EL ÁNGEL BOHEMIO


El  argentino que conquistó la gaita.

Por: Alfonso Hamburger

A pesar de llevar una mochila de fique cruzada en el pecho, con una botella de trago «enguacharacada» e iba vestido de gaitero, con el respectivo cola de gallo colorado amarrado en la nuca, abarcas tres puntadas y sombrero sabanero, los oriundos que estaban amontonados en el pretil –quienes le clavaban los ojos sin disimulo–sospechaban que aquel hombre alto y delgado no era de la Parroquia de San Jacinto. Seguro –pensaron– que escupía bien lejos.

Además, la camisa que llevaba puesta le quedaba ancha, como cuando el difunto era más grande que el heredero. El pantalón gris se confundía con el blanco obligado de las normas gaiteras porque caminaba rápido y a grandes zancadas. A reglón seguido, vinieron el sartal de preguntas a quema ropa, sin disimulo. «¿Vea, cómo se llama y usted de dónde es?» «¿Qué hace por aquí?» «¿Dónde está bajado?» «¿Qué pitos toca?».

Adrián Pablo Villamizar Zapata se sintió naufragar en lo ancho de la camisa, que su amigo del alma, el acordeonista Ismael Rudas, le había entregado dos días antes, metida en su respectiva bolsa, en Barranquilla, donde viven ambos. Rudas se la había dado tal como la había guardado muchos años antes, a manera de préstamo especial, con el compromiso de que la cuidara al máximo. Es una camisa –o era, porque el ajetreo de un festival de gaitas es muy intenso, y el artista suda a chorros– que Ismael conservaba con especial interés, pues con ella se había casado y la tenía entre sus más preciados tesoros.

Los reglamentos de la gaita  son rígidos y se habían cogido al forastero asando mazorcas. Adrián, de padres colombianos, pero nacido por accidente en Buenos Aires, Argentina, y que goza de un doble ego: el de ser gaucho y vallenato guajiro a la vez, fue contestando una a una las preguntas de aquellos hombres que lo esculcaban, que le servían el trago  y que por ende lo miraban como un perfecto entrometido, buscándole la caída. Y obvio, querían rajarlo. A ver qué era lo que tenía guardado en su mochila, que hasta hacia poco había cambiado por una hecha en la Sierra Nevada, de donde son sus ancestros. Le dieron un trago y otro trago. Le  mostraron sus cartas. Pero el colombo–argentino también tenía lo suyo y no se iba a dejar arrinconar por los parroquianos, diestros en el arte de las gaitas y en la palabra. Adrián apenas se emparentaba con las reglas gaiteras, desde el vestir hasta el escupitajo en tierra ajena. Enseguida le echó una mirada a la guitarra que tenía el de la cola: «dame  acá y cantó una canción», dijo mientras se hacía acompañar del instrumento con cierta destreza. El de la moñita atrás, se supone que Oswaldo Manrique, hombre zaramullo y de canto elevado, fue el primero en abrir los ojos, admirado, embelesado con la gracia del colombo–argentino. Los hombres del pueblo empezaron a escupir lejos. Ya entonces no eran los mismos. El recién llegado tenía encanto, tenía palabra y tenía canto. Acababan de abrir un nuevo libro. Estrenaban la parranda del festival.

Después «el argentino» sustrajo su propia botella con una araña pintada y dio de beber a los asistentes, que ahora eran más, porque la música había atraído más gente al sagrado ritual del sardinel, donde se ahíncan los hombres de abarcas. A cada gracia, los oriundos se iban acomodando al forastero y éste a ellos. El momento más sublime fue cuando Villamizar sustrajo una dulzaina pequeña de su mochila, tan diminuta que casi se le perdía en la mano empuñada, y se la llevó a la boca, y con tremenda fruición de ojos, pequeños y chinos, el  hombre besaba aquella pieza encantada y de ella fueron brotando los acordes más sentidos de una tonada parrandera.

Dime la verdad, solo la verdad/

no hay reparación ni justicia, si no es con verdad ( coro)/

todavía no te has dado cuenta (bis)/

que estás más jodido que yo/

Porque no tienes  conciencia, ni menos temor de Dios/

El forastero paró de pronto. Tenía que manejar la emoción. Alguna vez, en una parranda le grabaron con un celular su canción «El Tejido», que posteriormente resultó siendo ganadora del Festival Nacional de Acordeonistas de San Juan Nepomuceno. Le tuvieron embolatado el premio, porque alguien denunció que ya llevaba más de dos mil reproducciones en YouTube, y un mal perdedor alegaba que no era inédita. Era inaudito. Una cosa es ignoto y otra inédita. Hay canciones grabadas que se quedaron inéditas. ¡Todavía le deben la mitad del premio!

Después de  la reflexión y la prudencia, Villamizar guardó su dulzaina en la mochila de fique, le sirvió otra tanda de trago a los mirones y se fue por la calle abajo, dejándolos a todos con aquella fregantina en el alma.

II

El 16 de agosto de 2018, San Jacinto estaba que colapsaba en sus fiestas patronales. Propios y foráneos celebraban con gaitas y bebidas los 242 años de fundado. Pese a que habían separado la paja del grano –habían quitado la corraleja para concentrase en lo que es la gaita– el  centro, en medio de esas casas coloniales, no se entendía de la jarana. La Policía había puesto vallas protectoras a dos cuadras a la redonda de la Plaza de los Gaiteros, más los escombros de las obras sin terminar y las cascaras del desperdicio de la noche anterior, perecían el rastro de una ciudad bombardeada por la guerra. Y para colmo, un comandante de policía recién llegado, ignoto totalmente en la tradición de un pueblo, le había puesto un comparendo al propio Adolfo Pacheco en su propio cumpleaños, en su finca La Hamaca Grande. La indignación contra el policía ardía en las esquinas.

Villamizar, de trancos largos, hiperactivo, en un santiamén estuvo en la posada que le habían designado. No necesitaba más que una hamaca y el afecto de los anfitriones. San Jacinto es un solo hotel para albergar a más de mil artistas, entre gaiteros y gaiteras, compositores y compositoras, danzarines y demás artistas que han llegado de todo el mundo. El festival autóctono de gaita ya casi no puede con su nombre de pila. Ahora es internacional. Han llegado de Chile, con una pajarita que atraviesa el mundo huyéndole al invierno, los ecuatorianos y los argentinos soplan igual esos palitos que parece  que tuviesen ojitos y boquitas para hablar.

Ya en la hamaca colgada en un kiosco amplio, El colombo–argentino estaba inquieto. Desde hacía un mes buscaba un gaitero hembra para que lo acompañara a presentar su himno a los desplazados, titulado «Dime la Verdá», así, son acento en la a y sin d, que había hecho respondiendo al desafío de un amigo, quien le había insinuado que un vallenato no era capaz de hacer una pieza de gaita. La maqueta la había hecho en Cartagena con el grupo Golpe Seco, del médico Hernando Coba, con la voz de Juan de Dios Narváez, un cantor ovejero, a quien  Villamizar llama el Jorge Oñate de la Gaita. Pero habían surgido muchos problemas. Primero fue buscar un hembreo, que no es fácil en la tierra de la gaita, porque todos estaban ocupados, o de viaje por el mundo. Y, lo peor, a Juan de Dios, residente en Cartagena, de 66 años, lo había tropezado la fiebre de la Madame. Se trataba de una gripa que le había apagado la voz. Y tenía dormido no solo el cuerpo, sino el alma y la voz.

Sabiendo que no tenía otra escapatoria que apretar las nalgas y atemperar el galillo, Villamizar tomó la decisión de cantar su himno con su propia garganta. Lo cierto es que aún conserva rasgos de su madre Argentina y un cierto cantadito guajiro, mezclado con trova cubana. Sabia de sobra que los hombres de la gaita cantan todo distinto. Son tonos altos, un verdadero grito de monte y canto de zafra y vaquería. Por el coro no tendría problemas,  las voces con las que había ensayado, ya estaban en el festival. En la misma tienda donde compró las tres botellas de aguardiente con una araña en la etiqueta, compró la mochila de fique, punto del reglamento, y una botella de miel. Le echó pedazos de jengibre al licor y a la miel. A cada trago en la calle, le añadía un mordisco al jengibre.

Entre las 35 canciones expuestas ante el jurado, donde había pesos pesados como Hernando Cova, Betty Ochoa y Miguel Manrique, entre otros, Villamizar estaba en el puesto 25. Sus amigos, que eran pocos en el pueblo, estaban nerviosos, porque no sabían cómo podía resultar un acento argentino–guajiro para la gaita. Y llegó el turno. Los cinco hombres y una mujer para los coros, se cuadraron frente a  los tres miembros del jurado. Los jueces revisaron que tuvieran mochila de fique, con camisas blancas con cuello, liza, nada de guayaberas de cuatro bolsillos, abracas tres puyas, sombrero vueltiao y un trapo rojo cola e gallo.  No había amplificador de sonido más allá del presentador. Los jueces dieron la orden. La gaita larga hizo una parábola y después el alegre y el llamador siguieron con su gracia, hasta que vino el coro profundo, del himno: «Dime la verdá», solo la verdá… Y enseguida, la voz del colombo–argentino, surcando los vientos de los Montes de María, cuando caía la tarde:

Todavía no te has dado cuenta, que estás más jodido que yo/

Porque no tienes conciencia ni menos temor de Dios/

Te trajeron a mi tierra, porque era la solución/

Solo dejaste más guerra, solo dejaste más guerra, miseria y desolación/

Y el coro:

Dime la verdad/ solo la verdad/ no hay reparación ni justicia/ si no es con  verdad/

En la sede del Club de  los Maestros no cabía un gaitero más/ la tarde reposaba su bochorno/ la gaita no cansa/ el silencio era total/

El ex viceministro de Educación, Julio Alandete Arroyo, uno de los jurados, también compositor y oriundo del pueblo, soltó una lágrima. Después siguieron las otras estrofas, demoledoras, como quien zurce una pieza artesanal y no deja nada suelto. El argentino se acomodó la mochila terciada, sin casar la botella:

Los que llegaron primero, decían cosas como tu/

Te defiendo del gobierno, su olvido e ingratitud/

Destrozaron nuestro pueblo, secuestraron juventud/

Algunos jamás volvieron: mi hijo en un ataúd/

El silencio era largo, solo música, de nuevo el coro:

Dime la verdad (bis)/

Y la glosa, tierra mía, esta es tu historia/

Y Gueijaaaa…/

Dime la verdad, solo la verdad (bis)/

Vinieron para que hubiera, Nuevamente orden y paz/

Dizque pa acabá las fieras, que nos querían gobernar/

Y aquel que no los siguiera/ era otro enemigo igual/

Y el remedio que nos dieron/ fue peor que la enfermedad/

La canción pasó a la semifinal de primera, codo a codo con Almas Gemelas, de Hernando Coba.

En la presentación en la plaza, Villamizar estaba ansioso. Era el 18 de Agosto, día da su  cumpleaños. Estaba en una finca con su familia. Y al salir por una manga, solo había un carril habilitado. Mientras se destrababa el tráfico,  se hizo de noche. Iba de primero en la lista y debía subir a tarima a las siete de la noche. Faltaban  media hora cuando entraban a San Jacinto y detuvieron el auto por tecno mecánica. La policía fue implacable. No dejaron pasar el auto. No había una grúa. No valió carnet. Nada. Vino un parte. La policía, que se había metido con Adolfo Pacheco, estrenaba comandante y estaba barriendo todo. Villamizar tomó una moto, desesperado. Se perdieron. Pero al menos hubo tiempo para la celebración. Partieron el pudín en el hotel. Y subió a tarima un poco ansioso. Entró antes del preámbulo y eso parece que le restó puntos, pero pasó de seis a la final.

A esa altura aunque el jurado le había bajado puntos, hasta casi sacarlo, ya el pueblo coreaba la canción. En la madrugada del domingo 19, por primera vez, un argentino escribía su nombre en el festival internacional de gaitas más importante del mundo, en San Jacinto.

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