EN VOZ ALTA


Por Manuel Medrano

“Si una persona dice que llueve y otra dice que no, tu trabajo como periodista no es darles voz a ambas, es abrir la ventana y ver si está lloviendo”.

El profesor y escritor Oscar Vega, se encuentra en Finlandia haciendo un doctorado, y después de leer varias de mis crónicas publicadas en la revista digital, Editorial Torcaza me escribe: La cultura o la barbarie. En la película La isla del viento sobre el confinamiento forzado de Miguel de Unamuno por el tirano Franco, el gran pensador expresa que, si los estudiantes entran a perder las ganas de aprender por inoperancia de una educación arcaica, se entra a la peor de las infamias. El que no tiene fe en los niños no tiene fe en la humanidad.

Hay que tener fe en los niños y los jóvenes que se están formando en las diferentes universidades de Colombia, pero hay que hablar en voz alta, y hacer un esfuerzo extraordinario para que esas voces se multipliquen y lleguen hasta sus oídos para que conformen una legión comprometida con un nuevo despertar, una especie de cofradía que asuma la responsabilidad de rescatar las costumbres y valores perdidos y que retorne el orgullo de ser honrado como la esencia del capital humano,  además asuma el rol de  hacernos entender a todos que este país es nuestro y estamos en mora de tomar la decisión de recuperarlo antes de que sea demasiado tarde.

Es necesario promover un relevo generacional en el campo de la política para posibilitar nuevas alternativas ante el fracaso total de una actividad, cuya misión es el servicio y la generación de liderazgos fuertes y determinantes.

El envilecimiento de la política, producto del clientelismo, la corrupción y el adormecimiento de las masas, ha provocado la desmotivación colectiva y bloqueado el avance en las regiones, y por supuesto desmantelado aquello de la democracia participativa.

No existe un proyecto de país más allá de la visión miserable de quienes parcelaron las aspiraciones populares y convirtieron a los partidos en verdaderas empresas y agencias comercializadoras de avales y de la gestión política para la búsqueda de recursos y proyectos regionales. Todo lo negocian, dando primacía al interés particular antes que al interés general.

Los alcaldes y gobernadores tienen que acudir a los congresistas de su región, para conseguir una audiencia con los ministros o los jefes de entidades que manejan los recursos públicos, generando una dependencia que estimula la corrupción y limita el accionar de los alcaldes que no poseen un liderazgo fuerte.

En un país que se respete y quiera acabar con un sistema caduco y clientelar, los gobernadores y alcaldes, deberían tener una línea directa con los ministros y con el presidente y sus asesores, para acabar con la nefasta cadena de favores que se ha convertido en un estimulador de las negociaciones encubiertas que permite que a través de la contratación se desvíen los recursos de los municipios y departamentos.

“Lo que es insostenible tiene que parar”, recordaba por estos días Alejandro Gaviria, exministro de Salud y Rector de la Universidad de los Andes.  Es necesario que nos declaremos indignados y busquemos la manera de estar juntos para rediseñar las políticas que nos permitan convertir a Colombia en el país que aproveche mejor sus recursos y recuperar el botín que está en manos de una clase privilegiada.

 “El dinero alcanza si no se lo roban”, ha dicho el presidente de El Salvador Nayib Bukele, y es cierto. Pero resulta terriblemente absurdo que sigamos esperando que llegue un redentor para salvarnos, y sigamos pregonando a todo pulmón que los buenos somos más. ¿Y dónde están los buenos que no se hacen sentir? Ya es hora de que abandonen el estado pasivo en que les gusta vivir, aunque algunas veces se sientan sacudidos por los vientos huracanados de la violencia y los problemas que genera la falta de un proyecto colectivo de nación que vaya más allá de los decrépitos planes de gobiernos inventados por los candidatos cada cuatro años y luego convertidos en planes de desarrollo, nacionales, departamentales y municipales.

Sorprende que Colombia, un país donde el 20% de la población vive en el campo y existe un 36% de pobreza rural, no hubiese votado a favor de los derechos campesinos en la Asamblea General de las Naciones Unidas, hace dos años, allí se firmó la Declaración sobre los Derechos de los Campesinos y Otras personas que trabajan en las zonas rurales. Tiene que haber un poder superior para que se dé una actuación de este tipo que favorece a los terratenientes y se deja en evidencia el abandono sistemático a que han sido sometidos los campesinos históricamente. Con razón Colombia importa arroz desde Ecuador, Perú, México y Vietnam. Exporta hasta bocachico de Argentina, en el 2019 entraron 60 mil toneladas de arroz peruano al mercado nacional.

Podríamos seguir enumerando muchas falencias que tiene el sistema colombiano que impide que haya mayor oportunidad para las clases marginadas; sin embargo, vamos a cerrar esta crónica llamando la atención de la manera como el gobierno aprovechó la crisis sanitaria actual para entregarle a las tramposas y mercantilistas EPS, más de 700 mil millones de pesos en vez de entregar estos recursos a las clínicas y hospitales del Estado directamente.

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