EL CELADOR DE LA CUADRA


Por Amaury Pérez Banquet

El profesor Eddie José Daniels García me llamó para decirme que estaba interesado en publicar conmigo, un libro sobre música vallenata. Cuando digo conmigo me refiero a Editorial Torcaza, de la cual soy su director. La llamada la recibí al caer la tarde del domingo 17 de noviembre de 2019, justo cuando una de mis tripas se lamentaba porque hacía más de diez horas no recibía nada sólido. “Por fin va a tener la oportunidad de publicar un libro que valga la pena”, es la frase que más recuerdo de aquella conversación. El caso es que quedamos en vernos dentro de dos días en su casa. “¿A las 7:00 de la noche le parece bien?”, me preguntó. Yo asentí con la cabeza creyendo que lo tenía en frente y enseguida colgué.

El profesor Daniels es un hombre elegante. Se preocupa en vestir bien, en comer y beber bien y camina con cierta elegancia. Los que lo conocemos sabemos que es exigente consigo mismo: en que la camisa esté debidamente planchada, de cuello largo y almidonado, el pantalón con sus pliegues y falsos perfectos, la corbata pala ancha de colores suaves y con nudo doble, el sombrero gardeliano inclinado hacia la izquierda y los zapatos brogue negros, impecablemente embetunados.

Como el profesor es así de exigente, siempre que me voy a reunir con él procuro vestir bien para evitar que me diga que me parezco al celador de la cuadra, o a un vendedor de limón, o a un vendedor de galápagos al por mayor, en fin, a cualquier vendedor ambulante. Desafortunadamente para mí, el martes 19 de noviembre de 2019, día en que tenía la cita con el profesor Daniels, prácticamente toda mi ropa estaba sucia. Solo disponía de un pantalón jean bastante descolorido y el suéter –versión económica– de la Selección Colombia. Y aunque llevaba puesto un par de zapatos de 100 dólares que me habían enviado de Estados Unidos y cargaba conmigo un bolso Toto de 200 mil pesos, estaba seguro de que el anfitrión iba a poner toda su atención en lo descolorido de mi pantalón y en lo demacrado de mi suéter. Ya me lo imaginaba diciéndome: “Señor editor y novelista, con esa ropa usted parece un butifarrero”.

Antes de llegar a la casa del profesor pasé a visitar a mis dos hijas. En cuanto me vieron, Sofía, mi hija mayor me preguntó: “¿Hoy juega la Selección Colombia, papi?”. “No lo sé”, le respondí. “Entonces, ¿por qué llevas puesta la camiseta de la Selección?” Y antes de responderle lo que tenía que responderle, Jennifer, mi otra hija lo hizo por mí: “Porque tiene toda la ropa sucia”. Asentí con la cabeza mientras me abrazaban.

Llamé a Fredy, mi taxista de confianza para que me llevara a mi destino. “Ok, en seis minutos te llego”. Fredy siempre me dice los mismo, aunque demore dos, tres, cinco, diez o veinte minutos, él dice lo mismo: “Ok, en seis minutos te llego”. Esa vez demoró ocho minutos. Apenas estuve dentro de taxi le pedí que pasemos a recoger al poeta Luis Ortiz Luna y luego me llevara a la casa del profesor Daniels. Fredy, que también conoce al profesor, frenó el taxi, me reparó detenidamente y enseguida me dijo: “¿Piensas ir vestido así a la casa del maestro Daniels?”. “Andando”, le señalé la calle, “tengo toda la ropa sucia”.

La ciudad estaba quieta, como cualquier otra ciudad un martes a esa hora. Por eso tardamos pocos minutos en hacer los dos recorridos. El profesor Daniel nos recibió efusivamente. “¡Adelante, novelista! ¡Bienvenido, poeta Ortiz!”. Ese es su estilo cuando alguien de su agrado lo visita. Estaba tan entusiasmado en mostrarme el libro por el cual nos estábamos reuniendo, que ni siquiera se fijó en mi ropa. Sacó tres cervezas de la nevera y enseguida nos fuimos para la biblioteca a mirar la última versión del texto: GRANDES COMPOSITORES DE LA MUSICA VALLENATA. “Este es un libro tremendo”, nos dijo lleno de júbilo mientras se tomaba un sorbo de cerveza. “Para Editorial Torcaza va a ser un honor publicar este libro”. A continuación, debatimos sobre los veinticinco compositores que había escogido, debatimos sobre el tamaño del libro, sobre el tipo de letra, sobre el tipo de papel, sobre el tipo de portada y sobre el número de ejemplares a imprimir. Al final de la quinta cerveza brindamos por los GRANDES COMPOSITORES DE LA MUSICA VALLENATA. El caso es que el profesor Daniels nunca se fijó en como había ido vestido.

Volví a llamar a Fredy para que me fuera a recoger. Intenté tres veces y no me contestó. Supuse que estaba entretenido esperando a alguna de esas parejitas de amores prohibidos que suelen moteliar los martes. De modo que le pedí al poeta Luis Ortiz que me acompañara a una de las calles principales a tomar un taxi. Así lo hicimos. Después de varios minutos de estar sacando la mano en falso, decidí regresar a la casa con un mototaxista que llegó hasta la esquina donde estábamos nosotros. La verdad es que me inspiró confianza, era un hombre adulto, se veía limpio y estaba bien vestido. “Lléveme al barrio La Toscana”, le dije antes de subirme. El hombre me miró de pies a cabeza. “Hasta allá te vale tanto”, me advirtió sin dejar de mirarme. “Si los tienes, súbete”. Me despedí del poeta Ortiz y me subí en la moto. “Si los tengo”, le dije y enseguida nos pusimos en marcha. El primer semáforo que encontramos estaba en rojo. El hombre frenó la moto, apoyó el pie izquierdo en el pavimento y al cabo de un par de segundos me preguntó: “¿Tú entiendes de política?”. “No entiendo mucho”, le respondí. “Para entender de política hay que tener cierto grado de estudio”, dijo el mototaxista. “Supongo que sí”, le dije justo cuando el semáforo cambió a verde. Nos pusimos en marcha nuevamente. “También hay que tener disciplina, leer mucho”, insistió el hombre. “Supongo que sí”, le volví a decir. En ese momento aceleró la velocidad de la moto y no volvió a hablar hasta que llegamos a La Toscana. “Déjame ahí en ese edificio”, le señalé con el dedo. “¿Dónde?”, me preguntó. “Ahí, donde dice Macondo, donde están los dos pinos”, le volví a señalar. El mototaxista desaceleró y frenó donde le había indicado. Me bajé y mientras sacaba un billete de mi cartera, me volvió a mirar de pies a cabeza. “¿Eres el celador del edificio?”, me preguntó. “Soy el celador del edificio y de la cuadra”, le respondí y le entregué el billete. “¿Qué tal te pagan aquí?”, volvió a preguntarme. “Muy mal, todos en esta cuadra son unos miserables”, le dije y suspiré. “No creas, así son todos los ricos”, me consoló el hombre con esa sonrisa maliciosa. “agarra el cambio y no te desanimes, compadre”. Pero siempre hay alguien que nos pone al descubierto. Lo digo porque en ese momento iba pasando uno de mis vecinos, que además es uno de mis grandes lectores. “¡Señor escritor!”, me dijo con fuerza desde la otra acera de la calle. “Me está debiendo su última novela”. El mototaxista me miró atónito, tal vez esperando una explicación mía. Yo solo me encogí de hombros: “¿Qué puedo hacer?”, le dije. “Me acaban de delatar: soy escritor y uno de los dueños del edificio…”. El hombre bajó la mirada y se fue triste y desilusionado, quizá porque yo no era lo que para él en ese momento aparentaba…

Sincelejo, diciembre 01 de 2019

8:56 pm

Anterior CACHOEIRA
Siguiente IMPOSIBLE OLVIDAR

Sin Comentarios

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *