SI EL AMOR PREGUNTA POR MÍ DILE QUE ME HE IDO


Por: Álvaro Rojano Osorio

Cuando te vi flotabas en un río indiferente, el mismo en el que dos días antes habías desparecido. Del vestido color amarillo felicidad que lucías esa mañana en que partiste de tu casa, con el que te vi salir de ella, solo quedaba un pedazo sobre tus senos. Flotabas de pie, llevabas las manos puestas sobre tu cabeza. No sé si fue el agua que las puso de esa forma, o fuiste tú, lamentando que la muerte te arrebataba la vida, cuando en tus ojos brillaban los colores de la felicidad.

El día que el río devolvió tu cuerpo a quienes te buscábamos para sepultarte, cumplías siete días de hacerte casado. Cuando la embarcación en la que iba buscándote se recostó a tu cadáver, me pregunté de quién había sido la decisión de ir a pasar la luna de miel en este pueblo, que era el tuyo y que sigue siendo el mío. Sólo ahora, cuando procuro que las sombras de tus recuerdos dejen de andar detrás de mi memoria, y que trato de deshacerme de ellos buscando respuestas de lo que te sucedió, me he enterado por qué este lugar, donde con premura te sepultamos, fue el escogido para que pasaras la luna de miel con tu pareja.

Aún recuerdo el día que llegaste, que fue el siguiente al del matrimonio, con tu pelo corto, sonriendo con dulzura, luciendo un vestido verde ajustado a tu cuerpo delgado. Esa tarde que nos vimos se dibujaba en tu rostro la felicidad de quien ha logrado sus sueños, los de amar y de ser desposada. Llegaste emocionada, acompañada de quién me presentaste como tu esposo. Cuando quedamos solos, ahí en la esquina cercana a la casa de tú familia, me contaste de la ceremonia nupcial, del vestido blanco de cola que usaste, de los pajecitos, de los invitados. Me mostraste tu anillo de boda y me hablaste del futuro al lado de quien me enteré que se llamaba Carlos.

Hubo un instante en que guardaste silencio y lo aproveché para preguntarme en qué momento habías renunciado al juramento de no volverte a enamorar. Creo que de inmediato me respondí: eras una mujer adulta que, en el mes siguiente al que estábamos, cumplirías 38 años. Concluí que por razones de tiempo habías olvidado el hecho que te llevó a hacer ese juramento. Además, estabas enamorada, lo vi en tus ademanes nerviosos, lo sentí en cada palabra que pronunciaste para hablarme de él. Tenías razón, merecías una nueva oportunidad. Sin embargo, lo que te sucedió me llevó a concluir que el amor, siempre, fue tu derrota.

Años atrás habías sufrido un fracaso sentimental que te llevó a renunciar al amor. De ese engaño te levantaste, tras superar los dolores que te produjo, resuelta a esquivar cualquier mirada coqueta. Dispuesta a fruncir el ceño frente a una sonrisa insinuante. Te dedicaste, entonces, a rechazar con gestos y palabras, lo que te expresaban con el fin de conquistar ese corazón que se volvió duro como una piedra caliza. Entonces mis miradas dejaron de buscarte para mostrarte lo que significabas para mí. Procuré ponerme una mordaza para dejarte de decir lo que sentía por ti, a lo que nunca le prestaste atención. Palabras y frases que desde entonces guardo en mi corazón y las que, mientras te lloro, desearía que volvieras a escuchar.

Tú primera desilusión comenzó cuando Alberto, el hombre, con el que por años atrás mantuviste una relación amorosa desapareció sin dejar rastros. Lo hizo días antes de la fecha que habían escogido para casarse. Recuerdo que te acompañé a visitar a todas las personas a las que les habías mandado tarjeta de invitación a la ceremonia, informándoles que se aplazaba. Y mientras lo hicimos te vi tranquila, incluso cuando buscábamos razones para entender lo que sucedió.

Pensé que la burla a la que te sometió ese hombre que amabas, no haría mella en tu vida. Pero ese fue un juicio con una falsa valoración, porque poco a poco fuiste perdiendo interés por lo que te rodeaba. Te volviste lejana y triste cuando entendiste que él jamás volvería a pedirte perdón por lo sucedido; sobretodo, cuando dedujiste que no regresaría a decirte que fijaran una nueva fecha para contraer matrimonio. Recuerdo que, tiempo después, nos encontramos y te pregunté por él. Me respondiste que hacía años habías sacado su nombre y su rostro de tu memoria. Supuse, entonces, que tus ojos habían dejado de mirar, insistentemente, hacia la calle por donde todas las noches lo veías aparecer.

Ese día también me hablaste de la decisión irrenunciable de no volverte a enamorar. Hoy, que busco en mis recuerdos el tuyo me asalta una inquietud: cómo hizo Carlos para convencerte de que renunciaras a esa decisión. Pienso en los argumentos que debió utilizar para lograr hacerte entender que era necesario que amaras y fueras amada. Cómo lo hizo, nunca lo sabré.

No sé por qué no te lo pregunté cuando hablamos por última vez, el día que llegaste al pueblo a disfrutar de la luna de miel. Y no habrá forma de saberlo porque ya no existen quienes puedan darme detalles de cómo ese hombre alto, delgado y carente de cualquier atractivo físico pudo conquistarte. Entonces, echo mano de la imaginación y acepto que a lo mejor bastó una mirada y una sonrisa. Supongo que lo de ustedes fue amor a primera vista.

Sabes, con el transcurrir de los años y las experiencias vividas he llegado a comprender que en el amor siempre hay secretos. Este razonamiento me ha llevado a otra conclusión, que los existentes en tus dos relaciones fueron fundamentales en tú vida. Fíjate, Nohemí, quién fue tú primer amor se marchó llevando consigo, como secreto, las razones que tuvo para desaparecer cuando todo estaba organizado para que se casaran.

Ahora que busco aclarar algunas imágenes tuyas, que por el tiempo que ha pasado desde cuando se produjo tú muerte, resultan borrosas, me entero que en tus relaciones con Carlos hubo secretos que fueron determinantes en tu vida. Lo que nunca sabré es en qué momento te enteraste de ellos. Tampoco conoceré la reacción que tuviste una vez lo supiste, pero si se la decisión que tomaste, porque quien guardaba esos decretos te hizo su esposa.

Pero, sabes, hay algo que me confunde, por qué cuando conociste que él tenía hijos y un hogar, no renunciaste a ese amor. Para responder esa inquietud echo mano de la imaginación, porque creo que ya nadie me puede dar una explicación cierta sobre tus motivos. Supongo que se debió al temor a volver a perder en el amor. Era la segunda relación amorosa en tú vida y si no tomabas una decisión que implicara la defensa de lo que sentías por él, seguro que sufrirías, como cuando Alberto te abandonó.

Sin embargo, mis elucubraciones enfrentan al dicho de un hombre que asegura que, pese a ser un niño cuando te conoció, supo de algunos detalles de los amores con tu esposo. Dice, además, que una vez supiste de esas relaciones amorosas que mantenía Carlos, le dijiste que no lo querías en tu vida. También manifiesta que este, sintiéndose derrotado, te pidió que se casaran. Creo que viste en esa propuesta el cumplimiento del sueño de toda mujer, salir de su casa vestida de novia rumbo al altar, y que, con el matrimonio, te convertiría en mujer con derechos sobre él. Deduzco, basado en mis conclusiones, que apoyada en esos argumentos desechaste la idea de abandonarlo.

Pero, mientras te aferrabas a tus sueños y a los derechos que te otorgarían la condición de esposa, él convivía con el temor a la reacción violenta de quien era su mujer permanente. Temor que hizo que el matrimonio fuera festejado en una vivienda distinta a la de tus padres. Miedo que continuó existiendo después que te hizo su cónyuge. Según ese hombre, a quien convertí en mi informante, fue Carlos quien, esquivando cualquier reacción de su otra pareja, decidió que el lugar donde pasarían la luna de miel sería este pueblo.

Nohemí, nunca pudiste saber que al venir a este lugar a pasar la luna de miel te haría perder por siempre los derechos que creíste tener y ejercer por ser su cónyuge. Tampoco conociste que la decisión de tu esposo, de escoger este lugar como destino, sirvió para que tu familia lo culpara de lo que te sucedió ese veinte de enero. Lo juzgaron desde el momento en que lo vieron salir del agua, sin zapatos y sin ti. Continuaron diciéndolo cuando hubo la certeza de que de todos los que viajaban en esa embarcación por el río, solo faltabas tú. Y lo pregonaron, incluso, en el cementerio cuando en medio de la oscuridad de la noche te sepultamos.

Yo no supe de la acusación que durante esos momentos le hicieron, la conozco ahora que escudriño algunos hechos de tú vida. Pero, creo que se equivocaron al hacerlo, porque siempre he pensado que el error fue tuyo cuando volviste a confiar en el amor.

De noche cuando tus recuerdos me angustian, llegas a mí con una sonrisa de novia triste. Entonces, tomo tus dedos largos y delgados y los entrelazo con los míos. Busco tu rostro de virgen marchita, que procuras cubrir con un velo blanco que luce envejecido, y para consolarte, susurrándo, te aseguro que fue el amor el que llevó tu vida por el camino hacia la muerte

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