ROMPER LOS SELLOS


Una revisión de “Las queridas del diablo”, cuento de Guillermo Henríquez

Por: Clinton Ramírez C.

“Las queridas del diablo” es un cuento que me hubiera gustado escribir. Su lectura, a mediados de los ochenta, me inquietó. Me remitía a un mundo semiurbano en donde las supersticiones y leyendas disponían de amplia vigencia. La vigencia de dicho mundo despertaba naturales recelos, pero el material ofrecía enormes posibilidades literarias. Criado en el mundo rural de La Paulina (finca bananera que administró mi abuelo en los sesenta), criatura de un pueblo ladino y supersticioso como Ciénaga, encaminada mi vocación literaria, la historia vertida en el texto de Guillermo me remitía a un universo distante, familiar y vigente.

Me tocó particularmente la manera en que el narrador usaba con astucia otras voces para fijar una posible versión de la historia: la de la negra comadrona que, a pesar de temores y miedos, debe marchar a las afueras del pueblo a atender el parto de las queridas de un hacendado, sospechoso de tener pacto con el diablo. Hoy, después de más de treinta años de haberlo leído, el relato mantiene su poder de seducción. Quizá llega la hora de explicar algunas de las razones de su particular encanto.

Ambientado más en la Ciénaga supérstite del último tercio del siglo XIX (la de la economía tabacalera), que en la pequeña ciudad de la primera década del siglo XX (la del despegue del banano), el cuento ratifica el rumbo de una literatura decidida a escarbar, de la mano de nuevas visiones y herramientas de composición, en los tiempos encontrados de pueblos y ciudades de un país con una modernidad confusa, hipotecada a los muchos rostros de la violencia y el olvido. El procedimiento de la captura de los hechos de la historia, la alternancia de voces, demostraba, al menos para el medio regional, otra manera de encarar la escritura de ficción, sin las sumisiones al color local y los dictados de la literatura de denuncia, tan bien aforada de buenas razones.

Salta a la vista en “Las queridas del diablo” la voluntad del autor de entregar el mando del relato a protagonistas y testigos, figuras que, por más precisos que sean en el suministro de sus datos, parecieran vivir en un tiempo en el que rigen otros tiempos. Fieles a los hechos, o a los recuerdos de los mismos, el resultado es un relato eficaz, pícaro y trucado, en donde los materiales de la historia los vemos aparecer de voz en voz hasta llegar a la mesa del narrador: joven escritor encargado de empaquetarla en un texto periodístico, tal vez una crónica, a una de cuyas ediciones nosotros asistimos con rostros perplejos, con oídos finos para captar, aparte de la singularidad de las voces, aquello que ellas nunca terminan de decir sobre un mundo material distante, sumergido, pero vivo aún en la circulación de las expresiones de su vida espiritual.

El narrador de este último texto, voz de una narrativa ilógica, según sus propias palabras, tiene otro propósito. Tratará de  pintar al personaje central y presentar el ambiente de los hechos sin las añadiduras estéticas inherentes a ciertas novelas. Quiere ser fiel a la realidad recreada, así sea remota para él, en lugar de meter la mano en la bolsa de autores consagrados. Acude, al satisfacer este propósito de libertad creativa, al auxilio de una pariente: “Una negra −nada de Faulkner ni de Carpentier− la vestiré, aunque moleste: Oye, Berta, dime ¿cómo se llamaba esa tela, ominosa tela, que le ponía indefectiblemente mi abuela a la ‘plebe’?“ (2001, pp. 120 -121).

La vestirá de coleta, un material basto, usado en la confección de forros, con el que viste la gente de un “mundo despreciado”, precisa el cronista.

Ceñido a su postura, la mansión amarilla del rico hombre sin edad, siempre joven, será una casa normal, sin mayores lujos, venida a menos. La presentará acudiendo a los ojos de la protagonista.

La anciana comadrona será la primera en notar la inferioridad de la realidad frente a las fantasías concebidas por el pueblo y será ella, a través de su perplejidad o decepción, quien experimente la degradación del espacio más personal del Hombre-Diablo, el mismo que la pretendió medio siglo atrás. Es otro de los malabares del narrador y del autor, por supuesto, para alinderar distancias frente a las narrativas dominantes en el momento de confeccionarse el relato: lo real maravilloso y el realismo mágico.

Tenía ella que aceptar que la realidad no quería acompañar a la fantasía, y la casa del diablo resultaba una casa común y corriente y, para remate, los ladrillos desconchados por el salitre tenaz se veían tan vernáculos como los guácimos; ni siquiera parecían extranjeros, con sus marcas en inglés, pintados de ocre alemán; y, ¡claro!, tenían que ser de bejuco los balancines, pese a su elaboración europea, tan imprescindibles y mimetizados por las estancias y novelas tropicales (p.121).

El relato es, libre de trampas, corridas las cortinas, algo más que una narrativa ilógica. Anima su secreta arquitectura el proyecto del autor de despojar el espacio real a recrear de las magnificencias del lenguaje con que aparece revestido en otras narrativas. El efecto alcanzado, sin embargo, está en la línea de los hallazgos de los predecesores, a los que se siente el narrador en el deber de hacerles el quite expresivo. El mundo concebido, menos temible, más legendario, es igual un espacio moribundo, del que subsisten elementos del viejo orden aristocrático rural, como la ponchera West India, el espejo de copete y los candelabros que la anciana ve durante su estancia de sombras en la casa amarilla, construida en los tiempos del presidente Núñez, como se apresura a anotar el cronista.

El deterioro de la casa amarilla, el espacio más personal del Hombre-Diablo, como la paulatina extinción del orden en que se sustenta, es confirmado por las líneas finales del relato, cuando la anciana se dispone a abandonar, aún temerosa, los terrenos del hacendado, de vuelta al pueblo, lugar este confiable, conocido, aunque no menos rígido en  diferenciaciones y poderes discriminatorios: “Pero ella ya salía de los dominios del diablo, y la voz sonó a su espalda: Niña Juana, los pelaos murieron” (p.122). En 1910, año del temido cometa Halley, año de este parto fallido, el Diablo es la United Fruit Company, que con el monopolio de la vida económica, social y política en el norte del Magdalena le marca a la historia del territorio otro ritmo, otra lógica. El pueblo del cuento, imagen de una Ciénaga con trazas de ciudad, ya no marcha al paso del coche y la carreta de tracción animal, sino a la velocidad del tren, el auto importado, el telégrafo y los vapores trasatlánticos de la Flota Blanca, que llevan bananos en racimos a Estados Unidos y Europa y regresan cargados de bienes industriales y sofisticados para surtir sus comisariatos de Santa Marta, Ciénaga y otros pueblos de la zona bananera: Río Frío, Sevilla, Guacamayal, Aracataca, Fundación. El oficio de la partera es igual una institución que transita sus últimos años de gloria. Las clínicas y hospitales abiertos por cuenta del nuevo amo y señor terminarán a cargo de este servicio ancestral en los siguientes años. Quizá la anciana haya efectuado su último gran auxilio, si bien el cuento nada dice sobre ello.

El cuento, escrito en 1972, mientras Guillermo residía en Barcelona, capital entonces del reverenciado Boom, bebe en la matriz moral y artística de una época de francos cuestionamientos. Es un momento en que los escritores, sobre todo los de esta parte del globo, estaban resueltos a seguir rompiendo los sellos de los poderes instituidos en el continente y sus países, encerrados en la exclusión, los privilegios y las opresiones, con asignaturas pendientes, incluso en el campo literario, a ratos tan fecundo.

El joven que escribió “Las queridas del diablo” participaba, completo y a la distancia, de dicha voluntad de renovación o de subversión. El texto, hermoso e ilógico, audaz y desafiante, continúa siendo un significativo milagro.

Santa Marta, julio 16 y 17 de 2020

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