ACERCA DE LA VIOLENCIA POLÍTICA EN LA NOVELA COLOMBIANA Y OTROS ENSAYOS LITERARIOS


Por: PEDRO MIGUEL GARCÍA TORRES*

En la violencia política en la novela colombiana y otros ensayos literarios, su autor: Santiago Jiménez Trespalacios, deja claro en la Mínima verba que funge como introducción, que su única intención es transmitir una emoción estética y compartir sus devociones e inquietudes artísticas. Y en el ensayo Silencio y creación aclara que tales inquietudes, en algunas de sus manifestaciones, por ejemplo, el de la creación poética se confunde con lo sagrado, con lo mítico… (p.10) Sobre todo cuando ésta se convierte en un tejido de silencios y formulaciones explicitas. (p.12)

Y hablando de silencios y de lo mítico, el escritor Jimenez nos trae el ensayo: Singer: El silencio de Dios, en el que analiza la obra de Isaac Bashevis Singer, premio Nobel 1978, y nos aclara que tal autor muestra en sus libros diversas aristas de  la cultura judía y de su diáspora por el mundo, dejando ver: su obsesiva indagación en las entretelas del arcano sagrado. (p. 22). Singer, el [creyente laico], como el mismo se define, (Ibit) no encuentra al Dios misericordioso, sino a un Dios frio, amoral, indiferente a las injusticias y el sufrimiento humanos. (Ibit). Termina diciendo el ensayista que, nunca podremos saber a qué abismos se asomó el alma de Singer, (p. 31) pero nos legó un soberbio monumento literario. (p.32)

Como estos, el ensayista pone a nuestra disposición cuatro ensayos más que van desde: Sobre la erudición creadora, a Philip Roth humano, demasiado humano, y García Márquez por las orillas: la paradoja de la exactitud fáctica, hasta La violencia política en la novela colombiana. Escritos a lo largo de veinte años y utilizando una profusa, precisa y especializada bibliografía y, con el lenguaje poético del que habla en el primer ensayo, sin duda deja satisfecho al más exigente de sus lectores.

De esta obra, me llamó poderosamente la atención el ensayo escogido para destacar como título del libro, La violencia política en la novela colombiana, a la cual pretendo hacer una ligera aproximación. Y digo ligera, porque de las distintas oleadas de novelas de corte ideológico, como las califica  Jiménez, solo abordaré la primera, que va de los años cincuenta hasta principios de los setenta.

 Entre los objetivos seleccionados por el ensayista para desarrollar su labor está: enterrar la falacia urdida por la historiografía oficial, en el sentido de que el origen de la Violencia está certificado en la rebatiña por el poder entre los dos partidos tradicionales. (p.78) Cuando lo que ocurrió en los años 50 fue la más demencial arremetida del Estado, comprometido en una campaña de exterminio, en contra de la población que simpatizaba con las ideas liberales. (Ibíd.)

Este fenómeno literario, agrega, ha dejado una huella en las letras nacionales desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Las novelas escogidas, dice Jiménez, ponen en evidencia el miedo de las oligarquías ultraconservadoras a perder sus caudas electorales (p.76)

Para ese aciago periodo de historia de Colombia, fija como hito histórico el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948, haciendo énfasis en las más representativas como:  El día del odio de Jose Antonio Osorio (1952), Viento seco de Daniel Caicedo (1953), Marea de ratas de Arturo Echeverry Mejía y, dándole un despliegue especial a Lo que el cielo no perdona del sacerdote católico Fidel Blandón Berrio quien la publicó  con  seudónimo—seguramente para eludir la sanción de la Iglesia–,  sin olvidarse de Cien años de soledad de Gabriel Garcia Márquez (1968) ni de Cóndores no entierran todos los días de Gustavo Alvarez Gardeazábal (1971).

 Al referirse a algunas de obras antes señaladas, por ejemplo, a la de José Antonio Osorio Lizarazo la califica como: Una cruda radiografía de la lucha por la supervivencia, síntoma de la inconmensurable brecha que divide a la población, no ya en clases sociales, sino en castas incomunicables, un mundo donde el individuo está condenado desde el momento de nacer. (p79) Escrito en una prosa revanchista y contestataria.  Y con un realismo todavía más enérgico, agrega: Viento seco da cuenta del arrasamiento de la aldea de Ceilán, en el Valle del Cauca, a manos de la policía y de los pájaros azules (civiles armados por el gobierno) y el beneplácito mal disimulado de la Iglesia Católica. (Ibíd.)

El ensayista hace una descripción de las dantescas formas de torturar a las víctimas en el último de las libros comentados, haciendo énfasis en cómo Daniel Caicedo, autor de la misma, destaca la forma de los carniceros de ser felices con su macabra labor: y sentían erotismo sádico con el dolor humano. (p.82)

Y hablando del Valle del Cauca, de la Iglesia Católica y de los pájaros, destaca Santiago Jiménez, en cómo Alvarez Gardeazábal fue cuidadoso al describir la rigurosa devoción con que León Maria Lozano, el Cóndor, cumplía los ritos del catolicismo… su asistencia a misa, su comunión dominical, sus primeros viernes… y, el cuidado de que cada uno de sus muchachos portara su escapulario de manera visible.

También le merece especial atención la novela Marea de ratas, de Arturo Echeverry Mejía, ambientada en una aldea de pescadores del mar Caribe adonde llega un militar a imponer el nuevo orden: empieza por destituir al gobernante del lugar, que siendo del partido en el poder no tiene claro cuáles son sus verdaderos enemigos ni las agallas suficientes para aplicarles la mordaza. (p. 88)

La violenta forma para la imposición de ese nuevo orden que alteraba la convivencia de los moradores de una comunidad, lo hace explicito el profesor Jimenez con el ejemplo de la respuesta dada por José Arcadio Buendía, en Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, al funcionario que se identificó como el nuevo corregidor: Aquí no hay nada que corregir (p.99)

Los elogios con que el autor del ensayo se refiere a la novela Lo que el cielo no perdona del sacerdote Fidel Blandón Berrío, deja ver su identificación con la forma de abordar el tema; además de su simpatía y admiración por el religioso, quien plasma con visos literarios lo que conoció de primera mano en las regiones del oeste y suroeste antioqueño, donde ejerció su sacerdocio.

Destaca igualmente que Blandón no acepta la tesis pregonada por los gobernantes  acerca de la influencia de ideas foráneas en los grupos de resistencia, porque éstos, dice, aparecieron por puro instinto de conservación. (p.98) Poniendo de manifiesto, además, la superioridad ética de las incipientes guerrillas, al compararlas con los actos de los esbirros del gobierno.

Resalta el ensayista que, el clérigo novelista al publicar esa obra corría un gran riesgo. Y este acto valiente constituyó un gran aporte al conocimiento del papel de esa institución en el aplanchamiento, término utilizado por los violentos, para significar las diversas formas de anular a los sospechosos, y que la Iglesia aplicaba inhabilitándolos moralmente desde los pulpitos con arengas incendiarias y, generándoles una atmosfera negativa desde los confesionarios.

La violencia política en la novela colombiana es un ensayo escrito en forma clara y pedagógica, logrando así el profesor Santiago Jiménez Trespalacios hacer honor a su actividad profesional, lo que representa una excelente oportunidad para que las nuevas generaciones se familiaricen con las obras y autores que, en su mayoría permanecen desconocidos y que son una herramienta invaluable para el conocimiento de la verdadera historia de Colombia del periodo antes señalado.

*Profesor de la Universidad del Atlántico y de otras universidades colombianas.

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