Amaury Pérez Banquet


Por: Ignacio Verbel Vergara

Cuando Amaury Pérez Banquet nació en Las Palmas (Sincelejo, Colombia) el 21 de septiembre de 1970, hacía 43 años que un genial escritor colombiano conocido como Gabriel García Márquez había nacido en Aracataca, un pueblo del Magdalena; hacía tres que este mismo había publicado la epopéyica obra Cien Años de Soledad (de la que atesoraba ya millares de loas consagratorias a nivel internacional) y Editorial Tusquets le publicaba en forma de libro un conjunto de afortunadas crónicas publicadas en el diario El Espectador con el título Relato de un náufrago. Para esa misma calenda, Borges publicaba El informe de Brodie, José Donoso echaba a volar El obsceno pájaro de la noche, Alfredo Bryce Echenique inventaba Un mundo para Julius y Pablo Neruda blandía La espada encendida. Fue en ese mismo año que Alexander Solhzhenitsyn ganó el premio Nobel con El archipiélago de Gulag y mueren Yukio Mishima, Jhon Dos Passos y Erich María Remarque.
Amaury pasó su niñez en el regazo materno, bajo la mirada amorosa de su padre, disfrutando de la compañía de hermanos, primos y amigos, del verdor y el aroma que asomaba por cada milímetro del paisaje de su pueblo natal, correteando por los senderos cuyas veras estaban pobladas de matarratones, palmas, guarumos, clemones, guasimos, hibiscus, siemprevivas, azucenas, amapolas y rosas. Aprendió las primeras letras en la escuela rural y desde entonces lo atraparon los relatos maravillosos en que desfilaban mundos mágicos y seres fabulosos. Empezaron a seducirlo las gestas, los escenarios, los ropajes y las palabras de aquellos personajes circundados por el misterio, la fantasía, el ensueño, el amor, la tragedia, el gozo , la miseria, la opulencia, la guerra o la ternura. Se apasionó por las historias contenidas en los libros, pero también por aquellas que contaban los abuelos y los adultos mayores de Las Palmas y que se habían transmitido de generación en generación, habitadas de diablos, brujas, hermosas doncellas y heroicos mozalbetes o de sabios ancianos. En las noches de su infancia deliraba placenteramente con tales protagonistas y hechos. Sin darse cuenta cómo, lo había inoculado con fuerza la hermosa fuerza de la poesía.
Ya consciente de su encomiable “padecimiento”, se convirtió en empedernido lector. Devoró con fruición todos los libros para niños y jóvenes que hallaba a su paso; entreveraba la lectura de comics con relatos memorables de Rafael Pombo, Andersen, Hermanos Grimm, Las mil y una noches, Tomás Carrasquilla, Perrault y otros. Pero sería en Sincelejo, al inicio de su pubertad, convertido en guardián improvisado de la vivienda de unos vecinos que se iban de vacaciones que recibiría el mayor deslumbramiento de su vida como lector y como degustador de historias memorables: allí se encontró con los cuentos y novelas descomunales del creador de la saga de Macondo. Después de leer como un poseso durante muchos días que se le hicieron cortos esas historias en que lo real se articulaba a lo maravilloso, tuvo una revelación que al inicio calificó como un sueño imposible, pero que luego fue tomando vigor inusitado en su mente: sería un escritor profesional. Durante toda la secundaria y durante los estudios universitarios, sintió el llamado de la literatura: aquella dama hermosa, revestida con todas las luces, paisajes, personajes, atmósferas, sucesos, utopías, mitos, leyendas y misterios, lo buscaba del alba al anochecer, se le metía entre las sábanas y cual febril amante, aguijoneaba su cerebro, lo perturbaba blandamente mientras caminaba, cuando estaba en los más disímiles menesteres. Desde la infancia, Amaury había osado emborronar algunas páginas de cuaderno y alguna vez creyó haber concluido su primera novela antes de cumplir los quince años, pero sabía que escribir de verdad no era una tarea fácil, que debía perfeccionar las herramientas mentales y lingüísticas, que era perentorio estudiar y ejercitar técnicas para una dinámica y efectiva producción textual. Sin embargo, los caminos de la vida lo llevaron a convertirse en gerente de banco. Se podría pensar que en aquel entorno de cifras, billetes, empréstitos, cobros, tasas, intereses y rendimientos financieros, el interés por la literatura decrecería, pero fue al contrario. Cuando se vio inmerso en aquel sitio en que las máquinas eléctricas, los computadores, las calculadoras, los saldos, los débitos y créditos aparecían acosando desde todos los vértices, encontró que la única manera de oxigenarse era leyendo a los grandes escritores del mundo y escribiendo. De ese tiempo libre que le quedaba luego de trasegar entre números, cumplimiento de horarios, manejo de personal y otras lides laborales, surgió su primera novela: El líder, la que había venido tramitando de forma manuscrita desde hacía años en amarillentas hojas de libretas escolares. Plasma en ella la urdimbre de las luchas campesinas por la tierra, el sufrimiento de los humildes ante la carencia de bienes primarios, las peculiaridades de un pueblo, las emociones y sentimientos de las gentes sencillas y buenas de las veredas, pero además hace los primeros trazos de lo que luego llegaría a ser una prosa más depurada, vigorosa y ambiciosa, que daría lugar a las novelas La maldición del cabaret y La bestia y al cuentario Coincidencias.
Después de la publicación de su ópera prima, decide retirarse de la gerencia del banco para dedicarse de lleno a la literatura, y para subsistir económicamente debuta como constructor primero y luego se convierte en comerciante; mas, procura que los nuevos oficios no le esquilmen mucho tiempo y el mayor volumen del mismo lo dedica a urdir historias.
En 2012 él y otros escritores de Sucre, fundan el Círculo de Estudios Literarios Héctor Rojas Herazo, colectivo que le permitió estudiar con profundidad las obras de narradores inmensos: entre ellos: Alberto Moravia, Isaacs Bashevis Singer, Héctor Rojas Herazo, Carlos Ruiz Zafón, J.D. Salinger, Haruki Murakami, Rubém Fonseca, Pedro Juan Gutiérrez, Jorge Luis Borges, Albert Camus, Truman Capote, Philip Roth, Paul Uster, Raymond Carver, Raymond Chandler, Fedor Dostoyievski, Antón Chéjov, Umberto Eco y León Tolstoi.
Siendo ya miembro del grupo la editorial La Oveja Negra le publica La maldición del cabaret, en la que Amaury muestra con nitidez los progresos de su escritura, cincelada con mayor cuidado, con mejor y más rico uso del lenguaje, progresa en la construcción de personajes, en la descripción de escenarios y sucesos y utiliza con mayor convicción y fortuna los diálogos.
Después escribiría La Bestia, en la que lleva a una mayor depuración su técnica narrativa, usa con solidez la retrospectiva e incursiona con solvencia en las intrincadas concavidades del alma humana, demarcando en ella lo sublime y lo perverso, lo noble y lo criminal, lo exquisito y lo acre.
Su libro Coincidencias es una apuesta feliz a la narración de corta extensión. En los cuentos que lo conforman, hallamos a un autor que se deleita contando y que narra con fluidez y desenfado sin importar que la temática del cuento sea sobre las oscuras avenidas de la conciencia humana, sobre un funeral o un potencial suicida que termina transformando el suceso de lo que iba a ser su autoeliminación en una festiva juerga erótica.
Clarena se convierte en la obra mayor de Amaury Pérez Banquet hasta el presente. En ella, echa mano de todo lo aprendido a lo largo de su discurrir como narrador y nos sorprende con un relato fluido, fresco, atrevido en la forma y el contenido. Aparecen en ella el mundo de las redes sociales, el mundo del espiritismo, el mundo del amor y de la pasión y el mundo de lo paradójico y lo metafísico, el del absurdo y el de la quimera; todos ellos, delineados con un lenguaje sobrio, pero sápido; con atmósferas reales que derivan a lo surreal, con aprovechamiento feliz de escenarios tangibles para el lector.
Sin duda, Amaury Pérez Banquet inaugura una nueva época de la novelística colombiana en cuanto a la propuesta de nuevos temas y nuevas estrategias discursivas a partir de historias que superan las ya manidas del narcotráfico, las de los narcosicarios, las de los barones del paramilitarismo y la corrupción politiquera, haciendo flamear además un estilo sin innecesarias complejidades y sin rebuscamientos verbales, que va directo y sin ambages a lo que quiere comunicar, sin que por ello se quede en lo plano o soso.
IGNACIO VERBEL VERGARA
Tolú, albores de mayo de 2015.

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