EL FIN DEL PODER


Por Manuel Medrano

A Camilo Romero lo conocí hace mucho tiempo, en plena campaña política, cuando aspiró al Senado de la República. Recuerdo que lo invité a la radio para hacerle un reportaje. En esa oportunidad logró cristalizar su proyecto y se convirtió en Senador. Ese escenario le bastó para levantar su voz y hacerse visible, siempre logrando dejar la sensación de ser un político íntegro y transparente.

Ahora como gobernador de su natal departamento de Nariño, el nombre de este comunicador social y político ha conquistado muchos seguidores a nivel nacional por su retórica franca y claridosa ante el presidente Iván Duque Márquez. En las reuniones de gobernadores le canta la tabla al presidente con argumentos contundentes e incuestionables. Empezó defendiendo los principios ambientalistas y anunció que no permitiría la fumigación con glifosato para combatir los cultivos de coca y oponiéndose al fracking en el departamento de Nariño. Cuando la minga de los indígenas del Cauca que bloquearon la carretera aduciendo que el gobierno había incumplido su compromiso con la etnia, el gobernador Camilo Romero cuestionó al presidente por no recibirlos en La Casa de Nariño ni llegar a territorio caucano a oír sus denuncias. Levantó una vez más su potente voz y cuestionó la actitud del mandatario nacional afirmando que tuvo que esperar que hubiesen muertos y heridos para atender a los indígenas.

Y ahora otra vez, con motivo del paro que se realizó el 21 de noviembre y sus secuelas, el gobernador de Nariño le volvió a marcar pautas en la reunión de gobernadores convocada como parte de los Diálogos Sociales que se inventó el presidente Duque para intentar conjurar el paro. “Es triste que tengamos un presidente joven que gobierne para el viejo país”. “Hace más de un año y tres meses hay un desgobierno total”. Dejando entrever que el presidente no se percata del gobierno decadente en que navega.

A propósito de todos estos acontecimientos que se han tomado como escenario a América del Sur, resulta imprescindible recomendar al presidente la lectura inmediata del libro El Fin del Poder de la autoría de Moisés Naím, quien fue ministro de Fomento de Venezuela y director del Banco Mundial y actualmente se desempeña como periodista y analista de CNN. Sostiene el doctor Naím que ya el poder no es lo que era, “En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder”. “El poder está cambiando de manos: de grandes ejércitos disciplinados a caóticas bandas de insurgentes; de los palacios presidenciales a las plazas públicas. Pero también está cambiando en sí mismo: cada vez es más difícil de ejercer y más fácil de perder”.

Con todo lo que ha acontecido en tan corto tiempo en Sur América ha quedado en evidencia lo anémico y endeble del poder y la debilidad de los poderosos, es el caso del presidente de Chile Sebastián Piñera, pidiendo perdón a sus gobernados y su esposa Cecilia Morel aterrorizada, quien fue grabada diciendo que tenían que renunciar a tantos privilegios. El presidente del Ecuador Lenin Moreno precipitadamente tuvo que derogar el decreto que imponía el aumento de los combustibles para satisfacer la petición del pueblo que se había tomado las calles y las plazas públicas.

En Colombia la clase política nunca antes se había dado por aludida, pero en esta oportunidad ha tomado la vocería el presidente del Congreso Lidio García. Ha dicho que ante estas circunstancias el Congreso no puede pasar de agache y propuso rebajar un 15% al sueldo de los congresistas. El Senador Lidio García, se quedó corto en el porcentaje a rebajar al sueldo de los parlamentarios, el cual pasó de 714.665 pesos en 1991, a 32.741.000 pesos en el 2019, mientras que el salario mínimo pasó de 51.716 pesos en 1991, a 828.116 pesos en el 2019. En definitiva, el salario de los congresistas, ministros y magistrados es muy superior al salario que devengan la mayoría de los ciudadanos. Es necesario que la clase parlamentaria deje la vagancia en el congreso, y se olviden del viejo país dejando de legislar para ellos mismos y piensen en la Colombia grande que por fin está despertando o de lo contrario el pueblo en las calles les notificará que ha llegado el fin del poder.

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