La Revolución de los Pobres


Por: Manuel Medrano

Mi padre y mi madre se fueron a vivir a Berrugas cuando yo tenía apenas siete años, era el mayor de seis hermanos. Habíamos llegado a un corregimiento de campesinos y pescadores que no tenía energía eléctrica, ni agua potable, y los burros se atollaban para llegar a San Onofre. Berrugas contaba con una iglesia de material con su campana y su santo patrón, San José, una escuela móvil que duraba tres o cuatro años en una casa alquilada y hasta llegamos a  recibir  clases en la casa cural.

Los pescadores madrugaban tanto que a las diez de la mañana estaban de regreso con pescado abundante y fresco. Los campesinos no se quedaban atrás, a la misma hora, algunos ya se encontraban vendiendo la yuca harinosa en el pueblo.

Gente alegre y feliz  que jamás se acordaba que era pobre. Trabajaban, reían y bailaban con el picot del pueblo, cuyo propietario era Reyes Gómez, quien era uno de los personajes del pueblo, junto a Erasmo Gutiérrez, el cual tenía una inmensa cultura adquirida a fuerza de leer periódicos viejos que le traían los muchachos que lograron salir a estudiar a Cartagena, la capital de Bolívar.

Tío Pepo, tío Merca, Asclepíades Rubio, el médico y el maestro del pueblo, que no dejaba fiesta patria sin celebrar con sus alumnos, estimulando a izar la bandera nacional en cada casa y montado en un taburete de cuero en la mitad de la plaza, leían un extenso discurso, el 20 de julio, el día de la madre y  el 7 de agosto,  lo hacían con pasión y sabiduría. El maestro nunca nos dijo que éramos pobres y quizás por eso jamás nos dimos  cuenta. Otro  personaje era el rico del pueblo, don Edmundo Balseiro, vivía en la casa más grande y amplia del mundo, en una arrocera. Y Guillermo Gomez, su cuñado, que vivía en  la finca El Rosario, era el intelectual y político, los fines de semana, cuando se reunían con mi padre en la enramada de mi casa se transformaba con los tragos en un senador de la república y acudía a su buena oratoria y facilidad de expresión. Máximo Bello llegaba con su guitarra y sus canciones y la felicidad brotaba por doquier, en los albores de la madrugada, llegaba la cantadora del pueblo, Andrea Jiménez con su tamborero, y el gaitero Pirmenio. Todo aquello se transformaba en alegría superlativa que mis ojos de niño no alcanzaban a  comprender.

Cuando llegaban las elecciones siempre ganaban los conservadores, patrocinados por el rico del pueblo que les entregaba un sombrero concha de jobo, una rula y ayudaba sacando de dificultades a quienes a él acudían. Edmundo Balseiro y sus hermanos eran los dueños de las tierras y de los únicos carros que habían en el pueblito. Edmundo Tenía un barco, llamado El Alcamar y una canoa a motor, llamada La Graciela que llevaban azúcar y arroz a Panamá y que regresaban llenos de coco. Todo marchaba dentro de la normalidad hasta cuando surgió una generación que no les gustaba ir al colegio, ni la pesca, ni el campo. Se volvieron contrabandistas, comenzaron a viajar a Panamá a contrabandear loza fina, cigarrillo marlboro y wisky.

Uno de los hijos de Edmundo Balseiro, llamado Ramiro fue un ser especial y todo el pueblo lo apreciaba, vivía en el balcón y parrandeaba con la gente, pero también se metió a contrabandista. Muchos jóvenes comenzaron a comprar lanchas y carros de segunda, a tener cuatro mujeres y a vestir a la moda,  hasta que un día se metió el Ejército y la Infantería de Marina y los asustó. Una  vez una fragata de la Armada venía persiguiendo una lancha cargada de contrabando, los marineros cuando vieron que no tenían escapatoria la estrellaron contra el puerto. El pueblo se volcó a recuperar la mercancía y la escondieron en sus casas y en los arroyos, de tal manera que cuando desembarcaron los marinos del Guardacosta no encontraron nada en el barco, que resultó ser de Ramiro Balseiro, a quien los habitantes de Berrugas le entregaron toda la mercancía, días después de haberse marchado el Guardacosta.

Yo viví en Berrugas hasta que me gradué de bachiller en el Liceo  Bolívar de Cartagena, la casa de mi padre era de palma, y piso de tierra, a una cuadra de la playa, adonde llegaban los sanonofrinos de la alta sociedad y dejaban sus cosas para irse a bañar en la playa. Mi padre era campesino y gran amigo, no sabía leer, ni escribir, pero conversaba sabroso y tenía una chispa de humor que hubiese querido heredarle. Mi madre tenía una tienda y, además, aplicaba inyecciones, ayudaba mucho a la comunidad.

Berrugas ahora en pleno siglo XXI ha tenido médicos, abogados y profesionales en muchas carreras y dos berregueros han sido alcaldes de San Onofre, pero el pueblo no progresa. El mismo municipio de San Onofre ha involucionado, gracias a la politiquería y la corrupción despiadada de sus alcaldes. Hoy estoy contando esta experiencia vivida de párvulo por la resonancia que han tenido en mí las palabras de la alcaldesa encargada de Cartagena, Yolanda Wong, cuando dijo que la pobreza está en la mente y mi hija, Bertha, me manda una crónica y un conferencia de la argentina Mayra Arena, quien se pregunta: ¿Qué tienen los pobres en la cabeza? Y sostiene que en Argentina uno se da cuenta que es pobre cuando entra al sistema escolar y habla de los prejuicios desde los que suele mirarse la pobreza y se pregunta por qué hay hambre en Argentina si se produce comida para 440 millones de personas (10 veces su población)… y sostiene que: “la sociedad tiene que mirar al pobre con menos desprecio, porque si lo mira con menos desprecio, ese pobre va a ser menos resentido”. Yo no he sentido la pobreza y he tenido limitaciones pero el talento y la inteligencia son superiores a la pobreza.

La mejor política  para acabar con la pobreza es acercar el arte y el deporte a esas zonas marginales de los pueblos, para que los jóvenes descubran sus talentos. Cuántos músicos, pintores y deportistas se pierden por la falta de valoración de ese tejido social que ha venido destruyendo el micro tráfico y la delincuencia en general, que los utiliza y les ofrece otros escenarios para evadir la situación que los estigmatiza y que las autoridades solo responden con represión. La pobreza no debe existir ni en la mente ni en el entorno político donde la utilizan como instrumento de dominación. No se ha visto una lucha contra la pobreza de manera agresiva porque sin duda ya habría sido derrotada. Se necesita un faro de luz para que los pobres,  sepan que parte de la solución la tienen en la cabeza pero de eso no se percatan. La revolución de los pobres debe llegar el día que surja el despertar de esa gran masa que ha sido humillada y sometida, y que descubran que la educación es para obtener buenos trabajadores, no para lograr desarrollo humano como bien ha dicho el escritor chileno Claudio Naranjo.

La lucha tiene que ser frontal con el surgimiento de un liderazgo fuerte como el que  se dio en  los Estados Unidos contra el racismo con personajes como Martín Luther King o el proceso liberador y pacifista de Nelson  Mandela en Sudáfrica.

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