LOS DIOSES TAMBIÉN SE MUEREN


Por: Manuel Medrano

Siempre hizo lo que le dio la gana, tanto dentro de la cacha como fuera de ellas. Su pequeña estatura la convirtió en ventaja para escabullirse con el balón y alborotar las tribunas. Sus paisanos lo ubicaron en el centro de esa religión que es el fútbol para los argentinos. Siempre lo compararon con Pelé por el cual sentía respeto y admiración. Se marchó para la eternidad sin ver el renacer de su deporte favorito en un país que respira futbol en cada rincón. Inventan dioses y cuando se trata de fanatismo le ganan a los brasileros. Los argentinos han tenido dos dioses; en la política Perón y en el fútbol Maradona, que se sabía inmortal.

Hizo con su vida las jugadas menos esperadas y sus paisanos le celebraban sus propios autogoles. Se retiró en 1997.

En los potreros de la periferia a punta de gambetas se fue haciendo visible, y cuando le preguntaban acerca de lo que pretendía con la pelota, que como imán se aferraba a sus viejas zapatillas, afirmaba que quería estar en la selección y ganar un Mundial.

Lo mismo se le veía en las canchas con sus compañeros de equipos y esquivando adversarios hasta meterse con todo y balón en el arco contrario, que con las personalidades de la política como Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales o Nicolás Maduro.

Ni la riqueza ni la fama pudieron morigerar el vacío existencial que se ocultaba en lo más profundo de su ser y que siempre espantaba el hálito de felicidad que se asomaba cuando hacía un gol o cuando ganó el campeonato mundial con la selección de su país en 1986. Un sino trágico siempre lo acosó para cobrarle el precio del éxito, y el derroche de tanto talento cuando aparecía una pelota de fútbol en la cancha.

Aparecía cantando desafinado con un grupo musical o un programa por Telesur acompañado de Víctor Hugo Morales, un gran locutor uruguayo, entrevistando a José Mojica a Pelé o a Silvio Rodríguez. Hizo lo que quiso con un componente de locura que lo impulsó a dispararle a unos periodistas con una escopeta en las canchas y maltratar a su novia.

Para los no fanáticos daba la sensación de que en su actuación mimetizaba su amargura e inseguridades. Cuentan que cuando se fue a jugar a Italia en el Nápoles se llevó una tropilla de amigos que su inflado sueldo le permitía mantener, para con ese comité de aplausos y de alcahueterías no extrañar el solar nativo. Otra historia del niño pobre que su talento lo llevó a acariciar la riqueza y la fama, pero su vida se convirtió en un verdadero tormento.

El Dios de los argentinos se ha marchado demostrando que los dioses también se mueren, pero no van al infierno.

Será recordado en el olimpo de las leyendas del fútbol que alegraba las tribunas cuando el arte era la inspiración para las gambetas y el talento afloraba como una virtud que se extinguió para dar paso al fútbol de hoy, donde imperan la velocidad y la fuerza. Noticias Caracol le hizo un homenaje improvisado de una hora, pero el mejor homenaje se lo hizo su paisano Jorge Valdano, escribiendo una equilibrada nota en el periódico El País de España: «Hay algo perverso en una vida que te cumple todos tus sueños y Diego sufrió como nadie la generosidad de su destino. Fue el fatal recorrido desde su condición de humano al de mito, el que lo dividió en dos: por un lado, Diego; por otro Maradona. Fernando Signorini, su preparador físico, tipo sensible e inteligente y, posiblemente, el hombre que mejor lo conoció, solía decir: ‘Con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona ni a la esquina’».

Murió Diego Armando Maradona porque los dioses también se mueren, pero no van al Infierno. Siempre decía: “Sólo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo de nadie”.

Deja una fortuna de Doscientos Setenta mil millones de pesos colombianos y 10 hijos reconocidos.

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