PALOMO Y LA TARDE


Clinton Ramírez C.

Todos conocen el caballo. Todo el que quiera puede verlo pastar en inmediaciones de San Pedro Alejandrino algunas tardes. Hay quienes incluso, a tono con el giro irónico de estos tiempos, prefieren olvidar su nombre.

La alzada del animal no ha sufrido merma, la piel luce el vigor de la juventud y a la mirada inquieta y serena le cuesta disimular la condición de caballo heroico, ganada en acciones más propias del cine épico que de la época que las arrojó sin más sobre los campos.

Testigo de los cambios sufridos en los alrededores, hábil a la hora de adaptarse a los desafíos arquitectónicos, nada alterna sus rutinas, pero tampoco las exime de responsabilidades. El amor tal vez le preocupe menos. Sabe, sin embargo, cómo tomarlo a las orillas del río o en alguna finca. Ni siquiera en su juventud dorada, en los altos de las batallas, el amor lo retuvo en un lugar más tiempo del indicado por los ardores de proclama del amo, altivo y seguro, siempre dispuesto a cabalgar allí donde el azar le fijó citas.

Conocedores de sus hazañas, que los manuales exageran, al tanto de las altas y bajas de su único dueño, cuesta en verdad negarle nuestra admiración cuando una de muchas tardes, apoyados en el puente, a varios metros de un río de aguas rizadas, cedemos a la tentación de espiarlo, de pensar en las miles de tretas urdidas para mantenerse a salvo de los honores del bronce y la suerte de las estatuas.

Palomo entonces levanta la cabeza del pasto, sacude la crin sin esfuerzo y mira hacia las bongas de San Pedro Alejandrino, frondosas contra el cielo de la hacienda de cañas en donde, una mañana, su señor ingresó para recuperarse de una de sus tantas malas gripas. Es un momento en el que el rugido de los autos en la avenida y su golpe seco al paso por el puente quedan al margen, sin argumentos para imponerse a las elaboraciones de una mirada animal más enterada que nosotros de las puestas en escena de la historia, ingeniosa en dilaciones, eufemismos y desenlaces sacados del sombrero de algún mago.

Finalizada la indagación, de vuelta a una realidad elegida con paciencia, insobornable en los deberes, Palomo sacude la crin, inclina la cabeza de medalla y completa el movimiento de regresar a las pasturas de la tarde, entre la brisa.

Ni siquiera se toma un momento para barrer con un golpe de vista la suerte de las erizadas motas de las bongas que revolotean al capricho de las brisas de fin de año. Quizá conoce demasiado el ir-venir de las delicadas motas como para concederles una parte de la atención que les prestan los transeúntes sensibles, una especie experta en hacerles el quite a las exigencias domésticas y en timarles minutos a los oficios reglamentados.

Ninguna señal proviene de la hacienda trapichera. Hasta es posible que él no espere ninguna. La acción de partir quizá haya sido tachada de los libros o transferida a otros relatos sin caminos de vuelta. Es claro, por su compostura, por el control de sus actos, que tampoco sea el tiempo de añorar las noches glaciales de la finca de Santa Rosa de Viterbo en donde nació una madrugada de brumas. Ni de convocar el momento en que él y su futuro amo cruzaron sus pillos destinos en los vapores de un establo. Estas perplejidades tal vez convengan a los documentales o a los autores celebratorios, facción contra la que está curado por un par de nuevas eternidades. Sin prisa, sin faltar a la etiqueta, fiel a la natural picardía de un caballo de sus alcances, cumple en burocrático silencio con la tarea de alimentarse. Le corresponde, a él más que a su antojadizo señor, estar en forma, no vaya a dar de bruces al paso de un promontorio dispuesto en la víspera.

Dejo a Palomo. Es hora de seguir el camino. La brisa alterna mugidos entre las bongas y los almendros del río. No opondría ninguna objeción si decidiera relinchar hincada en dos patas o soltar sobre nuestras cabezas una escuadra de alborotadores pericos, para felicidad de mi mujer, más amiga de las criaturas del cielo que de las bestias de tierra. Me cuesta reprimir la manía de consultar el reloj de muñeca. Levantó la mirada. Un resto de sol le cierra el paso a la noche sobre las bongas y palmeras de San Pedro Alejandrino, pedazo de cielo este en el que una tijereta, perfectamente identificada con las alas extendidas, secciona las corrientes nubosas.

Anna y Simona aguardan al final del puente. Anna se ahorra esta vez los comentarios sobre el caballo. Conoce mejor la historia de rebeldía y libertad de Palomo, a quien apenas mira cuando abordamos el andén del puente rumbo al parque vecino. Una flotilla de pericos cruza sobre nosotros. Avanzamos a merced de los bandazos de la brisa. Brisas y caballos, me digo o pienso. La manita firme de Simona tira de mí. Alcanzamos la acera del parque en un alto del tráfico y la brisa. Nos espera una jornada en la que la jerga incorregible de los pericos y las carreras de los niños en los parterres ocuparán el sitio de Palomo. A la niña le encantan los columpios, los trenes y los inevitables helados. Anna sale disparada detrás de Simona, que corre a subirse a un caballito de madera y resortes.

Santa Marta, febrero 14 de 2020.

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