Sobre Grandes rectores del Simón Araújo


Por: Amaury Pérez Banquet

Ese primer lunes de febrero nos reunieron a todos en el Paraninfo. Nunca había visto tanta gente agrupada en un solo sitio. Casi mil jóvenes de todos los colores y tamaños provenientes de muchos lugares. Desde luego, el grueso de la comunidad estudiantil era de la ciudad de Sincelejo y sus corregimientos, y, el resto, un grupo más pequeño, era de municipios y veredas correspondientes a los departamentos de Sucre, Córdoba y Bolívar. En definitiva, había estudiantes de La Mojana, de la depresión momposina, de Los montes de María, del Golfo de Morrosquillo, de Las sabanas sucreñas y de las cuencas del Cauca y del Sinú. El Instituto Simón Araújo se había convertido en el plantel educativo por excelencia de la mayoría de los estudiantes de esta parte del mundo que deseaba adelantar un buen bachillerato. Eran los tiempos en que teníamos que prepararnos académicamente durante la primaria para ganar un cupo en tan prestigiosa Institución. Quien no aprobara el examen de admisión, tenía que olvidarse del sueño de pisar las aulas del Simón Araújo. Yo me gané el cupo, creo que con una buena calificación. Ese detalle no lo tengo muy claro, pues ya han pasado varias décadas. De lo que sí me acuerdo, es de ese primer momento en el Paraninfo: el olor inconfundible de los útiles escolares, el rumor pasivo de los estudiantes y el eco de la sabiduría que flotaba vigilante en la atmósfera del recinto.

      Primero nos organizaron por grados y luego por estatura en grupos de 36 estudiantes de ambos sexos. “Mitad niños y mitad niñas”, nos ordenó con carácter la profesora que estaba al frente. Recuerdo su voz, aguda y cortante, como recién sacada de la piedra de amolar. “Esa es la profesora Almanza”, me susurró el compañero que estaba detrás de mí. “Hay que tenerle miedo, dicen que fue guardiana de la cárcel de mujeres de Barranquilla”. Yo di medio paso al frente, incliné la cabeza y comencé a rezar mentalmente para que la guardiana no me diera clase. “Te reprendo guardiana, te reprendo en nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo… Amén hierro colao, Amén hierro colao…”.

      Para el caso de nosotros los primíparos, por ejemplo, salieron cinco grupos en la jornada matinal: desde Sexto 1 hasta Sexto 5. A mí me tocó en Sexto 2. De esa misma manera fueron organizando a los demás cursos hasta llegar a los veteranos; es decir, los grandulones de undécimo grado.

      Después de un instante de silencio, me atreví a levantar la frente. “Den medio giro hacia la izquierda”, dijo la profesora Almanza. Obedecimos como militares y quedamos de frente, en dirección a la parte alta del Paraninfo. Había varias personalidades entre profesores y administrativos, pero solo me acuerdo de dos. El primero era un hombre alto, delgado, de tez blanca, con unos anteojos transparentes y con marco dorado que parecían hechos a su medida. Estaba impecablemente vestido con una camisa guayabera blanca, un pantalón de lino color beige y unos zapatos negros recién embetunados. “Ese es Jairo Calderón, el Prefecto de Disciplina”, me volvió a susurrar la misma voz. “Dicen que nunca se ha reído”. El otro que recuerdo estaba al lado del Prefecto de Disciplina. Un hombre de estatura baja y de mirada triste. Moreno, pero de un moreno extraño, como si lo hubiesen traído del centro de la India. Estaba vestido completamente de negro y lucía el cabello un tanto engomado y brillante, peinado hacia atrás. Era Jorge Anaya Noble, el Rector del Instituto Simón Araújo de esa época, uno de los grandes rectores escogidos por el maestro Eddie José Daniels García para lograr este libro.

      Hablar del Instituto Simón Araújo, significa hablar también de Sincelejo, de Sucre, de Bolívar, de la costa Caribe, significa hablar de Colombia. Y que mejor excusa para hacerlo que a través de los administradores más visibles que la institución ha tenido durante sus más de ochenta años de existencia. Grandes rectores del Simón Araújo, es una invitación que el maestro Eddie José Daniels García nos hace para cabalgar en el tiempo. Un paseo literario bien hilvanado que retrata, no solo a un plantel educativo como tal, sino a grandes personajes y eventualidades que hacen parte de la historia misma de Colombia: “Al finalizar el año, el doctor Meluk fue felicitado en persona por el doctor Jorge Eliécer Gaitán, quien se encontraba en el Ministerio de Educación Nacional desde comienzos de 1940”. Es decir, mientras que en el otro lado del mundo la Segunda Guerra Mundial comenzaba a mostrar sus muertos, en una pequeña ciudad de la Costa Caribe colombiana se soñaba con un espacio para la academia.

      En Grande rectores del Simón Araújo, Daniels García nos describe con precisión parte de la arquitectura del centro de Sincelejo a través del primer edificio que tuvo el plantel educativo. Habla de sus primeros estudiantes, de esos que han contribuido con el desarrollo de la ciudad y de la región. Después da un salto largo y se va para el pacifico colombiano y nos habla con propiedad de la situación política y social del Chocó. Pero, ¿por qué el autor da ese salto? Porque la historia que está contando le da licencia para que lo haga: “En febrero de 1942, el presidente Eduardo Santos le pidió al doctor Alfonso Meluk Salge que renunciara de la rectoría del Simón Araújo porque había decidido nombrarlo intendente del Chocó, su tierra de origen”.

      Este texto, además de representar un universo amplio, donde circulan seres especiales que siempre están dispuestos a regalar parte de ese patrimonio intangible, como lo es el conocimiento, también es un universo donde se puede viajar sin necesidad de comprar pasajes ni de hacer abordajes. Muchos párrafos de este libro terminan convirtiéndose en máquinas del tiempo, túneles de luz, elaborados con letras y palabras por donde nos podemos deslizar sin temor a tener alteración alguna. De 1941, hay un viaje de 29 años en dirección del futuro. Se llega a 1970, pero enseguida hay otro salto en el tiempo y en el espacio, un retorno a 1956 para hablar de la preparación universitaria del profesor Eliecer Mulett Borja, otro de los Grandes rectores del Simón Araújo. Aquí, Daniels García aprovecha su destreza nuevamente para hablar de la historia de las Normales Superiores: “Existían los llamados “maestro superior”, que habían realizado estudios en la Escuela Normal Superior de Colombia, ENSC, fundada por el presidente Alfonso López Pumarejo en 1936”.

      Y así continúa desarrollándose todo el documento, un vaivén en el tiempo, algo así como una fragmentación deliberada para mantener despierto al lector, pero con todo y eso, es fácil descifrar que cada texto independiente hace parte un engranaje perfecto. Leer este libro nos da la oportunidad de conocer un poco más sobre la historia de Colombia desde 1939 hasta nuestros tiempos: “Don Álvaro William Sprockel Mendoza, se posesionó de la rectoría del Simón Araújo el jueves 3 de abril de 1986, por los días en que se encontraba en todo su esplendor la campaña presidencial, que el domingo 25 de mayo le dio el triunfo a Virgilio Barco Vargas, candidato del liberalismo, quien había competido con el doctor Álvaro Gómez Hurtado, del Partido Conservador, y Jaime Pardo Leal, candidato de la Unión Patriótica”.

      Las estadísticas juegan un papel importante en Grandes Rectores del Simón Araújo. Se detalla con claridad la gestión que hizo cada uno de los rectores. El esmero por conseguir mejorar la planta física de la institución, dotación para docentes y estudiantes, mejor cobertura estudiantil y calidad en la educación. Gracias a la preparación académica y a la experiencia de cada uno de estos héroes, el Instituto Simón Araújo llegó a ser lo que fue: Uno de los mejores colegios de Colombia. Los rectores del Araújo no se conformaban con ver solo lo que ocurría dentro de la institución, eran intelectuales que se integraban con los visionarios de la ciudad para contribuir con el desarrollo. Además, les hacían seguimiento a los egresados ilustres, a esos que ya eran protagonistas tanto en Sincelejo como a nivel Nacional.

      La historia de los rectores del Araújo no comienza con el nombramiento en la institución ni acaba con la salida de la misma. No. El autor hace una radiografía milimétrica de cada uno de ellos: nacimiento, niñez, educación, familia, experiencia, desempeño en el Araújo y salida –no exactamente en este orden, pero si lo hace y con mucho juicio–. Luego le sigue los pasos al ex–rector hasta sus últimos días: “Muere el 9 de noviembre de 2005, cuando transitaba 62 años de edad. Había nacido en Riohacha el 29 de enero de 1942. Hoy, sus restos reposan en los Jardines del Santo Ecce Homo, muy cerca de la tumba donde fue sepultado, 8 años después, el recordado cantante Diomedes Díaz”.

      Daniels García es el típico observador, tiene la capacidad de identificar cualquier detalle por muy minúsculo que sea. Su lenguaje es diáfano y describe las escenas con el rigor de un guionista de cine. Sabe retratar con minucia a cada uno de sus personajes y nos muestra con claridad el perfil físico y psicológico de cada uno de ellos; su manera de actuar, de tratar, de caminar y de vestir: “La personalidad del doctor Espinosa marchaba en consonancia con su presentación personal. Generalmente vestía de blanco, con saco y corbata. Era de mediana estatura, de contextura delgada, usaba lentes de montura fina, se peinaba con gomina y era poco conversador”.

      Yo soy de los que camino por los espacios que me muestran los libros que me llenan. Camino con los personajes y hablo con ellos, creo percibir lo que ellos perciben: aire, olor, frío, calor, etc. El 1 de marzo de 1971 se dio el traslado del colegio, del centro de Sincelejo para su nueva edificación en la Carretera Troncal. Ese día se organizó la “marcha de la silla”, un acontecimiento que quedó grabado en la memoria de todos los araujistas de esa época y el cual suelen recordar con mucho entusiasmo y nostalgia. Yo tenía 5 meses de vida cuando eso ocurrió, pero hoy, cuando me leí el libro, me vi caminado con mi silla en la cabeza junto a esa manada de jóvenes entusiastas.

      Leer estas páginas, es encontrarse con el poeta Giovanni Quessep en los pasillos del Instituto Simón Araújo el último viernes de abril de 1955, el año que se graduó de bachiller.

Sincelejo, octubre de 2022

Amaury Pérez Banquet

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