HAY UN LUGAR PARA TUS OJOS


Por: Santiago Jiménez Trespalacios

En  Hay un lugar para tus ojos, Roberto Montes Mathiew remarca, con trazos indelebles, las coordenadas de una zona de la experiencia sobre la cual su mirada de fabulador se regodea con aguda penetración: el amor erótico. Dicho ámbito electivo, patente en su novela anterior Para qué recordar y en su otra novela inédita El vendedor de libros y la Maricuya, y, de manera un poco más velada, en su excelente libro de cuentos El cuarto bate, se pone de relieve en esta novela corta de una intensa dramaticidad interior, bajo la forma de una confesión íntima modulada en un lenguaje directo, sin ornamentos retóricos, sin por ello renunciar a su poder figurativo.

La estructura dialógica de la novela, con un interlocutor tácito inserto en la trama (el hombre con quien la heroína quiso compartir sus días) se anota como otro logro de construcción estética, al igual que el hecho de que ninguno de los personajes sea identificado con nombre propio. Técnicas que, en criterio de algunos entendidos (Gerard Genette, Milan Kundera) hacen parte de las grandes innovaciones formales introducidas por la novela moderna, y que Montes Mathiew maneja con conocimiento de causa. De esta manera, el autor nos involucra emotivamente en la historia de encuentros y desencuentros de la pareja de amantes, cuyas vicisitudes siguen la trayectoria de dos líneas paralelas que, violentando su inercia, llegan a juntarse en un momento determinado, para luego separarse definitivamente. Pero no sin consecuencias, pues al final de este recorrido queda como evidencia un entrañable fruto clandestino que lleva los mismos ojos de alguien.

Santiago Jiménez Trespalacios

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