UN ENCUENTRO CON VOCES EXTRAVIADAS


Por Dagoberto Guerra Yepes

Tomar la palabra como vehículo de encuentro con el otro, alejado de los postizos mecanismos que entorpecen el encuentro, la esencia, la agradable frescura existente entre el dar y el recibir, no es tarea fácil para quien ha decidido abrazar a sus semejantes por medio de la palabra escrita, pues con ella manifiesta su ser, su sentir, sus gustos, sus emociones, lo amado, lo rechazado, en síntesis su mundo percibido y que en danza, en derrota o esperanza lo entrega, lo comparte.

En Voces extraviadas, poemario del poeta Jorge del Río, se produce sin duda alguna, el agrado de encontrarse con un poeta que de manera inequívoca ha ido madurando su voz, su palabra; no como el curso vertiginoso del río natural, sino de ese otro Río, el Río calmado, reflexivo, intuitivo, el Río poeta que a la orilla del caudaloso río de las palabras sabe introducirse al encuentro de ellas y madurar la imagen hasta hacerla suya y presentarla como elaboración poética, como voz y oficio. Este acontecer mostró su curso en Derrota otra vez del olvido y Los cuadernos del descreído en uno y otro, conserva el tono y la búsqueda de un estilo definitorio, presente ahora mucho más maduro y depurado en este su tercer libro Voces extraviadas. Sin embargo, no hay que olvidar el acierto reflexivo de Valéry y Kavafy, al admitir que «No hay poema terminado» dando a entender que solo la madurez poética le ayudará al poeta usar cada vez más las palabras necesarias y exactas que le den mayor luz y vigor al poema.

Como estructura poética en Voces extraviadas coexiste el tiempo cíclico como voz poética permanente que manifiesta como danza y aroma constante el presente, el futuro y la evocación del pasado. En ello tiene acierto lo expresado por Bergson «en todas partes donde algo vive, hay en alguna zona un registro abierto donde el tiempo se inscribe» y es esa zona a decir del poeta, su campo de acontecimientos. Es su memoria centro y lanza del acontecimiento poético. Hecho que el poeta festeja: «El viento arrastra la memoria/ hasta las tardes/ de mangos y guayabas/ donde fuimos buenos/…». Para terminar mucho más adelante «Alguien grabó en la piel del árbol/ Aquí comieron dioses». Sin duda se percibe el goce del poeta por la evocación de la inocencia, de la niñez, pero también deja por sentado que el tiempo pasa, que el hombre envejece, deja la inocencia y dejando de ser bueno graba de otra forma el árbol «La vida». Es la memoria  entonces, ese pozo fecundo donde el poeta por medio de la evocación  encuentra su nicho, su razón familiar, su geografía sentimental, su campo de expresión,  insertada en el uso de un lenguaje desprovisto de banas emociones, atravesado por las palabras que  le dan el  equilibrio al  corpus poético  no solo evocativo, si no a los otros tiempos verbales. Así en poemas como: «Mi padre» la memoria hace su tránsito. Cumple su oficio como vehículo de ensoñación. En tal sentido en Jorge del Río, la memoria no es el lugar de las máscaras, sino el sitio donde el yo poético le da cuerpo e identidad a las razones que gravitan en la intimidad y en la relación con el otro. También encontramos ese otro tipo de canto donde el poeta le da forma al pensamiento dualista del hombre donde vida y muerte confluyen como cartografía de lo trágico y de la desesperanza, es el caso de: «Poema 28», «Poema 3» y «Dónde». «Leves nuestros pasos» es un poema de abierta nostalgia. Y «Salomé» manifiesta algo así como la resurrección del poeta, la esperanza. Es el poema con el cual el poeta quiere desprenderse de las sombras, verse y reconocerse en  es ese otro Río que vive, que crece.

De esa forma, en Voces extraviadas cada instante poético es para el poeta una oportunidad de manifestación estética, de allí que se encuentren textos con un muy buen tratamiento, donde la palabra manifestada tiene el valor de lo sentido, de la razón y el claro destello de la imaginación. Tal vez es por este hecho que la producción poética de Jorge del Río, sea lenta y mucho más su difusión y debe ser así cuando se quiere mostrar una poesía alejada del ruido, del caos, de las disonancias que algunos hacedores de versos dan por poesía, olvidando que el poeta debe tomar la palabra de su «estado natural y vestirla de gracia» posibilitando con ello un profundo y abierto campo de significación, para el goce del lector.

En síntesis, en la suma poética de Voces extraviadas, a Jorge del Río, lo habita lo familiar, lo cotidiano, el deseo, el gusto, el terror, la esperanza, la derrota, la vida, la muerte. Cada uno de ellos se ha constituido en elemento sustancial de la construcción poética, con cada uno  el poeta hilvana, crea la admósfera y expresa su tránsito por la vida como observador y actuante, no de otra forma podría entregarse al poema con anhelo de búsqueda, de indagación al ser, sujeto poseedor de sentido y trascendencia.

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