HÉCTOR ROJAS HERAZO, EL GLADIADOR DE LAS ARTES


Por: Manuel Medrano

Me fue imposible saber de Héctor Rojas Herazo, mientras permanecí en su territorio junto al mar. Ni profesores, ni amigos me iluminaron el camino para llegar a extasiarme con su prolífico arte. Más tarde en san Onofre me atreví a indagar por él, y el silencio retozaba en la aurora, allí permanecía como bestia hipnotizada. Pasé por Cartagena, y no quiero responsabilizar a persona alguna, por no haber podido tener la más mínima noticia de ese inmenso gladiador de la literatura colombiana. Fue necesario ir a Cali por razones no esclarecidas, para al final de cuenta retornar a la Región Caribe. Solo entonces pude ver como por fin se cumplieron los presagios.

La información surgió a borbotones. Inicialmente con el acercamiento con la Unión de Escritores de Sucre, en cuyo seno se encuentran muchos conocedores del camino transitado por el toludeño inmortal. Fue entonces cuando se abrieron las puertas de la casa grande, donde permanecía bajo llave ese tesoro de la Literatura Latinoamericana, representado en Respirando el verano, En noviembre llega el Arzobispo, Señales de garabato y el poemario Rastro en soledad.

Después, cuando trascurría precipitadamente el año 1991 el Congreso de la República tomó la decisión de reconocer su trayectoria, imponiéndole la Gran cruz de comendador y encargaron de esta misión al entonces Senador sucreño Carlos Martínez Simahan, quien eligió a Sincelejo como el escenario para rendir honores al escritor, pintor y escultor. Al final de dicha ceremonia se programó un conversatorio con Héctor Rojas Herazo, para el día postrero, en la Cámara de Comercio de Sincelejo, donde una vez más demostró esa facilidad de expresión que le había sido dada por los dioses, el poder de su magia cargada de un mar de palabras bien hilvanadas y con la melodía de los saberes conquistó el auditorio.

Fascinado con su imponencia al hablar me le acerqué para hacerle un reportaje y fue la oportunidad para adentrarnos en los vericuetos de sus raíces en el Golfo de Morrosquillo. Contó que era la primera vez que volvía a Sucre después de salir de Tolú, prometiendo jamás volver, pero nunca quiso decir el origen de su desengaño.

Era hijo único de Juan Emilio Rojas y de Blanca Herazo. Mientras permaneció en su patio estuvo bajo el ala protectora de su abuela, quien a la postre fue fuente inspiradora de su obra cumbre, Celia se pudre.

Un cronista del periódico El espectador, decía que Héctor Rojas Herazo es uno de los autores más desconocidos del boom latinoamericano. Escritores como él ya no se dan en estos pagos.  Era un hombre distinto que En noviembre llega el arzobispo narra con belleza y contundencia todo el acontecer de Cedrón, un pueblo de la costa Caribe colombiana, con sus calles polvorientas y agobiadas por el eterno rugido de un mar azul que parecía no terminar en el horizonte.

Héctor Rojas Herazo ha echado una mirada a su entorno. Y allí ha encontrado su material inspirador para parir una novela ejemplar.

Un sábado 29 de mayo de 1948, Gabriel García Márquez publicó una columna en El universal de Cartagena de Indias, cuando ya Héctor Rojas Herazo era el jefe de redacción del periódico el Universal.

Al referirse a él, afirma: “Hemos empezado a escribir una nota y él, como todo un profesional de la sinceridad, nos grita al oído con una voz de regañadientes: ‘Usted, señor García, nunca aprenderá a escribir. ¡Tuérzale el cuello a ese cisne decadente! Déjese de tonterías y diga cosas que tengan sustancia. Hay que iniciar una campaña contra la frondosidad lírica, eliminar esa adjetivación de a dos por centavo. Una verdadera labor de sanidad literaria’”

Héctor Rojas Herazo publicó tres novelas esenciales en la narrativa colombiana del siglo XX: Respirando el verano, 1962; En noviembre llega el arzobispo, 1967; y Celia se pudre, 1985. Autor de seis poemarios: Rostro en la soledad, 1951; Tránsito de caín, 1952; Desde la luz preguntan por nosotros, 1954; Agresión contra las formas del ángel, 1961; Úlceras de a Adán, 1996; y Candiles en la niebla, 2006.

Héctor Rojas Herazo ganó el Primer Premio en el Salón Nacional de Pintura, en Cúcuta, en 1961. Premio de Novela Esso,1967, con su novela En noviembre llega el arzobispo, Premio Nacional de poesía José Asunción Silva en 1999.

Doctor Honoris Causa de la Universidad de Cartagena, 1997. Medalla del Congreso de la República, Medalla Pro Artes al Mérito Literario, 1995 y 1998 (Cruz de Boyacá). Homenaje a su obra literaria por la Universidad de Antioquia, 1998, Honor al mérito Universidad Santo Tomás de Aquino en su IV Centenario, Vida y obra 2000.

“Considero que toda vida humana es excelsa por lo misteriosa y cerrada en sí misma y que ningún objetivo, pueden justificar un cadáver”.

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