TEOREMA DEL CATETO


Por: Amaury Pérez Banquet

¿Para qué sirve una hoja de papel en blanco, mamá? No me respondes porque estás dormida, pero sé que en cuanto despiertes me lo dirás aunque no me encuentres en casa… Recuerda que ya no soy de tu propiedad.

      El tiempo a tu lado se me agota. Lloro con la milimetría que tú me enseñaste a hacerlo: en silencio y hacia adentro para disfrutarlo mejor. Pero mis lágrimas se han rebelado, y ahora tengo que apartar la cara hacia un lado para que mis letras no se ahoguen… Y tú lloras dormida, mamá, lo puedo percibir.

      Te estoy escribiendo, pero es como si todavía no hubiese comenzado. En verdad se me hace difícil encontrar las palabras para encabezar esta carta de despedida. Si no te amara con tanto arraigo, si pudiera dejar por un instante la tradición que he heredado de los malditos teoremas, todo fuera diferente: dejaría correr la punta del lápiz por la superficie de este papel que aún sigue sin vida. Dejaría que fuera mi instinto quien tomara la iniciativa para salir del paso, pero soy un poeta revestido con números de todos los tiempos y mi deber es seguir al frente como lo hacen todos los de mi estirpe. Mi corazón se desgaja de a poco, mamá, siento que pende de un suspiro y me da temor porque cada letra que cae sobre el papel, revota sin piedad y golpea mi pecho. En vano intento atrapar mi dolor que parece circular sin control por todos mis conductos. Llegó la hora de saber qué tan solidos son los números que propiciaron nuestra creación. Me duele todo, hasta lo que no se puede palpar de mí, pero en el fondo me voy un tanto sosegado porque sé que el olvido es un simple paralelo agotado que jamás se cruzará en nuestros caminos. Somos tan afortunados, madre mía, que desde el comienzo nos ha unido un solo recuerdo: el amor. Te prometo que apenas llegue a la casa de mis nuevos dueños repasaré el teorema del cateto y, a partir de ahí, conseguiré una ecuación que  nos permita ser felices aunque estemos separados.

      Se me agotó el tiempo y no logré encontrar las palabras ni los números precisos para expresarte todo lo que significas para mí. Bueno, se supone que tú lo sabes, pero quería dejártelo escrito como una muestra de agradecimiento por todo el amor que has derramado sobre este cuerpo que ya no es el mismo. Ni siquiera mi transformación te hizo retroceder, mamá. Para ti siempre he sido el mismo, por eso quiero que estés tranquila, Jamás me presentaré como Jesús de Nazaret, siempre seré ese que tú moldeaste a tu imagen y semejanza. Te amo… ya vinieron por mí…

      Doblo el papel en tres partes iguales y lo pongo al alcance de mi madre para que lo vea apenas se despierte. Agarro la bolsa, salgo de la habitación, llego a la cocina a dejar el cuchillo en su sitio y enseguida me enrumbo hacia la puerta principal. La abro y ahí están mis nuevos dueños: dos hombres grandotes y gruesos, como un par de ataúdes parados, vestidos de blanco y serios, sin ningún indicio de haber sonreído en años. Uno de ellos tiene una gorra fondo azul con una letra N blanca, atravesada por una letra Y también blanca.

      —¿Usted es…?

      —Sí, soy yo —respondo antes de que el hombre que tiene la gorra termine de preguntar.

      —¿Quién está a cargo? —pregunta el otro hombre, con una voz grave, proporcional a su estatura.

      —Cuando mi madre está dormida, yo quedo a cargo… Así que vámonos.

      El hombre de la gorra hace un ademán con sus hombros y agarra mi equipaje. El otro me sujeta por el codo izquierdo y me conduce a la parte trasera de la camioneta.

      —Vamos, sube —me dice el hombre que me lleva agarrado, mientras me empuja por la cintura—. Pronto estarás en casa.

      Subo y luego lo hacen ellos. El de la gorra se sienta a mi lado y el otro se acomoda frente a nosotros. En cuanto la camioneta se pone en marcha, les pregunto:

      —¿Cómo se llama el sitio para donde me llevan?

      —La media Luna —contesta el hombre de la gorra.

      —¿Allá es dónde vive un tal Pedro Páramo?

      —Lo más seguro es que allá viva —vuelve a contestar el hombre de la gorra, con el típico tono de hacerte sentir estúpido para que interrumpas la conversación. Yo entiendo el mensaje del que quiere hacerme sentir estúpido. Entonces cierro los ojos para ver si encuentro el rostro dormido de mi madre en mi propia oscuridad. Nada. Mi oscuridad es turbia, solo me deja ver el ruido nocturno de la cuidad, que parece estar inmensamente contaminado. Pero aún así, prefiero seguir con los ojos cerrados porque comienzo a percibir que los hombres que me acompañan no son normales. Están hablando entre ellos y me ignoran, se ríen a carcajadas mientras se refieren a un nuevo huésped, a un recién llegado a La media Luna. «Pensé que no sabían reír», digo para mis adentros. Lo raro es que no lo llaman por su nombre, sino por un extraño apodo: El vendedor de piojos. «¿El vendedor de piojos?», repito mentalmente. Algo me dice que ese nuevo huésped de La media Luna puede llegar a ser mi amigo, además, no creo que todos sean malos y mucho menos un hombre que se haga llamar «El vendedor de piojos».

      La camioneta se detiene después de casi una hora de estar en marcha. Escucho el crujido de las bisagras de una verja y continuamos a baja velocidad. Aunque continúo con los ojos cerrados, siento como si fuéramos por un sendero revestido de piedras pulidas. Luego de un par de minutos, la camioneta se vuelve a detener.

      —Despierta, Jesucristo —me dice el hombre que está a mi lado, el que tiene la gorra puesta—. Ya llegamos a casa.

      —¿Quién te dijo que yo me llamo así? —le pregunto al tiempo en que abro los ojos.

      —Todos en La media Luna sabemos que eres Jesús de Nazaret —el hombre me agarra por el codo y me sonríe—. Ven, bajemos.

      La media Luna está sumergida entre la espesura de la noche negra y el canto indescifrable de los grillos. «¿Dónde estará Pedro Páramo?», pregunto a manera de susurro. Nadie me responde. «¿Dónde estará el vendedor de piojos?», vuelvo a preguntarme en vano. En la distancia veo una corriente de luz que se desliza por un amplio pasillo de paredes blancas. En esa dirección me conducen los hombres. Ahora somos cuatro porque el conductor se ha unido a nosotros.

      —¿Todos son grandes en La media Luna? —pregunto sin saber por qué.

    —Solo una parte —responde el conductor con esa voz que parece haber sacado del motor recalentado de la camioneta—. Solo los que necesitamos ser grandes.

Creo pertinente cerrar los ojos para ver si los hombres siguen hablando de «El vendedor de piojos», pero como ya estamos caminando dentro del pasillo iluminado, no lo hago. En el fondo, detrás de un mostrador, está una mujer vestida de blanco. «Bienvenido a La media Luna», me dice y sonríe. Seguimos por otro pasillo, igual de iluminado, hasta que entramos en una habitación. Recostada a una pared está una camilla. El conductor de la camioneta me pide que me acueste. Yo le obedezco.

      —Ya es muy tarde —dice el hombre que tiene la gorra puesta, mientras me muestra una jeringa con un líquido transparente adentro—. Esto te ayudará a dormir…

      Yo dejo que el hombre haga lo que tiene que hacer porque en realidad deseo dormir para ver si me encuentro con mi madre en mi sueño. De manera que apenas cierran la puerta de la habitación, bajo mis parpados y trato de conciliar el sueño. Tengo diferentes mecanismos para dormir cuando estoy en dificultades, pero el que más me funciona, es el de crear una piscina en mi mente, una piscina rectangular de agua cálida. Apenas la tengo ubicada, me sumerjo en ella y comienzo a nadar haciendo una diagonal. La divido en dos a propósito, formo algo así como dos triángulos rectangulares, es una manera práctica de repasar el teorema del cateto. Luego dejo que mi cuerpo flote mientras observo las constelaciones que forman las estrellas hasta que me quedo dormido. Eso hago en este momento, estoy de cara al cielo, sosteniéndome sobre la capa de agua con las piernas y mi brazo derecho. El otro brazo, el izquierdo, lo estiro y con la yema de mis dedos acaricio el lado oscuro de la Luna. «En todo triángulo rectángulo un cateto es media proporcional entre la hipotenusa y su proyección sobre ella», digo apenas percibo la superficie fría y plegada del satélite. Si a es la hipotenusa, b y c los catetos y m y n la proyección de los catetos sobre la hipotenusa de un triángulo rectángulo, ¿cómo hago para encontrar una ecuación que nos permita ser felices a mi madre y a mí a pesar de estar separados? Sé que tengo que partir despejando la hipotenusa a, y que esto me conducirá a descubrir que b al cuadrado sobre m es igual a c al cuadrado sobre n. Lo difícil es transformar a dos de esas cuatro variables en madre e hijo, y más aún cuando sigo acariciando una figura que tiene forma de círculo.

      Me quedo profundo y no puedo encontrar la ecuación de la felicidad, pero en un punto del sueño siento la presencia de mi madre. Por su olor sé que está cerca de mí, no en sueño, sino acá, en lo real. Por eso busco la manera de despertarme, me muevo con violencia dentro del sueño y lo logro. Abro los ojos y veo a mi madre sonriéndome, sentada en el borde de la camilla. De pie, a su lado está una enfermera.

      —Buenos días —me dice mi madre y comienza a acariciar mis manos—. ¿Por qué no me despertaste anoche?

      —Tu sueño era muy puro, mamá, no merecía estropearlo por nada.

      —Ven, levántate para que te asees, te van a pasar para una habitación más amplia y con grandes ventanales.

      La enfermera que está a su lado asiente con la cabeza y luego me conduce al baño de hombres que está a mitad del pasillo.

      —Dese la vuelta o de lo contrario no podré orinar, señorita —le digo.

      Ella me guiña el ojo, me obedece y se queda de espaldas a mí hasta que termino de hacer todas mis necesidades. De regreso a la habitación mi madre está hablando con un hombre elegante, impecablemente vestido de blanco y con fonendoscopio colgado del cuello. Apenas me ve entrar estira la mano derecha para saludarme.

      —Hola, mi nombre es Alejandro —me dice con mucha amabilidad—. Seré tu doctor mientras permanezcas en La media Luna.

      —Hola —le respondo aún sin soltarle la mano—. ¿Dónde puedo conseguir a Pedro Páramo?

      —Luego hablamos de eso —me dice tras separar su mano de la mía—. Por lo pronto vamos a tu nueva habitación.

      —¿Conoces a un interno que apodan el vendedor de piojos? —le vuelvo a preguntar.

      El doctor niega con la cabeza. Los cuatro abandonamos la pequeña habitación y caminamos en silencio por los mismos pasillos que había recorrido en la noche. Pasamos por la recepción, salimos de las instalaciones y continuamos por un sendero delimitado por un bonito jardín florecido. Al final del sendero está un pabellón de habitaciones estilo campestre.

      —La tuya es la última —me dice el doctor mientras señala con el dedo índice la que está en el extremo derecho.

      —¿Por qué dices que es la última? Yo puedo demostrarle que es la primera…

      —Tienes razón —vuelve a decir el doctor—. En todo caso tiene una excelente vista.

      Quizá sea porque aún es muy temprano, pero parece un pabellón tranquilo. Solo se escucha el canto de las aves y nuestros propios pasos aunque caminamos lento. Llegamos a la habitación. Es acogedora, con una cama amplia y aseada, decorada con cuadros abstractos y tiene dos grandes ventanales que le proporcionan suficiente luz.

    —Bueno mi querido amigo, queda usted instalado en esta habitación de lujo —el doctor me da un par de palmaditas en la espalda, y luego de darle unas recomendaciones a la enfermera se retira.

      —Usted también debe retirarse, señora —le dice la enfermera a mi madre—. Recuerde que hicimos una excepción por la manera en que llegó su hijo…

      Mi madre no dice nada, queda con la mirada perdida por un instante y enseguida se arroja a mis brazos.

      —Te prometo que estaré pendiente de ti, hijo querido.

      —Lo sé, mamá.

      —Ya es hora de que se vaya, señora —la enfermera nos separa—. Entienda que me pueden amonestar.

      Mi madre me da un beso en la frente y se dispone a marcharse. Cuando está a punto de cruzar el vano de la puerta, se detiene y da media vuelta.

      —Sirve para que inventes tu propio universo —me dice mi madre.

      —¿De qué hablas, mamá?

      —Para eso sirve una hoja en blanco, hijo…

Sincelejo, octubre 16 de 2018

12:45 am

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