Sobre Reloj de arena


Por: Adolfo Ariza Navarro

He leído con algún retraso Reloj de arena, del escritor sucreño Amaury Pérez Banquet, uno de los catorce textos que aparecen en su libro de título homónimo publicado en 2016.

Amaury hace parte de esa nueva generación de escritores sucreños a los que un caprichoso destino ha encomendado la tarea de reemplazar nada más y nada menos que a talentos de la talla del maestro Héctor Rojas Herazo (En noviembre llega el arzobispo). Este nutrido grupo lo conforman nombres como los de los novelistas Ignacio Verbel Vergara, Luis Payares Mercado y Santiago Jiménez Trespalacios, o los poetas Ricardo Vergara Chávez, Luis Ortiz Luna y Jorge del Río, a los que se les puede encontrar fácilmente un viernes o un sábado por la tarde Donde Belén, un estadero del centro de la ciudad de Sincelejo que han convertido en su tertuliadero habitual. Este es el mismo grupo de palabreros que cada dos años organiza el Encuentro Internacional de Escritores de Sucre y mantiene, vaya usted a saber cómo, La Bienal Internacional de Novela Héctor Rojas Herazo.

De los miembros, Amaury es quizá el escritor más inquieto y prolífico del grupo. Tiene en su haber un buen número de textos publicados: Coincidencias (libro de cuentos 2011), El Líder (novela 2005), La Bestia (novela 2014), La Maldición del Cabaret (novela 2012), Clarena (2015).

Reloj de Arena, el texto al que hacemos referencia, lo comenzó a escribir durante un viaje que hizo a Ciudad de Panamá en 2014 y lo terminó días después a su arribo a Colombia. Es Ciudad de Panamá la urbe gris y lluviosa que sirve de ambiente del texto, donde se mueven Alejandro y Emilia, los personajes de la historia.

En la lectura llana y superficial del texto, un hombre acude a una cita psiquiátrica en busca de ayuda para solucionar un serio problema que le aqueja: cree vivir dos vidas: una real y la otra onírica.

En las primeras frases del diálogo que sostiene el hombre con la joven psiquiatra, el autor extiende su primera trampa. Alejandro le confiesa a Emilia que en aquel preciso momento de la cita cree estar viviendo su vida onírica. Y el lector, escéptico, se pregunta: ¿Cómo es posible que un soñador busque solución a un problema de la vida real en la vida onírica? Debe tratarse de una broma, claro.

Otros elementos colocados un tanto al desgaire, desperdigados a lo largo del texto, serán los encargados de dinamitar la delgada línea que separa la realidad del sueño, propósito del cuento: un gancho de pelo, un cuadro, un afiche, un vendedor ambulante que se convierte en perro, la profesión de los protagonistas y, por supuesto, la urna donde está guardado el objeto mágico que da estructura al texto: el reloj de Arena.

En este punto se hace ya evidente la correlación que existe entre el cuento de Amaury Pérez Banquet y la invención de Coleridge, de la que nos habla Jorge Luis Borges en Otras inquisiciones, su libro de ensayos cortos, publicado en 1952. En él artículo, Borges llega a dudar que, dada la perfección de la invención, pueda servir en el futuro para la construcción de otras invenciones parecidas. Sin embargo, viejo brujo de la palabra, salva el pellejo párrafos más adelante cuando acepta que en el orden literario, como en los otros, “no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos”, tal como argumentaba Carl Jung, el psicoanalista suizo.

En la invención, Samuel Coleridge se pregunta qué pasaría si un hombre que atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y al despertar encontrara la flor en su mano… ¿Entonces qué pasaría?

Ignoro si Amaury Pérez Banquet tenía conocimiento de la ficción de Coleridge al momento de escribir el texto, lo cierto es que esta oportuna coincidencia suma Reloj de arena al cúmulo de obras literarias que reafirman la tesis de Paul Valery de que la historia de la literatura no se distancia en nada de la historia del Espíritu humano. “No existen los autores —argumentaba Valery!—, existen las obras”. En su opinión los escritores no somos más que accidentes y la historia de la literatura bien podría verificarse sin necesidad de mencionar nombres. Todos, sin excepción, escribimos el mismo libro. De modo que agregar una frase o una coma en él, resulta hazaña suficiente como para morir tranquilo.

A riesgo de ser juzgado como simplista, podría decir que en Reloj de arena se combina de algún modo la mágica ecuación de la fábula de Coleridge. No solo la flor (en este caso la urna que guarda el reloj) se traslada del sueño a la realidad, sino que también lo hace en sentido contrario: de la realidad al sueño.

Para muchos escritores, el tiempo y todo cuanto le concierne, ha sido un tema imantado. Hurgar en su origen o en su finitud no es tarea exclusiva de físicos y filósofos.  Viajar en él o a través de él —al pasado o al futuro—, ha sido el sueño de generaciones de humanos. Igual atracción causan los objetos que se han inventado para medirlo. Los relojes de arena reflejan parte del misterio.  El hilillo que cae de manera constante de un depósito al otro produce esa sensación de inevitable fugacidad que acompaña la vida humana. “Yo me desangro, no el cristal”, escribió Borges.

No dudo que Reloj de arena nació del estremecimiento, de la sensación de despilfarro que desconcierta a escritores acuciosos, testigos de nuestros días, como Amaury Pérez Banquet.

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