta pobreza espiritual que minimiza la muerte de los viejos. Y hay quienes acuden al cambio de las palabras viejo, por tercera edad, adulto mayor o edad de oro, como si eso fuese un gran aporte para mejorar la calidad de vida de gente tan vulnerable como ellos. Son términos ambiguos y condescendientes de una sociedad excluyente.

En el Papel del Anciano en la Sociedad: una mirada a través de la historia, la psicóloga Laura L. Carstensen dice que: “Hoy día el reto es construir un mundo que corresponda igual de bien a las necesidades de los ancianos, como las de los jóvenes”.

“Si tenemos una gran población de personas mayores, emocionalmente estable, informada y relativamente saludable, sin duda que es un buen recurso”.

Es evidente que la región vive un proceso de envejecimiento y, por ende, se deben poner en marcha políticas públicas que busquen mejorar la calidad de vida de los ancianos y capacitarlos para enfrentar la soledad y el aislamiento.

Hay muchos que se pensionan y se convierten en sedentarios físicos y mentales porque no existe una escuela de ancianos que los oriente, y les demuestre que la actividad de leer y escribir es el mejor ejercicio para la mente y la caminata cotidiana es lo mejor para mantenerlos saludables.

Todo sería distinto si naciéramos viejos y fuéramos a través de los años convirtiéndonos en niños (EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON. F. Scott Fitzgerald). El mundo fuera más amable y no existieran los depredadores.

“Yo soy tu sangre mi viejo, soy tu silencio y tu tiempo”. Piero

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