Hidelmán


El súper héroe de cuarto grado

Por: Roberto Molinares Sánchez

De esa época, que ahora me resulta neblinosa y distante, recuerdo a algunos compañeros de cuarto grado. Milton, era el hijo de nuestra maestra Mercedes. Un verdadero dolor de cabeza para su madre. Vivía castigado en un rincón por desordenado, hablador u holgazán. Su madre le exigía que la llamara maestra, pero él lo olvidaba siempre. Palacios, era otro niño, algo sucio y pendenciero. Un guapetón de barrio, Picapica era su apodo. Por supuesto, también tengo que nombrar a aquellas extrañas y desagradables criaturas llamadas con desprecio por nosotros como: las hembras. Chismosas y aplicadas. Ya para esa época, en plena prehistoria de nuestras hormonas, existían las que podían ser calificadas de femme fatale, pero tratándose de menores, lo mejor es adecuar el término. Rosa Velásquez y Adriana Vélez, eran niñas coquetas, extrovertidas y peligrosas. Las dos respondían a la lista de asistencia, una seguida de la otra, con voces de soprano.

      Rosa era una flaca de cabello liso y ojos saltones que practicaba un pasatiempo asombroso durante los recreos; le gustaba abofetear a los varones. Por su parte, los varones disfrutaban ser abofeteados. A esa corta edad, usaba el terrible ardid de pedir a algún varón que le anudara los zapatos. Lo hacía de una manera sugestiva y humillante como demostrando superioridad. Los niños aprovechaban para espiar un poco más allá. Gracias a la falda corta de su uniforme, la tarea resultaba fácil. Bastaba mirar hacia arriba como implorando un favor divino. Cuando ella notaba el abuso, fingía indignación y aflojaba un manotón que generaba carcajadas en los varones.

Una vez fui yo el abofeteado luego de caer en su viejo truco. Pero juro que era inocente. Por supuesto, me sentí ofendido, había sido incapaz de mirar porque aún queriendo, me daba vergüenza. La cara me quedó ardiendo.

      ―Molino ¿de qué color? ―Preguntaban mis compañeros. Y es que haber visto el color de su ropa interior y comunicarlo, era exhibir un botín de guerra.

      Al día siguiente, rumbo a la escuela, le conté a papá el problema y le expliqué el asunto de las bofetadas, asegurándole, que si ella intentaba golpearme de nuevo, yo le respondería. Las palabras de papá como en tantas ocasiones, me dejaron confuso y desarmado.

­­­      ―A una dama, ni con el pétalo de una rosa.

      No entendí aquella extraña relación: cordones de zapato, color de la ropa íntima, bofetada, pétalo de una rosa. El único vínculo que encontré fue que mi compañera se llamaba Rosa y que la rosa tenía pétalos.

      La picardía de esta niña, un día fue recompensada. Al parecer encontró lo que sus hormonas pre-púberes buscaban, pero eso ocurrió cuando estábamos más creciditos. Para ese entonces tendría unos once o doce años y tanto ella como Adriana Vélez habían dejado de ser dos palos de escoba con faldas para convertirse en jóvenes atractivas que exhibían incipientes curvas. Descorazonadas, sus amiguitas regaron la voz. No se lo digas a nadie, pero Rosa no vino más, porque se fue con un muchacho. Adriana, su compinche, lloraba desconsolada.

      Adriana, la otra femme fatale, tenía un contraste racial exquisito. La piel era del color del cobre y llevaba una melena de rizos dorados. Tenía ojos verde-grises y todos los dientes encaramados. Pero ese defecto no me impidió elegirla como objeto de mi silencioso amor en sexto grado. Yo también había crecido y ya no veía a las hembras tan espantosas. Todo lo contrario, mis ojos se iban tras ellas sin poder explicarme qué ocurría. Tan arrebatador fue el sentimiento, que me dejaba arrastrar por la pena, molesto con mi timidez, embriagado por los porros y vallenatos que papá hacía sonar los domingos por la tarde. Aunque en ese tiempo Elvis Presley y Los Beatles alborotaban al mundo, yo no lo sabía. José Luis Rodríguez, “El Puma”, cantaba “El hombre en la cima”, pero yo lo ignoraba por completo. Aislado en una familia reducida con profundas raíces colombianas, sólo escuchaba el tocadiscos de papá, donde Alfredo Gutiérrez y su Conjunto, interpretaban un porro que decía: “Bendito el Dios que te dio la vida, monita hechicera, bienaventurado el que va a estar siempre al lado tuyo…”. Yo soñaba con los dientes encaramados y con los ojos de color indefinido de Adriana Vélez. Pero eso fue en sexto grado.

Retomando lo acontecido en cuarto grado, tenía prohibido correr en los recreos y beber refrescos fríos por estricta recomendación de mis padres. Porque le puede dar el asma y hay que hospitalizarlo otra vez. Si alguna de las maestras me sorprendía en alguna de estas dos actividades, inmediatamente caía sobre mí la sentencia, me frenaban de golpe o era despojado de la gaseosa. Sólo tenía derecho a beber de mi cantimplora, pastillas efervescentes de vitamina C, disueltas en agua. Como variante, podía tomar una cucharada del jarabe Novacodín en caso de que me sobreviniera algún ataque de tos.

Por ser un niño tan tímido, me abstraía dibujando y colaboraba en la elaboración de las carteleras. Era tan anormalmente tranquilo, que me calificaban de aplicado y silencioso.

      ―Molino, no dice groserías ―Se burlaban mis compañeros. Era algo de lo que no estaba seguro de sentirme orgulloso.

      Hidelmán, con su extraño nombre que recordaba a un superhéroe, era quizás el más destacado de todos los niños del salón. Muy blanco y regordete, alto para su edad, con una esponjosa cabellera castaña que hacía lucir más grande su cabeza, que de por sí, ya tenía forma de bombilla eléctrica. Hidelmán, tenía un gran defecto, pero que ahora, con los años, me parece un verdadero talento. Era un mentiroso sumamente creativo, capaz de relatar aventuras muy entretenidas. Las historias en sí mismas, constituían el impedimento para su credibilidad, pero Hidelmán se empeñaba en afirmar que eran verídicas y que era protagonista de la mayoría de ellas. En un fin de semana, este niño podía fungir de detective, policía o explorador. El aluvión podía comenzar con: El sábado fui a la finca de mi tío… Lo que continuaba era una frenética persecución a caballo. Con su cara de indefenso, volaba por los aires, para derribar a algún malhechor al estilo de la serie televisiva El Zorro. Todos estallaban en risa, pero Hidelmán, continuaba. Entonces, ya el ladrón iba a dispararle a mi tío, cuando yo saqué una navajita – que mi tío me había dado- y se la clavé en la espalda.  Hidelmán y el delincuente rodaban por el piso y rememorando las clásicas películas de vaqueros, dejaba inconsciente al sujeto después de propinarle un par de trompadas. El relato concluía con: …luego yo saqué unas esposas chiquiticas –que me había dado mi tío– y llevamos al hombre a la policía.

      Me es imposible recordar los detalles, pero Hidelmán, solía bucear en sus relatos, y rescatar a su tío que había caído herido en una piscina.  Luchaba cuerpo a cuerpo, descubría asesinatos y un sin fin de elucubraciones. Sus relatos gozaban de un divertido auditorio. El centro de dicho auditorio era yo, que permanecía callado y nunca me reía ni desmeritaba su valor en cada aventura. Lo miraba fijamente como asintiendo, más por vergüenza que por otra cosa. Todos se mofaban de él. ¡Embustero, mentiroso! Pero yo no podía hacer tal cosa. Trataba de hacerle creer, que le creía, mientras él anclaba en mí sus enormes ojos para no perder la fluidez de su relato.

      En casa, yo reproducía la historia, haciendo una imitación bastante aceptable de la voz de Hidelmán. Mis hermanas disfrutaban muchísimo cada episodio.

Lo recuerdo al llegar cada día al colegio. Tomado de la mano de su abuelo, no parecía el rudo superhéroe que se empeñaba en querer ser. Se veía indefenso al cruzar la calle, nervioso se aferraba a su abuelito hasta llegar a salvo a la otra acera. Su abuelo lo besaba con ternura y agitando el dedo índice le daba no sé cuantas advertencias o consejos. Tal vez le recomendaba no decir mentiras.

      Hidelmán procedía de una familia andina. Hablaba bonito, pronunciando correctamente las eres y las eses y era muy expresivo. Se relamía los labios y frotaba sus manos como una mosca, mientras decía; hoy voy a comer arepa andina con queso Merideño. En efecto, a la hora de la merienda, aparecía su abuelo con una enorme arepa echando humo con el queso derretido. A mi se iban los ojos de envidia y tragaba en seco con cada mordida que Hidelmán daba.

      En una ocasión, debido al éxito de Hildemán como narrador, decidimos contar historias. Cada uno pasó a relatar su episodio tratando de superar el derroche de creatividad de nuestro compañero. Primos, hermanos y tíos eran los protagonistas. Mijares, un niño delgadito, muy buen deportista, relató un ajustado partido de béisbol donde con un hit decisivo, se había convertido en héroe al dejar en el terreno al equipo contrario. Milton, el hijo de la maestra, contó que le había atado al gato de su casa, unos triquitraques en la cola. Cómo lo había hecho el 31 de diciembre mientras estallaban los cohetes, nadie se enteró. Su madre no se explicaba cómo el gato tenía chamuscada la cola y lucía traumatizado. Todos festejaron, era una historia con un indicio de verdad porque de Milton se podía esperar cualquier cosa. Entonces le tocó el turno a Palacios, el apodado, Picapica. Relató un episodio ocurrido en barrio Bolívar. Él y sus cinco hermanos mayores, habían tenido una bronca con unos muchachos de la otra cuadra. Entonces llamaron a la “Patota”.  Patota era el término que se usaba en el ardid callejero para designar a una pandilla, muchachos que ya andaban por mal camino. La historia terminó con un saldo impresionante de heridos por chuzos y bates de beisbol. Esta vez, nadie rió a carcajadas, un par de risas nerviosas solamente. Creo que había algo en los ojos chispeantes de Picapica, en su sonrisa torcida y en la cadencia fluida de su relato, que nos hacía pensar que no estaba inventando nada.  Ya habían pasado todos al ruedo y sólo faltaba yo, el que nunca hablaba, el que no tenía nada emocionante que contar, el que no decía groserías. Todos me miraban y esperaban impacientes. Comencé con gran determinación, pero no tenía tíos, ni primos, o al menos, no los conocía. Eché mano de lo que disponía.

­      ―Un tío mío, que no era mi tío, sino compadre de mis padres, y a quien yo consideraba mi padrino sin serlo, al que llamábamos “señor Mario”, tenía… una finca en Yaracuy.  Me había costado arrancar, con una introducción penosa y sobre todo muy parecida a las versiones de Hidelmán. A medida que aportaba datos contradictorios, caía en un abismo del cual parecía no poder salir. La aventura no empezaba, no había peleas, ni ladrones, ni rescates bajo el agua. Se evidenciaba mi falta de práctica en el arte de contar mentiras. Mis compañeros bostezaban y mi auditorio me abandonaba entre risitas. Temiendo quedarme sin público, en un arrebato de desesperación, decidí añadir efectos especiales. Durante un paseo lejos de la finca del señor Mario, es decir mí tío, padrino o lo que fuere, algo terrible me había sucedido. Una iguana prehistórica y gigante, erizada de púas, había saltado desde un árbol sobre mí. Luchaba por mi vida, me defendía como lo hubiese hecho Tarzán, sujetando con todas mis fuerzas sus mandíbulas, pero no tenía a mano nada con qué defenderme. No encontraba como finalizar el episodio y no podía acuñar una solución tan característica de los relatos de Hidelmán (la navajita). En su lugar, inventé que una larga espina tomada del mismo árbol del cual había saltado la bestia, me había servido de puñal. La historia era demasiado corta y poco emocionante. La modulación dubitativa de mi voz me traicionaba. Mi cuento quedó inconcluso y carecía del clímax adecuado Tenía la sensación de no haber podido engañar a ninguno, pero, aunque todos se rieron y se mofaron, Hidelmán había fijado de nuevo sus enormes ojos en mí, siguiendo con atención mi relato como si me creyera.

      ―Entonces el señor Mario, compadre de mi mamá y mi papá, o sea, mi tío o padrino, me recogió y me curó…y ya… eso es todo.

Hidelmán parecía asombrado. No sólo había creído mi historia, la había considerado buena. Comprendí que si él podía creerme, también creía sus propias aventuras más allá de lo que imaginábamos. Parecía mirarme con admiración.

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Un día, Hidelmán no fue más a la escuela. Nunca supimos si se habían mudado o le había pasado algo. En ese tiempo, los niños vivíamos lejos y nos era difícil saber donde habitaba algún compañero. Algo debía saber la maestra, pero no nos atrevimos a preguntar, ni ella dijo nada. Mis hermanas extrañadas, me preguntaban por los nuevos relatos de mi compañero. No supe qué contestarles. Imaginaba que junto a su familia se había trasladado de nuevo a Mérida. Con la crueldad de los diez años y sin remordimientos, mis amigos decían: Segurito lo mataron persiguiendo a algún ladrón. Todos reían sin extrañarlo. A mí me parecía doloroso.

      Nuestros relatos de aventuras continuaron. Otros niños habían recogido el testigo y amenizaban los recreos con mentiras, pero nunca fue igual que cuando Hidelmán dominaba el género. Por supuesto yo nunca volví a participar y seguía siendo considerado un alumno de ejemplar comportamiento, hasta que un buen día, mi reputación cayó al piso.

      Al acercarnos al final del año escolar, la maestra asignó una actividad especial. Debíamos copiar un texto complicado y largo del pizarrón. Era una forma de mantenernos ocupados mientras hacía no sé qué diligencia en la Dirección. Prometió un castigo severo en caso de que no mantuviéramos el orden. Por breves segundos se escuchó el sonido del trazo de los lápices sobre los cuadernos y una que otra risita de Milton y los desordenados de siempre, que comenzaron a arrojarse bolitas de papel y avioncitos. A mi lado, pupitre con pupitre, codo con codo, estaba nada menos que Picapica.  Cada vez que yo intentaba copiar en mi cuaderno, él con su codo me hacía rayar la hoja. Fingía estar distraído y entonces golpeaba mi mano con su codo de nuevo. Yo dudaba de que se tratara de un genuino accidente, pero no era nada que un buen borrador no pudiera remediar. El evento se repitió hasta que arrugó y rasgó mi cuaderno de una forma descarada. Se desató entonces una furia que hasta entonces, yo mismo desconocía. Le reclamé airado, pero Picapica me invitó a cruzar golpes. Todo ocurrió muy rápido. Los pupitres y los útiles rodaron. Ya no necesitaba contar historias donde luchaba contra una iguana. Lo estaba demostrando con hechos, o mejor dicho, con golpes. Las niñas gritaban horrorizadas, los varones nos azuzaban, repitiendo un estribillo.

      ―¡Dale por el ojo, que yo lo recojo, Dale por el ojo, que yo lo recojo!

      Picapica se guindaba de mi camisa como una garrapata y desprendía uno a uno los botones. Trataba de quitármelo a punta de derechazos, hasta que mi puño se estrelló contra el tabique de su nariz. Un chorro nos bañó a todos. Picapica se tambaleó y se fue al piso más por el efecto de ver su propia sangre, que por el poder de mis puños. Todos enmudecieron después de un grito de asombro. Una de las chismosas, salió disparada a la Dirección. Los que me incitaban al combate, rápidamente se convirtieron en acusadores.

      ―¡Fue Molino, fue Molino, maestra! ―Yo estaba arrodillado de espaldas, en el rincón más apartado del salón, intentando con todas mis fuerzas desaparecer, aterrado, tapando mi llanto con las manos. Quería mentir, decir que yo no había sido, pero la evidencia era muy grande, tenía la camisa ensangrentada y todo el salón había sido testigo.

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Me expulsaron por quince días. Papá no podía entender cómo su hijito, en un acto de salvajismo había desangrado a un condiscípulo. Pero tenía de aval, mi comportamiento ejemplar. Los directivos, conociendo al personaje pendenciero, sabían que debía haberme provocado. Al regreso de lo que me pareció una larga temporada, mis compañeros me informaron que los hermanos de Picapica habían deambulado alrededor del colegio durante mi ausencia. Después del incidente, Picapica tampoco regresó, había sido humillado por el más inofensivo de todos los adversarios. Era un tiempo en que cualquier cosa podía disparar la deserción escolar.

      Los directores del colegio, conocedores de las intenciones de venganza, me permitieron salir más temprano como una medida de seguridad. Vivía una zozobra espantosa, caminaba mirando hacia atrás. Me escondía detrás de los árboles, como lo hacían los ninjas de una serie de tv llamada “Agente Fantasma”. Estuve a punto de convertirme en un desertor más, junto a Hidelmán y el propio Picapica, sin mencionar a Rosa, la chica sexy del ardid de las bofetadas, porque su deserción ocurrió en sexto grado. De una forma inesperada me había convertido en el protagonista de mi propia aventura. Una historia que Hidelmán en su más deslumbrante destello, no hubiera imaginado jamás. Ya no era el niño asmático que dibujaba carteleras, que jamás decía groserías y que tenía prohibido correr en los recreos. Era visto como una especie de vengador, un superhéroe que luchaba por imponer justicia. Tal vez, Adriana Vélez, admiraba mi valentía en secreto, pero para ese entonces, ni siquiera sospechaba la pasión que me producirían sus ojos y sus dientes encaramados. De haberlo sabido, tal vez habría vencido mi timidez y me habría atrevido a robarle un beso.

      Ahora, desde la retrospectiva, lo que más me asombra no es mi combate con Picapica, sino mi determinación de querer pelear con una niña. De no haber sido por el consejo de papá, yo habría sido capaz de devolverle sin remordimiento la bofetada a Rosa Vásquez. Pero a estas alturas de mi vida, tal vez lo que más me incomoda es el peso de aquel legado familiar de rectitud y buenos modales que ya llevaba sobre mis hombros con apenas diez años. Estoy seguro de que en todo ese largo año escolar, fui el único niño que desperdició el privilegio que me brindó Rosa Velásquez.  No miré sus recatos al momento de atarle los cordones.

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A Picapica lo encontré una vez en el campo de fútbol de la Papelera Maracay. Nos tocó jugar una caimanera. Nosotros los de Campo Alegre, contra Barrio Bolívar. Allí estaba Picapica, ya crecido. Se veía fuerte y musculoso, con una cara curtida de malicia que metía miedo.

      Yo también había crecido, pero me sentía incapaz de hacerle frente. “Ese no me reconoce, eso hace mucho tiempo, cómo va saber que soy yo”.

      Después del pitazo, ya no me quedaron dudas. Yo estaba en la defensa, un jugador de relleno que casi nunca tocaba el balón. Lo cierto es, que con balón o sin él, Picapica se empeñó todo el partido en tratar de sacarme los tobillos a punta de patadas.

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