RELOJ DE ARENA


Por Amaury Pérez Banquet

Estaba recostada en el diván, de espaldas a la puerta de acceso a mi consultorio, cuando escuché el timbre del teléfono de mi asistente. Me sorprendí con el primer timbrazo, pero enseguida me sosegué. Supuse que se trataba de uno de esos pacientes fastidiosos que insisten para que se les atienda sin cita previa. Esperé un par de segundos, aún en la misma posición, y en cuanto el teléfono dejó de sonar, me incorporé lentamente del diván y caminé hacia la ventana para contemplar la lluvia a través de los cristales. Como las cortinas estaban cerradas, maniobré con delicadeza el cordón de nailon y las vi recogerse con un movimiento uniforme en la parte superior de la ventana. Ya había dejado de llover, pero el cielo seguía encapotado y la ciudad había tomado una apariencia grisácea. «Debe hacer mucho frío allá fuera», pensé. Aunque mi consultorio está a una altura considerable en un moderno edificio en forma de espiral, a menudo me gusta contemplar lo que acontece en la calle; es una manera sana de relajarme. Aquella vez lo primero que vi fue un perro que atravesó la calle y, levantando una de sus patas traseras, comenzó a orinar sobre el hidrante que está en el andén. Creo que se trataba de un perro bóxer o de alguna raza parecida; no soy muy experta en este tema, lo único cierto es que tenía la misma combinación de colores de la ropa que usa el vendedor de revistas y periódicos que se estaciona todos los días en la esquina, y que, por casualidad, ese día no se encontraba. Lo más razonable bajo tales circunstancias, era que el hombre debía estar debajo de alguna carpa refugiándose de la lluvia. Sin embargo, en mi mente perversa, se gestó la idea de que el infeliz había utilizado el cuerpo de aquel perro para ahorrarse la ida al baño. Por eso tuve la firme intención de tomar el ascensor y bajar para seguirlo y sorprenderlo justo en el momento en que se estuviese transformando en hombre nuevamente, pero como estaba a la espera de uno de los pacientes que más ha insistido para que sea yo quien lo atienda, me abstuve de cometer semejante locura. De modo que el perro terminó de orinar y salió corriendo, bordeando la acera contraria al edificio donde está mi consultorio, hasta que lo perdí de vista por completo. «Ahora vuelve y se estaciona en la esquina a vender periódicos y revistas, como si nada», murmuré. Comenzó a lloviznar de nuevo y la calle volvió a quedar despejada. De pronto escuché el aullido de una corriente de aire que se estrelló, sin contemplación, contra los grandes ventanales de mi consultorio. Sentí que el edificio se estremeció, pero aun así preferí continuar pegada a la ventana para seguir observando, aunque fuera el tejado desteñido de las casas vecinas. Al cabo de varios minutos de intensa soledad, vi a un hombre que apareció de súbito por una bocacalle y siguió caminando con parsimonia, haciendo diagonales para esquivar los charcos que encontraba a su paso. Me pareció un hombre bastante extraño. Lo digo por la manera en que estaba vestido y por su particular modo de caminar: llevaba puesta una camisa anaranjada, una corbata azul aguamarina, un pantalón verde fosforescente y un par de zapatos rojos. Nada que pueda usar alguien que tenga sus cinco sentidos bien puestos. También pude observar que llevaba en las manos, algo así como una urna donde se depositan las cenizas de los muertos. No puedo negar que aquel sujeto me impresionó sobremanera. Hasta llegué a pensar que podía tratarse de una alucinación. Por eso me arriesgué a abrir una de las ventanas y le lancé el gancho en forma de mariposa con que suelo sujetarme el cabello. Aunque no alcancé a impactarlo, el objeto cayó justo a su lado. El hombre se detuvo para recogerlo y luego levantó su mirada en dirección a mí. Yo ni siquiera me sorprendí; más bien actué con torpeza, pues solo se me ocurrió hacerle un gesto ridículo con la mano, y sonreírle de la manera más estúpida mientras cerraba la ventana. Pero al parecer, el hombre no me vio. Vi que guardó el gancho en el bolsillo de su camisa y siguió su camino.

      No sé cuánto tiempo había transcurrido desde el momento en que me levanté del diván donde había permanecido toda la mañana. Y la verdad es que tampoco me detuve a pensar en eso, hasta que volví a escuchar el timbre del teléfono de mi asistente. Esa vez no logró fastidiarme como en otras ocasiones, quizás porque solo alcanzó a timbrar un par de veces, y porque yo seguía concentrada observando la diminuta lluvia que caía sobre la ciudad. Al cabo de un par de minutos sentí que abrieron la puerta de mi consultorio, y enseguida escuché la voz chillona de mi asistente, informándome que el paciente que estaba esperando acababa de llegar.

      —Dígale que pase —le contesté sin mirarla, y sin moverme del sitio donde había permanecido quién sabe cuánto tiempo.

      Escuché el golpe de la puerta cuando mi asistente la cerró, y casi que al instante el crujido suave de la cerradura indicándome que alguien acababa de entrar. Yo seguí observando la llovizna que parecía volverse eterna, aún pegada a la ventana y de espaldas a la puerta.

      —Buenos días, doctora Emilia —me saludó la persona que entró, con voz pausada y agradable. Giré sobre mi cuerpo para contestar al saludo y por poco desfallezco: se trataba del hombre de la vestimenta multicolor, al que casi descalabro con el gancho en forma de mariposa. Enmudecí por un segundo, y luego tartamudeé lo primero que se me vino a la mente:

      —¿Us… ted…? —alcancé a pronunciar, sin terminar de salir de mi asombro, puesto que seguí vislumbrando, en medio de mi ofuscación, que no se trataba de un hombre común y corriente, que no era un paciente más de los que a menudo me frecuentan. Me pareció sencillamente hermoso. Como sacado de un cuento de hadas, a pesar de su extravagante indumentaria que parecía iluminar mi consultorio. Por eso, cuando por fin reaccioné y volví al estado de conciencia, sentí que mi rostro se iluminó, impulsado tal vez, por la ilusión de cumplir un deseo reprimido: hacía mucho tiempo que deseaba atender a alguien con ese perfil.

      —Es usted muy joven para ser psiquiatra  —volví a escuchar la voz del hombre, que seguía estático, como idiotizado, entre el diván y un pequeño aparador donde mantengo varios adornos de porcelana.

      —Siéntese, por favor —le dije mientras le señalaba una de las sillas de madera tallada que están frente a mi escritorio.

      Ambos caminamos en la misma dirección, y como impulsados por un mismo dispositivo, tratamos de acomodarnos. El hombre se sentó donde le indiqué, y luego lo hice yo en mi pomposa silla estilo gerencial. Abrí uno de los compartimentos de mi escritorio y saqué el cuaderno de hojas cuadriculadas donde suelo tomar mis apuntes. Miré detenidamente al hombre, justo cuando este intentaba poner en el piso la urna que traía en las manos. Todavía con mi mirada puesta en sus ojos, comencé el interrogatorio:

      —¿Cuál es tu nombre?

      —Alejandro…

      —¿Tu edad, Alejandro?

      —No estoy seguro, creo que tengo treinta…supongo…no lo sé…

      —¿Por qué has venido a verme? ¿Qué te preocupa?

      —¿Puedo tutearte?… ¿Puedo decirte Emilia?

      —Por supuesto…

      Alejandro se reacomodó en su puesto, y lo hizo de tal manera, que me sorprendí con el vivo crujido de la silla que parecía desacoplarse. Después de cruzar su pierna derecha sobre la izquierda, y de llevarse las manos a la nuca, se dispuso a confesarme el motivo por el cual me visitaba.

      —Creo que estoy viviendo dos vidas —me dijo con voz apagada—. Creo que tengo una vida real; con familia, amigos, vecinos y mascotas, y otra de sueños, donde estoy completamente solo, pero aún no logro diferenciar la una de la otra. Necesito que me ayudes, Emilia.

      Mi cuerpo se erizó. No sé si fue por la escueta declaración de Alejandro, o porque cuando terminó de pronunciar mi nombre, la brisa volvió a estrellarse con violencia contra los grandes ventanales. Creo que Alejandro también se asustó.

      —Y según tú, ahora en este instante, que estás aquí conmigo, ¿qué crees, Alejandro? ¿Estás en la vida real, o estás en tu sueño?

      Después de un prolongado suspiro, Alejandro se incorporó de su silla y caminó hasta la ventana. Miró algo a través de los cristales, cerró arbitrariamente las cortinas y luego regresó.

      —Creo que estoy dentro de mi sueño… Es una locura… Pero estoy casi seguro de que debo estar dormido en alguna parte en mi otra vida.

      —¿Por qué lo crees?

      —Más bien, es un presentimiento…

      Le hice un gesto con la mano para que se volviera a sentar, y enseguida le pedí que me hiciera un recuento de todo lo que había hecho durante el día, desde el mismo momento en que se despertó, hasta que llegó a mi consultorio. Alejandro se sentó y volvió a cruzarse de piernas. Esta vez no se llevó las manos a la nuca, sino que tomó uno de los bolígrafos que acostumbro tener en el portalápices, y mientras lo hacía girar entre sus dedos delicados, comenzó con el relato: Me dijo que se había despertado poco antes de las ocho de la mañana, porque el vendedor de leche del sector había hecho más bulla que de costumbre, que prefirió ducharse y escoger la vestimenta que llevaba puesta antes de sentarse a desayunar, que intentó rasurarse para darme una buena impresión, pero cuando se vio en el espejo recordó que en esta vida era un hombre lampiño. Luego tomó su desayuno, y después de un pequeño sosiego se vistió, y cuando estaba a punto de salir a la calle comenzó a llover. En ese instante se acordó de la urna que tenía guardada en la despensa y fue por ella…

      —¿Qué contiene la urna? —le pregunté un tanto temerosa.

      Alejandro levantó la urna del piso, la puso en mi escritorio y la abrió con mucha delicadeza.

      —Es un reloj de arena —me dijo mientras lo sacaba.

      —¿Para quién es? ¿Por qué lo guardas ahí?

      —Alguien me lo encargó, creo que alguien muy especial, pero apenas lo compré he olvidado quién es ese alguien. Suele ocurrirme con frecuencia; me refiero a que olvido muchas cosas. Desde entonces, lo guardo en esta urna y lo cargo conmigo a todas partes, para ver si recuerdo a quién le pertenece.

      Quise seguir indagando sobre el misterioso reloj, pero como vi que Alejandro lo metió nuevamente en la urna, le pedí que continuara con el relato sobre lo que había hecho durante la mañana. Él prosiguió: Mientras pasaba la lluvia, se sentó en una pequeña poltrona y se dispuso a calcular el tiempo exacto del reloj de arena. Repitió el ejercicio cuatro veces, y cuatro veces le arrojó el mismo resultado: veinticinco minutos exactamente. Apenas dejó de llover guardó el reloj y salió de la casa a cumplir con la cita que tenía conmigo. Me dijo sin premeditación alguna, que había caminado veinticinco cuadras en total; repartidas en trece calles, ocho carreras y cuatro diagonales. Que a su paso se encontró con tres semáforos, y que para fortuna suya, todos estaban en verde, por supuesto, para peatones. Que en el primer semáforo se sintió acosado por un perro bóxer que no supo de donde apareció, y que aunque trató de librarse de él, el perro lo siguió durante varias cuadras, y que en un abrir y cerrar de ojos lo perdió de vista. «Fue como un espejismo prolongado en el tiempo», me dijo.

      —¿Cómo era el perro? —le interrumpí, casi convencida de cuál iba a ser su respuesta.

      Y me lo describió de tal manera, que no pude menos que volverme a erizar de pies a cabeza. Sin duda alguna, se trataba del mismo animal que yo había visto a través de los cristales; un perro de tamaño mediano, de cara chata y de orejas cortas. De dos colores: el hocico, el pecho y la punta de las patas las tenía blancas. Y el resto del cuerpo, café.

      —Y por casualidad, ¿no te encontraste con un vendedor de revistas y periódicos?

      —No.

      Alejandro volvió a tomar el bolígrafo, y sin necesidad de que yo le indicara nada, siguió con su recuento: Me dijo que apenas el perro desapareció, caminó con más tranquilidad, que no se encontró con ningún conocido en la calle, que muchos negocios permanecían cerrados a causa de la lluvia, y que a pocos pasos de llegar a su destino, alguien trató de golpearlo con un gancho para sujetar cabello, pero que no le había prestado mucha atención, pues se imaginó que era obra de una niña ociosa. Que apenas llegó a la puerta del edificio, sacó su pañuelo para secarse la frente, pero antes miró la hora para ver cuánto tiempo había caminado desde que salió de su casa: «cincuenta minutos exactamente», es decir, lo que la arena tardaría en ir y volver entre los receptáculos del reloj. Después se secó la frente, guardó el pañuelo y entró. El vigilante de turno lo recibió con mucha amabilidad, y luego de informarle dónde quedaba mi consultorio, lo condujo por un pasadizo alfombrado para que tomara uno de los ascensores. Él prefirió usar las escaleras: «conté ciento treinta y seis peldaños», me dijo, «eso quiere decir que entre un piso y el otro, hay diecisiete peldaños». Alejandro concluyó su recuento diciéndome que cuando llegó, sorprendió a mi asistente concentrada, ojeando una revista pornográfica.

      —¿Cómo es posible que alguien con tan extraordinaria retentiva, pueda olvidar las cosas?

      —Creo que el olvido se da cuando paso de mi vida real a mis sueños… y viceversa…a veces estoy convencido de que he hecho cosas, y luego descubro que solo las he soñado.

      —¿Has tratado de hacer esto mismo en tu otra vida?

      Alejandro se encogió de hombros.

      —¿Qué cosa?

      —Me refiero a si has buscado ayuda… ¿has visitado a algún psiquiatra?

      —No lo recuerdo, mi mente está un poco borrosa… No logro vislumbrar con claridad lo que ocurre al otro lado de la barrera, en la otra dimensión, o como se llame… ¿tú me entiendes, verdad?

      —¿Has escuchado alguna vez la palabra, lobotomía?

      —¿Lobotomía? ¿Qué es eso?

      —Es la incisión quirúrgica practicada en el lóbulo de un órgano o de una glándula a personas con problemas de esquizofrenia y depresión severa.

      —No… Jamás he escuchado algo parecido… ¿Lobotomía?

      Asentí con la cabeza mientras me levantaba de mi silla. Me preocupé porque lo noté un tanto confundido, como si la poca confianza que le quedaba se escondiera en su interior. Por eso le pedí que se incorporara de su silla y que caminara por el consultorio, que hiciera lo primero que se le ocurriera, lo que más deseara en ese momento, pensando tal vez, que se recostaría en el diván, o que se detendría frente a la galería a observar los cuadros abstractos que adornan una de las paredes. Alejandro me obedeció. Sin embargo, no se fijó en el diván ni en mi colección de cuadros; al parecer nada de eso le importó. Caminó hasta mi puesto, se ubicó detrás de mí, agarró mi larga cabellera con sutileza y la sujetó con el gancho en forma de mariposa que tenía guardado en el bolsillo de la camisa.

      —Está hecho especialmente para ti —sentí su aliento tibio perturbando mi oído derecho, y el fogaje de su cuerpo varonil incrustándose como puntillas endulzadas por cada uno de mis poros. Quise reaccionar, pero todo transcurrió tan rápido que ni siquiera me dio tiempo de asustarme; por el contrario, ese atrevimiento espontáneo me condujo por un instante al mágico mundo de la fascinación.

      —¿Sabes por qué uso esta ropa tan extravagante, Emilia? —me preguntó sin darme la oportunidad de agradecerle o reprocharle por lo que había hecho. Atónita, lo seguí con la mirada hasta verlo sentarse en su silla.

      —No. Dímelo tú.

      —Porque es la única forma de distinguir una vida de la otra.

      Caminé hasta la ventana y maquinalmente volví a recoger la cortina. Creo que lo hice porque sentí que comenzaba a perder el control, y que la única manera de recuperarlo, era con un poco de luz solar, pero como era de esperar, el día seguía opaco. La llovizna casi invisible persistía, la calle se mantenía con charcos e igual de despejada, con la única novedad que el vendedor de revistas y periódicos había retomado su esquina, esta vez con un lujoso paraguas tamaño familiar, originalmente estampado con los colores de un leopardo. Yo seguía insistiendo, desde luego mentalmente, en que ese hombre y el perro bóxer eran el mismo.

      —Ahora entiendo su decimosegunda pregunta… —escuché la voz de Alejandro que se había acercado a la ventana sin que yo me diera cuenta.

      —¿Qué dices?

      —Que ese hombre se asemeja mucho al perro que me encontré en el primer semáforo… Bueno, no es el hombre, más bien es la manera en que está vestido.

      Tomé a Alejandro por el brazo y lo llevé al diván.

      —Ahora recuéstate —le dije mientras le acomodaba debajo del cuello una de las cinco almohadas que acostumbro a tener en el diván—. Necesito que cierres los ojos y te relajes.

      Alejandro intentó obedecerme, pero enseguida reaccionó, tal vez inducido por su subconsciente real. Pegó un salto de trapecista y en un santiamén estaba frente a mí con los ojos sobresaltados y el rostro suplicante.

      —Por favor, no me pidas esto, Emilia.

      —¿Por qué? Si es algo normal dentro del ejercicio.

      —Porque me da temor a quedar dormido y comenzar una tercera vida quien sabe en qué lugar del mundo.

      —No temas, no te dejaré dormir…

      En ese instante ocurrió algo que ya anhelaba: Alejandro me abrazó con fuerzas. Y aunque sé que lo hizo por el instinto mismo del paciente desesperado que busca refugiarse en su doctora, yo lo asumí como la insinuación del hombre perverso que desea con locura a una mujer. Por eso le correspondí de la mejor manera aquel abrazo, y más aún, cuando escuché su susurro desconfigurado taladrándome el tímpano.

      —Ayúdame, por favor…

      —Te ayudaré…

      —No me dejes dormir…

      —No te dejaré dormir…

      Y seguimos abrazados por un largo tiempo, él implorándome cuanta cosa se le ocurría, y yo prometiéndole cumplir con sus peticiones. Solo faltaba que me pidiera que me desnudara, para quedar a su entera disposición. Pero Alejandro no me lo pidió, puesto que a él solo le interesaba que yo lo devolviera a su vida real. Y mi deber como psiquiatra, era ayudarlo. Nos sentamos en el diván a una distancia donde fácilmente nos podíamos agarrar las manos. Yo tomé la iniciativa para que se sintiera más seguro. Y creo que funcionó. Hicimos un par de ejercicios, y por último le pedí que me contara algo de su otra vida, algo que me proporcionara algún indicio. Después de un esfuerzo, a duras penas solo alcanzó a medio recordar que se dedicaba a la pintura. Nada más.

      Acabada la sesión, sentí un fogonazo en mi mente; algo así como una fracción infinitesimal de clarividencia, después de muchos años de penumbra. Ambos nos levantamos del diván, aún agarrados de mano.

      —Necesito que me busques en tu otra vida —le dije con cierto aire de satisfacción—, y quiero que apenas me encuentres, me hagas un recuento de todo lo que ha sucedido hoy.

      —¿Y si no te encuentro?

      —Eso significa que yo no existo.

      —Entonces, te encontraré —me dijo y enseguida se dirigió a mi escritorio a recoger la urna donde guardaba el reloj de arena.

      —Prométeme que me buscarás —esta vez fui yo quien imploró.

      —Te lo prometo —me dijo sin voltear a mirarme, justo antes de salir del consultorio.

      Quedé literalmente destrozada, con un sinsabor en el alma y unas ganas inmensas de no volver a hacer nada en la vida; no sé si por temor de perder a Alejandro para siempre, o porque existía la remota posibilidad de que yo tampoco fuera real. Desde luego, era algo más que absurdo, pero aun así me carcomía esa idea. Tal vez por eso me aferré de nuevo a la ventana; quería volverlo a ver cuando cruzara la calle. Comencé a contar para que el tiempo se me hiciera más corto; primero conté hasta cien, después hasta mil, luego hasta dos mil, y así sucesivamente hasta que perdí la cuenta. Pero como Alejandro no pasaba, volví a comenzar por uno, dos, tres, y cuando iba por cincuenta lo vi caminar, haciendo zigzag, tratando de esquivar los charcos. Sufrí una especie de desilusión porque ni siquiera se detuvo a mirar los ventanales de mi consultorio, y más me desilusioné, cuando vi que no llevaba la urna en las manos. Supuse que había encontrado a esa persona especial; por supuesto, tenía que ser alguna mujer. Golpeé la ventana un par de veces con mi frente y quizás hubiese seguido hasta quebrarla, pero creí escuchar detrás de mí, la voz inconfundible de mi asistente. Sin estar del todo segura de su presencia, le hablé de mal genio, sin dejar de mirar la bocacalle por donde Alejandro había desaparecido:

      —¿Qué quieres?

      —Su paciente regresó hace un par de minutos y le dejó este encargo —escuché la voz de mi asistente, esta vez afinada como un coro de ángeles. Me di la vuelta para ver de qué se trataba y me encontré con la urna donde Alejandro guardaba el reloj de arena.

      —Pero… ¿qué significa esto? —me pregunté a mí misma, y antes de encontrar una explicación, mi asistente se apresuró a responder por mí.

      —Él dijo que usted se lo encargó, y que hasta ahora lo recuerda.

      —Pero…

      Tomé la urna entre mis manos y le pedí a mi asistente que me dejara sola. Apenas cerró la puerta, saqué el reloj de arena y lo puse en el aparador, entre dos jarrones de porcelana. Después me recosté en el diván y mientras contemplaba el reloj, comencé a hacer memoria. No recordé nada. Seguí contemplando con profusa dedicación el hilo vertical de aquella arena fina que salía del receptáculo superior y se iba apilando magistralmente en el receptáculo inferior. No lo perdí de vista un solo segundo. De pronto comencé a pestañear; sentí una pesadez en los ojos hasta que el sueño me venció. No sé cuánto tiempo dormí, creo que mucho, lo único cierto es que cuando desperté me encontraba en un lugar completamente diferente. Era una casa campestre, amplia y de una sola planta, con un ventanal inmenso, de pared a pared, adornada por una pintura extraordinaria: un cuadro perfecto al óleo, centrado en el ventanal; se trataba de un vendedor de revistas y periódicos paseando un perro bóxer, ambos con la misma combinación de colores. Quedé algo más que estupefacta, cuando descubrí que en la parte inferior derecha del cuadro, estaba estampada mi firma artística. Me di la vuelta sobre la cama para seguir observando. En una de las columnas de la estructura pendía un afiche categórico sobre lobotomía transversal. La piel se me erizó. Volví a girar sobre la cama y me encontré de súbito con el rostro sonriente de mi asistente vestida de enfermera. «Bienvenida», me dijo con la voz más dulce que he podido escuchar, «has dormido mucho tiempo»… De pronto escuché gritos, gritos de gente desquiciada. Desde luego, eso me impacientó y también traté de gritar y correr. En ese instante entró Alejandro, vestido con una hermosa bata blanca, con un fonendoscopio colgado del cuello y con algo oculto entre sus manos:

      —Lo prometido es deuda —me dijo mientras me entregaba un reloj de arena—. Para la pintora más hermosa del mundo…

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