SOBRE LOS GÉNEROS LITERARIOS


Por Adolfo Ariza Navarro*

Se me ocurre hablar un poco de los géneros literarios, pues no hace falta quienes, en ocasiones, en foros o entrevistas, me pidan una opinión al respecto.

La verdad, nunca me preocupó el tema. Cuando empecé a escribir, no estaba muy interesado en estudiar teoría literaria. Solo me preocupaba por escribir. Mi interés no se centraba en la forma que adquiriera el discurso. Lo que me importaba y me sigue importando es el tema que elijo para escribir. Lo que tengo que decir sobre el mismo. Es decir, el discurso en sí. De hecho, a día de hoy, si no tengo nada que decir sobre cosa alguna, simplemente no la digo. Cero preocupaciones.

Siempre he tenido la impresión de que los temas exigen sus propios formatos. No hay que hacerse demasiados quebraderos de cabeza para elegir uno. Cuando escribí Afuera estaba la noche, no me puse a pensar si escribiría un cuento o una novela. Supe de inmediato que era una novela lo que quería escribir. Nunca la concebí como algo distinto. Si bien es cierto que el tema me exigió después adentrarme en un poemario y un buen número de cuentos, tengo que aceptar que no fue decisión mía. Sencillamente sucedió, porque el tema no estaba contento. Creo que se sentía un tanto incompleto y para completarse precisaba que le crecieran nuevas ramas al árbol.

Para mí la escritura siempre ha sido una, algo que puede combinarse amablemente como los ingredientes de un sancocho. Y ahí están mis textos para comprobarlo. Quien lea una de mis novelas no debe sorprenderse de descubrir en su estructura repetidas incursiones en el ensayo. Alguien lee el prólogo que escribí para Los textos inútiles y se da cuenta que hay en él un cuento incluido.

Siempre he creído que la escritura es un asunto único, que se expresa en su propio discurso, elige su propio formato. Claro que está el verso y la prosa. Imposible negar que se trata de dos cosas completamente distintas. Y esto hace una diferenciación entre dos formas de expresarse. Pero de ahí en adelante no diferencio mucho las cosas, ni me preocupa diferenciarlas. Si algún editor quiere colocar un rótulo en mis libros, para diferenciarlos, es cosa de los editores, pero no está en mí exigirlo. Además, en esto, creo que son más listos los lectores que todos los escritores y editores juntos. Yo, como consumidor, puedo diferenciar perfectamente cuando se trata de una pera o de un durazno. Ni siquiera tengo que describirlo. Quizá no sepa qué es una pera, pero entiendo que el sabor es distinto. En literatura es igual: un cuento sabe distinto a un poema, por mucho que lleguen a confundirse. Y si se confunden, no importa, lo importante está en el placer que deparan, creo.

No parece razonable que alguien que no cree en los géneros literarios teorice sobre los mismos. No se le pide al apio hablar de cebollas. Pero algo va del todo a la nada. Nada existe si no se nombra su contrario. Ante diferentes realidades cada quien busca su forma de apañarse. Al momento de diferenciar las distintas literaturas y las estructuras o géneros que la componen, suelo compararlos con trabajo de cocina. A la larga, cocinar no se diferencia mucho de escribir. De hecho, hay muchos colegas que cuando se les pregunta en qué ocupan actualmente su tiempo, no dudan en contestar que están cocinando un cuento o un poema. No falta quien llega a decir: creo que todavía demoró algunos días porque siento que el material no está en su punto.

Yo creo que, para empezar, podríamos comparar una novela con un sancocho o con la olla en que se le cocina. Tanto la novela, como el sancocho aguantan una variada gama de ingredientes. Desde un espinazo de cerdo, hasta un jarrete de ternera o una rabadilla. Desde un plátano verde, hasta una mazorca desgranada o un gajo de verduras. Los sancochos y las novelas se consumen con la misma ansiedad y en ocasiones es muy agradable acabar la hartura haciendo una pequeña siesta. Si es en una hamaca, mucho mejor.

El cuento es distinto, pues exige otro tipo de recipiente. Yo creo que es como el tinto, pero no me refiero al vino tinto, sino al café tinto, que exige de una taza o de un pocillo para servirlo. Para cocerlo es aconsejable usar una olla pequeña o una tetera. Pasaría por loco quien pretendiera hacerlo en la olla del sancocho, o en el caldero del arroz, que es donde se cocinan los ensayos. Un tinto o un cuento, deben tener la cantidad de café y de azúcar exacta, de lo contrario dejan un sinsabor en el paladar. El tinto se toma a sorbos y de todos ellos, el último sorbo es el más importante. Si quedan restos de café en el fondo del pocillo, puede resultar harto desagradable. Igual si no se ha disuelto bien el azúcar o se ha dejado enfriar demasiado. El cocinero debe ser sereno al enfrentarse a su arte, pero esta serenidad no puede confundirse con la frialdad del funcionario que hace el levantamiento de un cadáver.

En verdad, se me antoja el caldero como el recipiente perfecto para cocinar un buen ensayo. Todo ensayo, como todo buen arroz, cuando se prepara, debe tener el agua disuelta en todos sus espacios. Puede cocinarse en fuego alto o fuego bajo, voltearlo una y otra vez, para evitar que quede demasiado seco o demasiado ensopado. Un ensayo ensopado no es sinónimo de un rotundo fracaso, pero puede llegar a confundírsele con un sancocho, que es lo que me parece, ocurre con mis novelas.

Si bien es cierto que se puede usar una olla para cocinar el arroz (de hecho existen las ollas arroceras) o un caldero para cocinar un sancocho, el autor debe atenerse a las consecuencias, sobre todo al estrecho veredicto de los expertos, para quienes, estas cosas, les parecen inconcebibles.

No existe recipiente alguno recomendable para cocinar el sabroso plato de la poesía. La poesía es como el agua. Se arrebata, se desborda, rompe cualquier caudal, cualquier tipo de costura. La poesía es el caudal mismo. Es ingrediente de todo y para todo. Una liebre que salta para que la cocinen viva, una yuca de monte, un mote de queso, un caldero hirviendo, un tizón al rojo vivo. La poesía está en el olor y el sabor de las especias, en el vivo chapuzón de las vituallas, la mano de mago que revuelve, los labios que prueban; la flor sobre la mesa. La poesía está en el alma del cocinero y en la del ferviente comensal que prueba de su comida.

(*) Se ha dado a conocer nacional e internacionalmente por la obtención de varios premios en el campo literario. Entre ellos: Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo para el Desarrollo Artístico y Cultural en el Distrito de Barranquilla, 2019, Premio de Novela Ciudad de Barranquilla-Capital Americana de la Cultura 2013, X Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera y Premio Internacional Juan Rulfo de Novela Corta 2009.

 

 

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