SUEÑOS COMPARTIDOS


Por Joaquín Jerez Herrera

Siempre se ha dicho que el papel o fin de la educación es la transformación de las personas. De acuerdo. Lastimosamente esa declaración es sólo un enunciado de buenas intenciones en contravía del propósito con el que fue pensado. Los ejemplos abundan para demostrar que no siempre ese cambio que reciben las personas en su proceso educativo, es el mejor, el deseado, el que beneficie o sirve a la sociedad. De un abogado, por ejemplo, uno esperaría que imparta, practique y aplique la justicia. De un profesor que, además de enseñar con su ejemplo, ayudara también a enseñar a pensar. Pero no, tanto el uno como el otro –que se suponen transformados– no siempre ratifican la afirmación inicial. El primero tiende a ser un transgresor del código ético inherente a la justicia, y el segundo un repetidor/transmisor de conceptos sin incidencia alguna para modificar la manera de pensar, sentir y actuar de sus semejantes ¿De qué sirvió la transformación esperada?

Es necesario entonces presentar unos postulados que garanticen la coherencia del papel de la escuela (en su sentido más amplio) con unos fines altruistas que pongan en el centro de las prioridades al ser humano, con todo aquello que dignifique su condición. El objetivo macro sería bregar por un nuevo sistema educativo que dé respuestas ciertas a la urgente necesidad de tener una sociedad distinta: más educada, más crítica, políticamente mejor preparada, justa, incluyente e interconectada, sin abandonar lo más importante: no perder la condición de humanos y convivir como tales. Es decir, una sociedad que tenga en los valores los cimientos morales que garanticen su admiración, reconocimiento y pervivencia.

En procura de alimentar esta utopía y darle sentido y soporte conceptual, maestros como Hernando Tejada1 y César Mendoza2 acuden en mi ayuda diciendo “un nuevo sistema educativo, necesariamente, debe pasar primero por transformar el pensamiento del nuevo maestro (1); es decir, fortalecer en él un tópico humanista centrado en cultivar lo sensible del ser (2); un maestro productor de conocimientos útiles a la vida (1); ético, constructor de valores y fomentador de la reflexión crítica (2); que sea capaz, también, de despertar en el estudiante la pasión por lo que hace, crea, indaga y propone (1) y, finalmente –coinciden– en una formación espiritual, no religiosa, en procura de tener personas equilibradas en total armonía con su esencia y su vida humana”.

Hay en las anteriores reflexiones un aporte significativo digno de tener en cuenta. Agregaría que, para allanar el camino, debe existir un diálogo dinamizador del proceso educativo, despojado de sesgos ideológicos donde se privilegie al humano por encima de cualquier otro interés y no como ocurre ahora: un servilismo educativo ridículo predeterminado y usado como cajas de resonancias al servicio de quienes ostentan el poder. En esa línea, creo, los nuevos maestros deben ser aquellos definidos por su vocación y preparados, según Heidegger, “no para enseñar sino para que dejen aprender”, además de mostrar los caminos acordes con las potencialidades de cada aprendiz. Los demás elementos concomitantes y coadyuvantes de este cambio propuesto, tales como el currículo, contenidos, metodologías, estrategias… devienen en el decurso del mismo proceso.

Soy consciente que para hacer creíble y realidad esto que hoy apenas es una ilusión pensada de tiempo atrás y repensada desde el confinamiento obligatorio, debe superar muchos escollos, entre otros: primero, que la sociedad se empodere por querer cambiar y con ello dejarle una distinta a las futuras generaciones; segundo, que elijamos unos nuevos legisladores capaces de visionar un país distinto, fortalecido en valores y sencillamente más humano. Lastimosamente los maestros nos movemos frente a una enorme paradoja, al igual que el investigador conocemos, descubrimos, mostramos y demostramos, pero las decisiones para la aplicación/acción que conduzcan a la transformación soñada, las toman otros.

Un ejemplo ilustrativo es la necesidad –desnudada por la pandemia– es la falta de conexión a internet (63% según el MEN), y el gobierno lo único que ofrece, retóricamente, “…es la necesidad de reinventarnos, proponer nuevos contenidos, sacrificio y comprensión de los padres de familia, alternancia, presencialidad –virtualidad” ¿Es esta una salida seria y responsable frente al experimento de las clases virtuales? Lo paradójico: el presidente hace un mes dijo que “el gasto por coronavirus ha sido de 117 billones”, es decir, casi la mitad del presupuesto de la nación, vigencia 2020, cuya suma es de 272 billones. ¿Cuántos computadores se habrían podido comprar con los 17 billones? Pero no, las decisiones las toman unos para los otros, menos para quienes lo necesitan. Un gobierno serio y responsable habría bregado por la conectividad de su población escolar y la dotación de infraestructura tecnológica correspondiente.

El llamado es a liderar un proceso desde la comunidad educativa y la intelectualidad para que jalone un proceso serio, visionario y políticamente coherente, enfocado a superar el subdesarrollo en que vivimos para interconectarnos con los nuevos desafíos que demanda vivir en los albores del siglo XXI. Es urgente aprender la lección e imitar experiencias de países que, como Singapur, hace un cuarto de siglo era peón de las potencias y hoy, además de competirles, es uno de los más desarrollados de mundo al tener en su haber la refinería petrolera más grande de Asia y el cuarto mercado de divisas más grande del mundo.

Finalmente hay que corregir los errores del pasado en políticas educativas, formular otras acordes a las exigencias de los tiempos, afianzar lo que toque en el presente para que el futuro promisorio añorado – que es un eterno presente – deje de ser una utopía, y podamos convertirlo en un escenario sólido y con bienestar colectivo donde la vida tenga sentido, y la tendrá cuando haya coherencia entre lo que se pregona y lo que se hace.

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