RAFAEL BOLAÑO MACHACON, EL ÚLTIMO TAMBORILERO


Por: Álvaro Rojano Osorio

Rafael Machacón, como es usual que le llamen, no ha olvidado que aún estaba envuelto en las faldas de “mama”, como identifica a su madre, Pabla Machacón, cuando comenzó a acercarse a las ruedas de baile de pajarito. Ella fue una connotada bailadora tanto en Puerto Niño, donde nació, como en Pedraza. Este, siendo un niño, veía a Mercedes Polo, Mercedes Palacín, Mercedes Martínez, Juan Alberto Martínez, Flor Pérez, a su madre, entre otros, contonear sus cuerpos mientras las voces, las palmas, la guacharaca y el tambor, sonaban de manera acompasada.

Lo de Rafael Bolaño Machacón, como en realidad se llama, no era bailar, ni cantar, era el tambor, su sonido lo atraía, por eso aprendió a interpretarlo. También lo motivaba el ver a su tío, Manuel Escobar Bolaño, tocando el llamador. “Escobalito”, como le decían, era un músico diestro, conocía los golpes del pajarito, del baile de negro, del zambapalo. También acompañaba, con su caja, a los acordeonistas que llegaban a Pedraza a tocar Merengue, además, interpretaba la zambumbia.

Sabía que para ser un buen tamborilero debía aprender los secretos de su tío, la manera de desplazar sus manos sobre el membranófono, de ubicarlo entre sus piernas, de templar el cuero y de acuñarlo. Escuchando y preguntando aprendió a identificar el golpe de pajarito, el baile de negro, el zambapalo y del bullerengue. También supo que existían golpes de tambor aplicados a cantos tradicionales como «Martín Enguayabado» y «La rama del Tamarindo». Para estas los golpes eran lentos, mientras que para «Vámonos caminando» y «Coroncoro», eran corridos.

El tambor con el que inició su camino musical fue el mismo de “Escobalito”, que lo dejaba a su disposición mientras se dedicaba a distintas labores. Después, aprendió a fabricarlo; su vocación de artesano le permitió, incluso, tener como actividad laboral la construcción de viviendas y la reparación de techos de palma sará. Fue su tío quien le identificó la clase de madera que debía cortar para fabricar el tambor, y el cuero de animal que podía usar para forrarlo, así como la manera de sujetarlo a la base del instrumento.

La música tradicional va en su sangre, la recibe de sus familias Machacón y Bolaño, en la que, además de “Escobalito”, fue músico Eugenio Bolaño, que tocaba la dulzaina. En Pedraza, Eugenio, su tíoabuelo, se ubicaba los sábados en la noche en la puerta de Joselito Osorio, para, con su dulzaina, interpretar merengues del río Magdalena.

La puerta de Joselito Osorio, ubicada en la calle segunda de Pedraza, era la del grupo de intérpretes de pajarito del barrio Abajo. Se ubicaban en ese lugar el 24 de diciembre en la noche y amanecían cantando, bailando y tomando ron. A este grupo pertenecían “mama” y “Escobalito”, y fue al que ingresó Rafael cuando este falleció.

Tras la muerte del tamborero Sixto Arrieta, perteneciente al pajarito del barrio Arriba, Rafael se convirtió en el único heredero de la tradición tamborera de Pedraza. Entonces fue usual verlo tocando para cantadores y bailadores como Alejandro Ospino, Ofelia Tapias, Juana Ospino, Candelaria Jiménez, Teódulo Medina y Josefina de Aguas, entre otros.

Con el tambor entre las piernas fue testigo del cambio generacional que se dio en el grupo del barrio Abajo. También lo fue de cómo la tradición del pajarito pascuero y el son de negro fueron sustituidos por el modernismo avasallador de nuevos ritmos musicales y nuevas prácticas carnavaleras. Siempre ha recordado que iba con un grupo de bailadores y bailadoras, incluyendo a sus hermanos Daniel y Pabla, hasta pueblos circunvecinos a robarse el trono o la reina de los salones carnavales. Nunca ha dejado de lamentar la pérdida de esta tradición.

El último evento público en el que participó fue en 2013, cuando se presentó en el festival de Pajarito que organizaban en Cerro de San Antonio. Tocó el llamador en la puerta de la casa del desaparecido músico Pablito Rambal, y cantó Rosendo Muñoz. Mientras tocaba, un grupo de mujeres y hombres pertenecientes a la danza Fusión Rivereña de Bahiahonda, danzaban. Lo hizo ajustado a la manera de interpretar el llamador que aprendió con “Escobalito” y mostrando, aún, destreza en sus manos, pese a la edad y los quebrantos de salud.

Una tarde lo fui a visitar, le llevé un llamador, un joven aprendiz de música para ponerlo a su disposición y le pedí que me permitiera tomarle unas fotografías. Tomó el tambor y me invitó a seguir, entramos a su casa y fuimos al patio. Yo me ubique en una silla plástica a esperarlo que regresara del interior de su vivienda, de la que salió poniéndose una camisa manga larga de cuadros blancos y azules. Traía un sombrero de tuza puesto en su cabeza, se sentó en un chinchorro, ubicado entre dos horcones de un rancho de palma construido por él, y teniendo el tambor entre sus piernas me dijo: ya estoy listo.

El aprendiz solo asistió a dos sesiones de enseñanza. Después, me dijo que un nieto y un sobrino estaban recibiendo sus instrucciones, ojalá continúen, fue mi respuesta. Me preocupó que no lo hicieran. Alguien debe heredar la tradición musical que reposa en las manos del último tamborilero de Pedraza.

Hoy despierto con la noticia de que el viejo Rafa falleció, ¿será que con él murió la tradición?

San Pablo de Pedraza, septiembre 4 de 2020.

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