EL DOLOR Y LA POESÍA  EN: NOS DEJARON MORIR


Novela de Oswaldo Karo Amaya

Por: Dagoberto Guerra Yepes

Como  sentencia para avivar decididamente, el ánimo, la búsqueda y el deseo de narrar una historia real o imaginada,  el escritor  posee con la literatura un camino  que no tiene sitios vedados o puertas cerradas. De esta forma, la historia literaria de Colombia para no tocar espacios distintos  a la tierra, al aire, al agua y al fuego que nos ha tocado vivir, la atraviesan anchos y oscuros paralelismos de dolores y sufrimientos, contados  en un gran número de sus páginas.

De esa manera es la literatura entonces, el caballo donde más de un jinete se ha acomodado para galopar y buscar, ver o escuchar una historia, para luego contarla según su  imaginario, sorpresa,  asombro  o  si acaso, con mayor sentido y entereza, desde su propia vivencia. Sin embargo, sea cual fuere la situación, es el escritor el que cuenta, el que crea o recrea a sus personajes. Cada uno teje a su medida, con su forma, estilo y estructura, aquello que desde su propio sendero ilumina u oscurece.

En consecuencia, leer  la novela  Nos dejaron morir, del escritor y poeta Oswaldo Karo Amaya, es encontrarse con una historia de dolor que nos recuerda por su cosmo narrativo, con sus diferencias y particularidades,  la cuentistica de Jairo Mercado Romero y recientemente la novela Ese otro silencio, del escritor Luis Payares. En esas obras se cocina o manifiesta la violencia en sus diferentes formas y tratamientos,  donde el dolor y la sinrazón es cuna y abismo de los padecimientos  del hombre, recordando lo expresado por Juan García Oliver: “Perdida ya toda característica humana” aquella que fue creada desde la esperanza de una vida sagrada y respetada. Y esta pérdida de lo humano, en la novela de Karo Amaya, está retratada en la persecución que sufren los habitantes del pueblo, directamente de aquellos  que como C. M. y F.  Enfrentan las diferencias.

Diferencias  que están soportadas en las vivencias de los personajes de Karo Amaya, que luchan desde la urdimbre del territorio, el amor, lo religioso, lo político, el poder y el abandono,  aspectos con los cuales, Karo Amaya, logra con su prosa darle sentido a lo expresado por Eudora Wely: “El narrador para narrar su historia solo necesita de la vida real” aunque esta realidad en el vaso literario,  por no ser un tratado de historia no  se ciña como en el caso de Nos dejaron morir, a las simetrías y cifras del dolor y el llanto.  Esta obra cuenta con una estructura narrativa contenida en 53 capítulos  y  un lenguaje sencillo y coloquial, en donde se desarrollan  pasajes típicos como “Dejó que movieran para arriba y para abajo los corotos puestos en exhibición, que palparan con la yema de los dedos, las panelas, los cocos y los plátanos…” (p. 23)  que identifican con un tono casi que confesional y simbología agraria, la idiosincrasia, la cercanía de hombre y  territorio,  logrando con esto  Karo Amaya, no el encuentro de lectores avezados, no lo necesita, sino un encuentro entre la memoria y la historia.

 Memoria de un lector como  afirma  William Somerset “que exigen hechos concretos […] o piden lo extraño y maravilloso […] dispuestos a prescindir de su incredulidad” Así, los lectores de Nos dejaron morir, reconocerán  el dolor que gotea como jarabe amargo en esta novela,  narrada desde un clima, un tiempo y una topografía que resume tristeza: “… la calle larga y recta, seca y polvorienta, vacía  y  triste, llena de cráteres”  (p.20.)  De esta forma Karo Amaya, va construyendo, tejiendo una atmósfera cada vez más profunda,  de tal manera, que en la forma de narrar la historia no se nota ligereza o sobresaltos cuando llega afirmar pasajes como este: “Caminó la senda con la convicción de que avanzaba rumbo a la muerte” (p. 25.)  Para presentar seguidamente  a través del personaje y como hecho constitutivo de la historia,  ya no el dolor propio e  individual, sino el más agresivo, el que se extiende al amor más próximo, el  familiar:  “Cavilaba sobre la espantosa inseguridad que heredaban sus hijos, tras su partida…” (p. 26.) Hasta ir abriendo el circulo y llegar a el de las amistades, como el cirujano que describe el dolor desde sus raíces y va ascendiendo por los tejidos, por lo más expansivo: “Todos se miraron. Ninguno de ellos sospechaban que estaban condenados a verter su dolor en un mar interminable de lamentos” (p. 27).

De esta manera los sucesos de dolor, muerte y abatimiento permean la historia,  pero al tiempo  se percibe  en ella un profundo significado  de los lazos familiares, de los brazos y ojos que aunque han sentido y visto por  más tiempo las vicisitudes del pueblo, brindan un espacio más seguro y de esperanza: “…y. acosado por las serpientes de la soledad se refugió en las lágrimas de la abuela” (p. 34.).

No obstante, aunque  Karo Amaya, despliega en su prosa un fluir de  imágenes que encarnan  la violencia, la negación de la vida, recurre en el transcurso de la misma a una sutil ruptura en su viaje narrativo, para entrar a ratos en campos poéticos metaforizados y cargados de sugerente sinestesia,  con los cuales ayuda al lector a salir  en contados momentos de oscuros senderos, de llanuras  sin  cantos que debilitan la historia.

De tal forma que pasajes como “… sus manos temblaron como tamborileando la nada” (p. 28.) “… la hierba escuchaba la canción del rocío” (p. 30.) “… y el búho que llevaba por dentro se asomó a su voz y aleteó sobre la multitud” (p.31.) “…el silencio de la noche posó sus alas en la pena recostada en su pecho” (p.49.) “¿Por qué puerta entra el sol a su cuerpo? ¿Dónde florece su locura? ¿Por qué su pájaro no escucha al mío?” (p. 74.) “…hoy llegó el viento vestido de ti. Mece tu cuerpo en las ramas de mis árboles viejos…” (p. 92.) “El café de sus ojos se revolvió y se tornó en negro embravecido” (p. 109.) “Un pájaro triste se muere en mi corazón” (p. 121.) Refuerzan  y le dan aliento a lo que Karo Amaya cuenta en  Nos dejaron morir, además de otros textos que construidos desde su propia estructura poética son insertados en el cuerpo narrativo, dándole  a la novela  a pesar del dolor, el sufrimiento, la muerte y la incertidumbre, un halo de vida y de gozo,  donde la poetización  como recurso literario,  es  el  caudal que la narrativa absorbe y con el cual se nutre  entre las sombras.

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