TRAS LAS HUELLAS DE LAS VOCES DEL SILENCIO


ESE OTRO SILENCIO” DE LUIS PAYARES MERCADO

KARLOS P. PORTO*
“¿Cuál otro silenció? Ese que no conoces, ese que grita, que nadie entiende; ese que él revela. Un silencio que no se escucha, que en veces se vuelve aterrador y taladra los oídos, un silencio con ojos de búho persiguiendo la huella de un eco en agonía”
(PAYARES M., Luis. En: Ese otro silencio, p. 10).

En el precioso libro, “Ese otro silencio”, del connotado escritor colombiano Luis Payares Mercado, se hace evidente aquella diciente y categórica afirmación: “La novela es la evocación de la realidad, de la experiencia del autor…”. Ello porque su inspirador transtextualiza en 44 capítulos un pedazo de realidad vivenciada, recopilada y narrada  por Sebastián (Chan); quien evoca y revela a través del fluir de su conciencia como guerrillero confinado en su solidaridad en una noche tenebrosa en la selva, pormenores de su vida: su mundo feliz en la niñez; la tragedia, producto de la masacre de 11 familiares, que lo persigue, lo envuelve, lo desgarra y lo impulsa a una huida permanente; y su porvenir, relacionado con su cometido en la vida, que es liberarse de las garras del destino trágico que lo oprimen en medio de su orfandad, de la impunidad del silencio y  del misterio que signan y connotan esos otros silencios que demarcan y enmarcan su destino.

En rigor y con la pretensión de objetivar el análisis aproximativo del discurso literario de la novela “Ese otro silencio”, en el extremo de esta elucubración subjetiva, se determina una serie de microtextos reiterativos referidos al silencio, redes isotópicas configurativas del corpus objeto de análisis, que patentizan su fuerza connotativa y que le otorgan significado global al texto. En efecto, en el discurso de esta novela el silencio cabalga, campea y se entroniza en el alma del enunciador-narrador; claro está, se crea, hace evidente y factible en la voz clamorosa de Chan, quien ante la impunidad imperante en su sistema social ( por citar alguna pistas: la masacre de sus familiares, la crueldad contra el secuestrado, su inminente muerte, por renunciar a la guerrilla), prevé y por tanto reclama justicia social; circunstancias que llevan a precisar que la novela de Payares Mercado comporta, siguiendo a J.P. Sartre, un contundente “compromiso social”, en cuanto su autor se erige como un “caudillo” que denuncia los problemas de una determinada época social que le tocó vivir y en que vive; y quien, a lo mejor, es capaz de ejercer influencia y, por qué no, producir cambios en la sociedad que lo rodea por medio del mensaje de su novela. Nótese, por ejemplo: “Y de esa sustancia de mi cuerpo brotará ese otro silencio clamando justicia” (Ibíd., p. 154) Y aún más, es patente su resolución, su ideal desde el silencio y su soledad en la selva: “Esta condición me atrapó y me trajo hasta aquí, dispuesto a morir por un ideal sin reparar en mis acciones(Ibíd., p. 70).

De manera que a Chan no es regular, en medio del silencio, imaginarlo callando o indiferente a los grandes problemas sociales que lo circundan; sino por el contrario, rememorando y confesando; pues es su fuerza expresiva, en medio de la dureza de la vida, en su nebuloso pensar-sentir-hacer, en su cotidianidad, en su lucha interna y externa en la selva, lo que le han empujado develar eso que el fluir de la conciencia le va dictando en su silencio y en su huida. De tal manera que no hay dudas al afirmar que sus recuerdos, sus palabras, sirven de instrumento para connotar el silencio; pero a la vez para exhalar (no de la garganta, sino desde su pensar-sentir) en forma de explosión, de estallido, pinceladas poéticas del retrato del drama que condensan las razones de escape de Chan, configurado como un fenómeno arquetípico social del silencio y de la huida de cara a otro mundo mejor:

Huir ha sido la constante en mi vida; en los sueños y hasta en los juegos del atardecer: huyendo de la Lleva, de don Emiliano. Huyendo de las angolitas, de Caldereta, de Juancho, de los azotes de mi padre, del hambre, del abandono y del olvido. Evadir el Ejército y zafarme de la guerrilla, de esta salvajada y de mi propia condición. (Ibíd., p.158-159).

¿Por qué huir? De algo deben servir los sueños (…) siempre, siempre, para despertar” (Ibíd., p. 159).

Escapo de la ceguera que me abrió el sendero al monte. De la nube saturada de falsas promesas que me elevó a estos cerros… (…) Huyo, libre; rehúyo de él y de su mundo (Ibíd., p. 119).

En realidad, ese carácter de compromiso social evidente en la novela de Payares es arropado por la envoltura literaria, revestido por la dimensión estética, evidente de comienzo a fin. Por ejemplo, para seguir enfatizando sobre la semiosis del silencio, nuestro objeto de análisis, hace presencia la personificación y la metáfora para simbolizar el silencio de la muerte: “Ahora el silencio, con su ropaje gris, empieza a posesionarse del momento. El impacto del plomo caliente me sorprende, se lleva algo mío en su velocidad y aunque intento impedirlo, solo logro cubrir con mis manos la perforación corporal(Ibíd., p 165).

Claro está, esa transgresión del lenguaje normativo se hace notar, al vestirse de poesía, para matizar e ir ampliando la sintomatología del silencio a través del lenguaje figurado, la antítesis y personificación: “No se escuchaba nada, un silencio aterrador taladraba los oídos. Era un silencio con ojos de búho persiguiendo la huella de aquel eco en agonía” (Ibi., p. 38).

Efectivamente, Chan en su soledad, en esa noche tenebrosa, “(…) en la cúspide de uno de los cerros más altos de la serranía de los Jaguares” (Ibi., p.11), evoca, reflexiona, piensa y le confiesa a su amigo el fusil AK -47 (con quien rompe el silencio), y a sus destinatarios, aconteceres apremiantes de su vida: su pensar-sentir-hacer. De tal manera que aún como guerrillero en su rol de centinela, retrotrae parte de su pasado (y anticipa su futuro) haciendo alusión e inmortalizando historias contadas por su abuelo y su papá. De manera que en esa misma noche da rienda suelta al acontecer develado en la novela, que culmina con su decisión de retorno a la vida civil, “¡Libertad! ¡Oh libertad anhelada! Por voluntad divina hoy dejaré de ser guerrillero.” (Ibíd., p. 88); pero desafortunadamente, como él lo previera, muere en su intento, acribillado por unos tiros certeros, por una sigilosa mano invisible y en el silencio de la noche. “El impacto del plomo caliente me sorprende, se lleva algo mío en su velocidad y aunque intento impedirlo, solo logro cubrir con mis manos la perforación corporal” (Ibíd., p. 165). Muerte que quedará, muy seguramente, sepultada como otras en la impunidad del silencio, si el tucán (testigo mudo del secuestro y de la inminente muerte de Chan) y sus destinatarios no rompen ese otro silencio.

Evidentemente, antes de comenzar el relato el autor se pregunta: “¿Cuál otro silenció?” (Ibíd., p.9), y que a la vez se responde, develando y connotando a la palabra silencio. Por supuesto, para enfatizar y trazar deliberadamente el anticipo e hilo conductor de la novela: el significado plural de ese otro silencio; que se presencializa a lo largo del acontecer del discurso novelesco. Así que el silencio, en la incertidumbre de Chan, se convierte en huella, principio delatador, quizás por encima de otros indicios significantes, en elemento altamente significativo: ¡Nadie diga nada, quien lo haga se muere!, ¡pico calla! y fue el arraigo del silencio. (Ibíd., P. 17).

Raigambre del silencio que va haciendo indignar y cuestionar a Chan sobre la connotación del silencio que dejó la injusta e indignante masacre de sus 11 familiares: “(…) ni entiendo qué hago en este encumbrado cerro. “Como tampoco, ¿por qué pasó lo que pasó? ni lo de ese otro silencio” (Ibíd., p. 13).

Aun así, con las huellas testimoniales del silencio, en materia de crítica literaria no hay manera de comprobarlo o probarlo, es suficiente argumentarlo con notificaciones y reiteraciones de indicios, pistas, trazos indelebles que van dejando el eco de ese plural silencio ensordecedor y acallador de las voces delatoras de la injusticia y la impunidad de la muerte: “¡Trae la cuerda!, ¡asegúralo¡ (…) por el cuello… (…) Es el eco lejano que en la espesura de la noche, arrastrándose sobre el límite del hilo, viene, conquista el silencio y susurra a mis oídos: Y saber que era cadáver aún sin estar muerto”. (Ibíd., P. 28).

Por tanto, el silencio, más que ser un elemento auxiliador o de adorno  de la palabra y  del discurso fluido de la consciencia de Chan, se constituye en un signo-símbolo polivalente en cuanto comporta muchas significaciones: el silenciamiento de las voces para la supervivencia; el silencio de la impunidad del secuestrado y del secuestro; asimismo, el silenciamiento que se prevé con la muerte de Chan; en fin, el mismo silenciamiento de la vida ante la muerte: el silencio aterrador y asfixiante de la selva; el silencio y la indiferencia de AK -47 y el del pájaro tucán ante el secuestro y la muerte. “Disparos que también quebrantaron la voz y sembraron la intimidación: ¡Nadie diga nada, quien lo haga se muere!, ¡pico calla! y fue el arraigo del silencio. (Ibíd., P. 17) Es más, el silencio como estrategia de guerra para la preservación de la vida: “…el enemigo se puede venir por mi aliento. El silencio es pertinente, aconsejó mi comandante Gaveta en el entrenamiento de militancia segura, diciendo: boca cerrada, oídos de radares” (Ibíd., p. 66).

Así, tal recurrencia de la semiosis seductora del silencio en el fluir de la consciencia de Chan se abre pasos en el acontecer de la novela. Éste bien podría ser cruel, aterrador, devastador, aleccionador y hasta delator. Eso sí, va modelando, estructurando el texto. A propósito, cabe preguntarse: ¿Cómo es que el silencio, los silencios, precisamente en un mundo de confesiones y de palabras, en el clamor amplificado de Chan, se constituyen en lenguaje avasallador y diciente? Claro, porque toca las fibras vitales de Chan, lo desvelan y lo hacen ser incisivo en ello. Asimismo, es un asunto apasionante no sólo para el anunciador, sino y con mayores razones para Payares, quien deliberada y conscientemente abre su novela con la develación al interrogante “¿Cuál otro silenció?” (…); sin lugar a dudas, con el cometido intencional de, más que explicar, marcarle el derrotero al enunciatario, quien habrá de “rumiar”, emulando a Nietzsche y E. Zuleta, la lectura a fin de develar los sentidos subyacentes anunciados desde el mismo título: “Ese otro silencio”.

Ahora bien, paradójicamente ante el silencio y la invisibilidad de la injusticia social se levanta la voz de Payares, se encumbra a través de Chan para develar lo que tal vez la historia no cuenta, para capturar e inmortalizar la oralidad y no dejar morir en el olvido los relatos orales narrados por Papá-abuelo, arquetipo y digno representante del relato legendario vivo: “Me alimentaré de la cepa de los míos, de los que aún viven, siempre vivirán, aunque muertos estén” (Ibíd., p 158). “Nuestros difuntos solo mueren cuando los separamos de la mente. A ellos, los hospedamos en nuestros sentidos. Allí los eternizamos. (Ibíd., p 94).

Desde luego, es un silencio con significado cabal y premeditado que va dando forma a la novela. Por cierto, esa reiterada insistencia y presencia del silencio se constituye en un artificio especial de la arquitextura de la novela de Payares Mercado, quien engendra y retrata a Sebastián: el desamparado, el ignorado, brotado de la orfandad y lanzado a la militancia de guerrillero y quien es fiel, hasta el último momento, a su doctrina revolucionaria. Por supuesto, este aspecto matizado y enfatizado demarcan la función de compromiso social del discurso literario de su novela, que hace de Payares Mercado, siguiendo a J. Lukács, un “vocero lúcido de la novela” ; quien en vez de callar ante la carga atronadora y amenazadora del silencio, más bien grita, amplifica su voz a los cuatro vientos, bien sea para proclamar su lucha, la justicia, la libertad, su supervivencia,  frente a la fatalidad e impunidad del silencio y de ese otro silencio: “Es el pico del tucán apuntando a quien me disparó. Vuela, pájaro, vuela. Ve y cuenta lo que has visto. Hazlo por el secuestrado, y por mí, que ahora asumo su condición. (…) Ve y habla, habla, vuela y habla; no calles” (Ibíd., p. 171).

En este orden de ideas, el silencio impone, en el mundo novelesco co-creado por Payares, su potestad sobre el pensar-sentir-creer-hacer de Chan y de los demás personajes. Esto es: sobre la lógica, la razón, las ideas; los sentimientos y emociones; las creencias; y las reacciones; en fin, la cosmovisión de Sebastián: “El destino se ensañó conmigo, las circunstancias o la violencia, no sé. De un modo imprevisible acabaron con mi familia” (Ibíd., P. 30). Claro está, sus ideas develadas a AK -47 lo confirman: “En estas condiciones me atrapó y me trajo hasta aquí, dispuesto a morir por un ideal sin reparar en mis acciones” (Ibíd., p. 70).

En esa guerra intestina, la devastadora tragedia de Chan no es una condenación absoluta pues le sirvió ejemplarmente al final para salvarse, más allá de lo físico, a nivel mental y espiritual. “…ahora estoy dejando atrás: la guerra, la causa que ayer fue, la vida montaraz y las inhóspitas serranías” (Ibíd., p. 107) Obviamente, porque representa su búsqueda de la libertad; más allá del silencio, él no calla, sino que, por el contrario, entroniza el silencio en su conciencia, para manifestarlo, pretendiendo elevar su condición humana: denunciar la impunidad de ese otro silencio. Claro, a pesar que sus recuerdos laceran su alma le sirven de catarsis: “Sueño, frío y soledad, se han unido a la muerte para conspirar contra mí. (…) Quiebro el silencio con un ruido sordo” (Ibíd., p. 31). Claro, para en medio del sino trágico, curarse el alma al mejor estilo griego: (…) buscando ansioso la libertad y el sosiego (Ibíd., p 107).

Sin lugar a dudas, Payares acudiendo a procedimientos y recursos narrativos, es consciente en usar el silencio: sin abusar, sin excesos, pues esa es su vital e ineluctable querella; es su protesta ante la impunidad del silencio para evitar ser esclavizado para siempre. Esto lleva a pensar, efectivamente, que Payares Mercado fecunda su novela para evadir la realidad, para huir del mundo circundante que lo constriñe y, en consecuencia, aspirar a uno mejor. Por ello, además de transtextualizar pedazos de la realidad vivenciada, le da “rienda suelta a su imaginación” para proyectar grandes anhelos, sueños irrealizados; en fin, buscar y dibujar con la palabra literaria un mundo exquisito. Por ello es atronador el clamor de Chan, quien apela al tucán, símbolo emblemático de la paz por su inofensividad, para persuadirlo a que rompa la impunidad del silenció: “Es el pico del tucán apuntando a quien me disparó. Vuela, pájaro, vuela. Ve y cuenta lo que has visto. Hazlo por el secuestrado, y por mí, que ahora asumo su condición. (…) Ve y habla, habla, vuela y habla; no calles(Ibíd., p. 171).

Naturalmente, el silencio desde la salida, reitero, inicia su maratónica carrera desenfrenada, cabalga y se encumbran en el pensamiento de Chan; y en su domino en la hostil naturaleza desde donde confiesa el significado de las voces del silencio. Así que este se va afinando, estilizando y se va convirtiendo, además de símbolo, en un recuerdo narrativo para Payares, en la impronta de su novela. Claro, él con la palabra en ristre se va adueñando de la arquitextura de Ese otro silencio; en tanto fija, apresa, determina reiteradamente en pinceladas poéticas, su sentir-pensar-hacer, que van esculpiendo la estética de la novela. En verdad, pone su incontenible pluma hecha de poesía sobre el carácter social: “¡Ya tomé mi decisión! De una vez por todas me libraré de este ostracismo que me confina a la oscuridad. Hoy cuando aparezca el nuevo sol y los pájaros entonen sus cantos de alabanzas y las nubes en su afán desmedido retornen del sur, gritaré:

¡Vida!” (Ibíd., p. 87-88).

“Ahora el silencio, con su ropaje gris, empieza a posesionarse del momento” (Ibíd., p. 165).

“…un silencio fúnebre me cobija” (Ibíd., p. 90).

Así, en el corto trayecto del análisis aproximativo de la semiosis del silencio en el mundo ficcional de “Ese otro silencio”, es pertinente preguntarse: ¿qué sería de esta novela sin el testimonio plural del silencio y sin el matiz poético? Tal vez un burdo discurso panfletario. ¡Quién sabe! Lo cierto es que como está esculpido, textualizado, equivale, en esencia, a la génesis del relato, al acto creado (no recreación) del escritor; al acto primordial y estupendo del nacimiento de un mundo que es posible en el arte literario, arte de la palabra que necesita del silencio, de los silencios para hacer notar más la tragedia humana, tipificada y simbolizada en Chan y los suyos, que subyace categóricamente en esta novela: “…la ironía de la muerte ensañada con un niño” (Ibíd., p. 9).

En general, en este universo novelesco de Payares, que se hace “real”, tangible, apresable, en tanto reflejo social de las inequidades del ser humano que, muchas veces, somete y/o se somete a la ley del silencio. Sea como agenciador o como paciente buscando y aspirando quizás: ¿la verdad, la dicha, la felicidad, el escape, la libertad, la salvación? “…ahora estoy dejando atrás: la guerra, la causa que ayer fue, la vida montaraz y las inhóspitas serranías” (…) Corriendo, me desgrano dando tumbos en el desenfreno de la huida, escapando de la muerte, buscando ansioso la libertad y el sosiego” (Ibíd., p. 107).

Lo que sí se sabe es que sin el silencio, el significado del discurso narrativo de “Ese otro silencio” no sería tan atronador y explosivo, imprevisible y polivalente; pues el silencio suscita, establece, fija el juego del misterio y enigma del relato, el lado insinuador y sugerente de la novela de Payares Mercado, quien en un acto sublime y de osadía (al desnudar y connotar un poco el silencio) se pregunta, le pregunta a sus destinatarios, y a la vez se responde: “¿Cuál otro silencio? Ese que no conoces, ese que grita, que nadie entiende; ese que él revela. (…) o tal vez, una novela, su protagonista y su autor” (Ibíd., p.9).

En definitiva, confesión grandilocuente del enunciador para refrendar que el silencio es parte de la vida; y, por tanto, de los personajes protagónicos y antagónicos de la novela de Payares Mercado; asimismo, de su autor quien en su concienciación involucra y exhorta, consciente o inconscientemente, a sus destinatarios a develar los enigmas y connotaciones que se esconden en las voces y en el silencio del discurso novelesco de “Ese otro silencio”.

 *Nacido en Corozal, pero residente en Sincelejo. Lic. En Lingüística y Literatura, Universidad de Pamplona. Esp. En Metodología en la Enseñanza de Español y la Literatura. Esp. En Ética y Pedagogía. Docente en la Institución Educativa San Isidro de Chochó. LABORÓ COMO DOCENTE EN: Universidad de Pamplona (EN: Sucre, Córdoba y Bolívar), Corporación Universitaria del Caribe: CECAR y Fundación Universitaria San Martín.

 

 

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