CREO QUE A LA VIDA HAY QUE REÍRSELE EN SU PROPIA CARA


Por Martiniano Acosta

He leído el libro de cuentos: INSTRUCCIONES PARA MATAR UN CABALLO, de Adolfo Ariza Navarro, proyecto ganador del portafolio de estímulos especiales en el distrito de Barranquilla en el 2017, y no han dejado de asombrarme las extraordinarias historias contadas. Escritor nacido en Avianca, Magdalena, (16 de febrero de 1962). Ganador, entre otros, de la X Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera y del premio internacional Juan Rulfo con la novela corta: “Mañana cuando encuentren mi cadáver”.

Son diez cuentos sorprendentes que parece que me los hubiera leído, mascando un pedazo de panela, sentado a la orilla de un camino, bajo el resplandor de un sol escandaloso,  mientras veía desfilar así como en El sueño de las Escalinatas de Jorge Zalamea: caballos, carros, criminales, secuestradores, guerrilleros, carretas, viejos, campesinos, paramilitares en motos, prostitutas en camiones, en tractores,  ganado, cerdos, ataúdes, ataúdes y…sus protagonistas viviendo situaciones intensas y emociones profundas en una atmósfera “narcoinquieta”. Al final de la lectura, me quedó la sensación de cuentos bien narrados, con un acentuado sabor a ironía, y el empleo de la fuerza fonética y significativa de nuestro léxico costeño en los textos narrativos.

Me imagino a Adolfo Ariza, de noche, o mientras escuchaba sus “vallenatos del alma” recordando y tejiendo los hilos de su experiencia para estructurar la historia que luego nos contará sin olvidar ese sabor de ironía y de sarcasmo que rondan los cuentos. Grosso modo, según mi criterio, presento las ideas de algunos cuentos como: “La apuesta” (de acuerdo con mi interpretación, es la versión costeña de la película: La Lista de Schindler). “La casa de la abuela” (cuadro perfecto para mostrar dos aspectos: primero, el irrespeto a los muertos, la doble moral, la ambición, la avaricia, la envidia, la glotonería, la trampa, del ser humano. Y segundo, en un sentido general, cómo el hombre convierte a su mundo en una cloaca en todos los sentidos: “El hedor a heces, a sudor y a meados se tornaba insoportable”.)  “El amenazado” (representa la desmesura del poder, la ceguera ante la violencia)

Tuve la impresión de que el narrador, en primera o en tercera del plural, estuviera contando la historia al pie de la oreja, dando la sensación de oralidad costeña, virtualidad que se suma a las otras ya conocidas en este autor.

Yo considero que este es un libro muy serio, bastante serio, cuyos cuentos desarrollan acciones paramilitares que produjeron enormes tragedias en la Costa, pero que son tratadas, en algunos aspectos, con una perspectiva irónica, burlesca.  Adolfo Ariza, creo, no se propuso solo mostrar la tragedia a través de una carcajada sarcástica sino dejar testimonio de esa época trágica del hombre de nuestra región caribe.

Esa violencia paramilitar que no tuvo fronteras a la hora de masacrar. Era el poder representado en las armas y con ese poder se ajusticiaba sin consideración alguna. Eran los dueños de las leyes, del territorio, de los pueblos, de las mujeres, de los hombres, de los presupuestos municipales, de la vida, y manejando a las autoridades a su antojo. Algunos sucesos trágicos que voy a citar aquí, ponen la piel de gallina. En los cuentos se narran acciones crudas ejercidas por los dueños del poder sobre familias humildes e indefensos campesinos:

Por esos días los pueblos de la región estaban siendo azotados por la violencia paramilitar. Oscuros ejércitos armados hasta los dientes, sembraban el terror en los alrededores” (pág. 8).

Existía la eventualidad de que los paramilitares incendiaran el pueblo y dejaran sin premio la apuesta.” (pág.10).

 “Al parecer, no ocurrió así. Grande fue nuestra sorpresa cuando, el día de la masacre, luego de reunir al pueblo en el peladero de la cancha de fútbol, el comandante empezó a llamar en el mismo orden en que recordábamos estaban inscritos los nombres en la lista” (pág. 16).

Usualmente, los llamados grupos armados ilegales elaboraban un listado con los nombres de sus víctimas y, hasta el final, eran fieles a ese inventario”, (pág. 31).

“No volvimos a ver al amenazado. Ni siquiera cuando las cosas empeoraron y las mareas de desplazados se apoderaron de las escuelas y los semáforos de las ciudades” (pág. 36).

“El comandante, amo y señor de la región, no desaprovechaba la oportunidad para amenazar a la poca gente que había regresado al pueblo, luego del largo asedio paramilitar” (pág. 70).

En esta reseña se relatan historias de locura y de delirio, personajes bien construidos sin olvidar, la ironía y la burla, que, generalmente, salen a flote por algún lado. Por ello,  comparto o me identifico con el autor cuando afirma sin reservas que “la literatura no es la cosa más seria del mundo…..” o lo que asevera Guillermo Tedio, cuentista y crítico literario, en su comentario para este libro de cuentos : INSTRUCCIONES PARA MATAR UN CABALLO: “Ariza Navarro, desde el mismo título de su libro, Instrucciones para matar un caballo, ha comenzado a reírse seriamente de la tragedia, a burlarse del agresor, incluso, a compadecerlo, porque la risa es quizás la mejor forma de exorcizar los contagios dolorosos de los malos recuerdos”.

En cada situación narrada, en cada frase, aparece el humor que  en su definición dice “es una manera de enjuiciar las situaciones con cierto distanciamiento ingenioso, burlón o, en apariencia, ligero y, aunque muy próximo a la comicidad”.

Ramón Gómez de la Serna, periodista y escritor español, comenta en «Gravedad e importancia del humorismo»: «Definir el humorismo en breves palabras, cuando es el antídoto de lo más diverso, cuando es la restitución de todos los géneros a su razón de vivir, es de lo más difícil del mundo». El humor hace parte de nosotros, aún en medio de la seriedad y de la tragedia, se hace humor con ellas. Adolfo ha asumido su oficio de escritor con seriedad, pero su criterio le dicta que “que la literatura no es para tomársela en serio”, piensa, y ya lo ha dicho tantas veces que la literatura es para mamar gallo, para hacer sonreír y olvidar lo trágico de la realidad. Es decir, hacer menos dolorosa la tragedia, empleando el sarcasmo como antídoto.

En Colombia, nos reímos de nuestra negra realidad y si no lo hiciéramos nos enloqueceríamos. Creo que a pesar de la tragedia humana que se narra en el libro de “Instrucciones…”, pienso que la virtud de Adolfo, no muy común en los escritores, es esa: el manejo del sarcasmo, de la ironía, del humor, en medio del dolor. Cito algunos apartes para enfatizar lo anterior:

 “Los Hombres Hermosos son maricas y nosotros no queremos tener nada que ver con maricas”. (pág. 13).

“A ese hijueputica es al primero que vamos a quebrar”. (pág. 14).

“Al momento de morir, la abuela les debía a todos los vendedores de chance que diario visitaban la cuadra”. (pág.19).

“Para poder dormir el tío Antonio le ha tocado sacar el cadáver de la abuela y acomodarse dentro de él como puede”. (pág. 20).

“Si a los muertos les gusta que los lloren. En todos los sepelios siempre hay alguien que desea ser enterrado mentirosamente con el cadáver”. (pág. 21).

“Dos meses después, nadie se acordaba de la abuela, la verdadera dueña de la casa”. (pág. 25).

“Para distraerlo de su terrible estado de ansiedad y de la inercia a la que no estaba acostumbrado, solía llevármelo en la camioneta…(…)la dirección del carro me tiraba para el lado donde él decidiera ubicarse.(…)me pedían que expulsara al oso de la carrocería antes de que me destrozara la camioneta”. (pág. 33).

“Mi pene se erecta rebeldemente, pero no puedo mentirme, no se trata de deseo sexual, solo son las ganas de orinar que vuelven”. (pág. 66).

“Y él pudo ver, con asombro, cómo sus contemporáneos vendían sus viejos rocines a intermediarios para adquirir aquellos ruidosos trastos”. (pág. 67).

“El error es coincidir en un mundo tan ancho, y en un tiempo tan largo, con gente bellaca y cruel”. (pág.73).

“Me dolía la impotencia de mi padre. Lo tenía todo y no tenía nada: cerca de dos mil hectáreas de tierras que empezaban a llenarse de bosques, cundidas de guerrilleros y paramilitares”. (pág. 80).

Finalmente, considero que no es fácil encarar la realidad violenta de los paramilitares para contarla por episodios, develando la crudeza de las masacres. Adolfo tuvo la experiencia, supo asimilarla, sufrió o la vio sufrir, y esa experiencia de vida le dio autoridad para contárnosla, hoy, naturalmente, tomando distancia. Las veces que hemos podido conversar, al calor de unos wiskis, siempre me ha repetido su criterio: “Últimamente he estado pensando que la literatura no es para tomársela en serio. Ni siquiera la poesía que parece ser la más seria de todas las cosas. En tanto más en serio te la tomes, más reacia es a entregarse. Debe ser porque así es la mejor parte de la vida, qué sé yo. Creo que a la vida hay que reírsele en su propia cara”.

Y ese concepto está plasmado en cada una de sus piezas literarias. Considero que mamar gallo, sacarle el humor a lo trágico en la literatura y en la vida misma, no es más que una manera de hacer llevadera la carga de las desgracias que pesan sobre nuestros hombros.

Mayo 8 de 2020. Santa Marta, cerca del mar.

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