QUILITEN, ¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!


Sand steenbras (Lithognathus mormyrus), also known as the striped seabream.

Por Manuel Medrano

“Lo que das de corazón, se queda aunque te vayas”.

En aquellos tiempos los cardúmenes de mojarras y de sábalos pasaban muy cerca de la playa. Los pecadores formaban la algarabía y abordaban sus botes con canalete en mano y varios tacos de dinamita para perseguirlos y capturarlos. La explosión se escuchaba en todo el pueblo y los niños, las mujeres y los abuelos se acercaban a satisfacer su curiosidad, y otros se acercaban a comprar el pescado fresco para comer con yuca harinosa o bollo limpio.

El mar lucía como un espejo azul que reflejaba una eterna y diáfana luminosidad, en el día complaciente con el Sol y en la noche coqueteando con la luna y con las estrellas y luceros.

La naturaleza era pródiga y privilegiaba con bondad infinita aquella gente, pescadores y campesinos, que habitaban la Pequeña Aldea ubicada en una ensenada en el Golfo de Morrosquillo, a pocas horas de la isla de Boquerón y de las otras Islas del Archipiélago de San Bernardo. En Quiliten las garzas y las aves marina acudían en bandadas a una especie de laguna de agua salada que se había formado entre el cuerpo manglárico y la Pequeña Aldea.

Los cangrejos, en manadas, invadían las calles y las casas, eran como los cardúmenes de lebranches y sardinas, pero en tierra firme que acudían al llamado de la trashumancia. Una alfombra azul cubría las calles y callejones.

¡Qué tiempos aquellos en Quiliten! Los pobres nunca se percataron de su pobreza y eran felices porque no se daban cuenta de su pobreza. La Pequeña Aldea no tenía servicio de energía eléctrica ni de agua potable, pero su capital humano, irrepetible, era noble, trabajador y alegre. No había ladrones ni drogadictos. El médico era el maestro y consejero, que reclutaba a los muchachos para obligarlos a estudiar, puesto que muchos preferían irse a ayudar a sus padres en las labores del campo, y otros se la pasaban todo el día metidos en la mar.

El primer bachiller fue Felix Antonio Balseiro; todo un acontecimiento en aquella época. Recuerdo que cuando llegó a la Pequeña Aldea le hicieron un gran recibimiento y luego una fiesta que demoró tres días.

De Isla de Palma venia un personaje, el ermitaño Salomón Tous, quien tenía una larga cabellera como la de Jesucristo. Era el dueño de la Isla que venía a comprar provisiones a la tienda de mi madre, Bertha Barragán, allí se encontraba con Tauriano Márquez, un campesino que no sabía leer ni escribir, pero se sabía la biblia al derecho y al revés y tenía una parla que dejaba a Salomón con la boca abierta.

Las linternas, las lámparas de gas y los mechones iluminaban las casas de palmas. En los tiempos de invierno llegaban las tempestades, no hay cosa más horrible que una tempestad en la orilla de la playa a media noche. Mi madre solía poner la linterna en la mitad de la sala y como por arte de magia los vientos huracanados se iban elevando como Remedios la Bella en Cien Años de Soledad. Nadie, nunca me ha podido dar una explicación de ese fenómeno.

Recuerdo que mi madre solamente iba a la parcela de mi padre, Angel Medrano cuando el gusano atacaba los cultivos. Y ella aplicaba el secreto del gusano y era tan efectivo como la linterna en el piso para conjurar las tempestades.

Cuando los turistas antioqueños llegaron a Quiliten atraídos por la belleza paisajística se sorprendían de ver a muchos pescadores con los brazos y dedos mutilados por la proliferación de la pesca con dinamita.

El pueblo se inundaba en los inviernos, pero eso no era noticia en el universo del olvido y a nadie le importaba.

A Quileten ahora lo llaman Berrugas, y los abuelos añoran los tiempos idos. La pobreza los tiene secuestrado y el hambre los azota. Ya se fueron las gaviotas, las garzas y los pelicanos llevándose la policromía de los playones y manglares. Los pescadores ya no ven pasar los cardúmenes del sábalo mayero ni han vuelto a tirar las atarrayas.

Son una especie en vía de extinción que esperan ser reivindicados junto con todo el territorio de la ensenada que se ha quedado sin playas; ahora cuando hagan la carretera de San Onofre al Rincón y a la antigua Quiliten.

¡Qué tiempos aquellos en Quiliten!

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1 Comment

  1. 17 diciembre, 2019
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    Buen texto, levantado obre la ola del paisaje y el ojo nostálgico del hijo cuasiprodigo. saludos

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