CUMPLEAÑOS DE SHARON Y BERTHA


Por: Manuel Medrano

Hoy lo recuerdo, parece que hubiera sido ayer, pero hacen 29 años. Me encontraba trabajando en una estación de radio ya desaparecida, como periodista y locutor, cuando fueron por mí. En la clínica de parto me estaban solicitando con suma urgencia, porque había nacido tan solo una y se esperaban dos. Resulta que la más traviesa se había entretenido con el paisaje del camino, y se le había olvidado que tenía asignado un tiempo limitado para salir del lugar donde se encontraba refugiada hacía nueve meses, antes de salir a disfrutar de su presencia física en esta dimensión terrenal. Un poco nervioso arribé a la clínica donde el médico se encontraba llevando a cabo el trabajo de parto con mi mujer. Ya estaban las dos, sanas y salvas, se trataba de las mellas, Sharon y Bertha, que habían llegado sin ser invitadas, puesto que mi mujer se había puesto un dispositivo para no tener más hijos, dado a que la situación se había tornado muy difícil y no era justo seguir aumentando la familia sin  contar los recursos básicos para garantizarles salud y educación.

Cuando intenté tocar a la puerta, se escuchó un grito desgarrador de una niña pechichona, que llegaba un tanto retrasada, y quería saber por qué parte empezaba su ejercicio para aprender a vivir en un mundo inhóspito y complejo. No las esperábamos, pero con su arribo a nuestro hogar vinieron a llenar un vacío y marcaron nuestras vidas para siempre. Ante la presencia de un par de niñas tan bellas en nuestras vidas, se olvidaron los miedos y los temores; las emociones encontradas y un cúmulo de alegrías se hicieron evidentes y nos fuimos a casa con el corazón más alegre que una fiesta de pueblo.

Mauricio, el mayor de los cuatro nacidos en Sincelejo, no entendía lo que estaba pasando, mientras su hermano menor, Manuel Fernando, le gritaba: ahora somos cuatro, llegaron las mellas.

Recordaba entonces la canción del español Tomas de San Julián, que cantaba mi padre cuando se tomaba sus tragos: Yo creo que a todos los hombres les debe pasar lo mismo cuando van a ser padre, quieren tener un niño, pero si les nace una niña sufren una decepción, después la quieren tanto, que hasta cambian de opinión. Son mis niñas tan bonitas que se han robado  mi corazón.

La tierna presencia de las mellizas hizo olvidar los avatares de la escasez y nos aferramos al Dios todo  poderoso para que iluminara nuestro hogar y la salud y la prosperidad acompañaran siempre nuestro camino.

Desde hace 29 años una especie de metamorfosis ancló en mi vida y comenzó un aprendizaje eterno, si bien la crianza de los hijos conlleva un duro aprendizaje para los padres, la presencia de la mujer en el hogar, madre e hijas, complementan y transforman la vida en casa cuando el hombre renuncia al machismo y se deja permear por la ternura y la sensibilidad femenina, que complementadas con el virtuosismo masculino enriquecen el hogar.

La mujer es indispensable, pero cuando su ausencia es para siempre, las falencias se tienen que soportar eternamente.  En el arduo transitar de mi vida,  la mujer  me ha mostrado la senda que me ayudó a comprender que la felicidad si es posible, con la guía de Dios y la presencia de la convivencia plena,  pletórica de armonía y de amor en el hogar.

 Yo soy un afortunado, he tenido el privilegio de encontrar en mi camino a mujeres maravillosas que quizás no merecía, pero ellas llenaron un vacío existencial en mi vida, transformándola de tal manera que hoy, al cumplir años las mellizas, puedo decir sin temor a equivocarme que independientemente del amor que me han manifestado mis tres hijos varones, las tres  mujeres llegaron para imponer ese toque de  ternura y ese aroma de felicidad que siempre las rodea, y, por ende, puedo afirmar que soy  un hombre feliz.

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