QUERÍAMOS TANTO A DIOMEDES


????????????????????????????????????

Por Adolfo Ariza Navarro

Un canto a Diomedes Díaz, seis años después de su partida

Lo primero que diré es que nadie escoge la música que le gusta porque su intérprete sea buena o mala persona. Uno la escoge, simplemente, porque un día la escuchó y le pareció agradable y se sintió conmovido, identificado; por proximidad, por tener la virtud de penetrar como un renovador soplo de aire en nuestras vidas. Luego, si la curiosidad nos abruma, preguntamos por el compositor o por el intérprete de la misma.

La primera canción vallenata que recuerdo haber escuchado fue Lucero Espiritual, el canto inmortal de Juancho Polo Valencia, en la voz del más grande: Alejo Durán. Me impactó tremendamente, no sólo el duro y delicioso acorde de su música, o el tremendo mensaje (que aún hoy muy pocos entienden y aprueban), sino la sonoridad y extraña relación de las palabras que la titulaban. Tenía entonces seis o siete años y jamás me preocupó saber que su creador fuera un bebedor empedernido. Años después observé su entierro de muerto grande y conocí su tumba, la única que, sin pertenecer a un familiar cercano, he visitado en 57 años de vida.

Escuché por primera vez una canción de Diomedes Díaz en el año l978. Fue otra conmoción, menor que la de Lucero, por supuesto, pero estuvo a punto de hacerme expulsar del colegio donde estudiaba. Me suspendieron una semana por ponerla de serenata, en pleno día, y en plena clase, a las peladas de quinto de bachillerato. Con tres compañeros más armamos la canción —de la cual cada uno se sabía parte de alguna estrofa— y equipados con baldes de trapear (improvisados como tambores) y peines (como guacharacas), montamos un conjunto vallenato.

El resultado ya lo anoté anteriormente: suspensión por una semana al término de la cual debíamos presentarnos con un acudiente. Yo no iba a ser tan tonto de llevar a mi padre. ¿Quién se iba a arriesgar a mantear a aquel toro indomable? Me valí de Guzmán, un parrandero y cultivador de marihuana (los traquetos de entonces), que olvidó mi apellido cuando fue a hablar con el director del colegio. “Es mi sobrino, créamelo”, le dijo al rector, que sabía que mi padre no delegaba cuando tenía que ver con la educación de sus hijos.

La canción que armó la charamusquina fue Tres canciones. Aquella en la que el autor le pide el favor a su compadre que, en cierta ventana marroncita, toque tres canciones bien bonitas que a él no le importa si se ofenden.

Esa ventana volverá a aparecer tres años más tarde en un nuevo canto en que el autor se adelanta a pedirle perdón a su amada, por importunarla a deshoras, y luego se desborda con una desfachatez tal que exige para su guayabo jugo de naranja. Su estreno me sorprendió viajando en el “Expreso del Sol”, el único tren que viajaba por entonces a la capital, para empezar mi carrera universitaria. Un bogotano que la escuchó no pudo evitar manifestar en voz alta su desagrado: “¡Qué tipo tan descarado, ala!”.

Para entonces, yo tenía tres años de estar haciéndole seguimiento a las canciones de Diomedes. Al descubrimiento de Tres canciones, le había seguido Surgió una voz, la canción más nostálgica, quizá, de todas las que cantó. Por entonces, yo estaba sufriendo de lo que bautizarían años después como una traga maluca. No comía ni dormía y solo pensaba en el regreso. Hoy creo, sinceramente, que sin la existencia de aquella canción hubiera sufrido menos, pero no experimentaría la conmoción que me asalta al invocar aquel viejo recuerdo. El canto menciona el arbolito que sembró el papá de la novia del autor en un potrero, pero más que un canto (para los chicos de entonces) era como una puñalada en el corazón.

El entusiasmo creció años después cuando grabó Así es la vida al lado de Colacho Mendoza, una de las piezas filosóficamente más conformistas que he escuchado. Meses atrás, al final de la secundaria, Ricardo Pabón, un compañero de curso, había declamado El Soldado en la clase de español y literatura, un canto que había aparecido en el álbum anterior, y ante el cual el Pélida Aquiles, como apodábamos a un profesor que no era de este mundo, pues en vez de escuchar a los Zuleta, escuchaba a Bethoven, alzó la vista para exponer su terrible decepción: “¡Qué poesía de arrabal!”. No obstante, Ricardo fue calificado con un ocho como cinco, mientras yo, que me había quemado las pestañas, estudiando la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, apenas pasé de barrigas con un seis sin consuelo. El colmo de la situación llegó al clímax, cuando Isaac Acevedo, no pudiendo soportar que la declamación de Ricardo se quedara sin el saludo que emite Diomedes en mitad de la canción, gritara: “Oye, Rafael Freyle ¡qué vaina no!”.

Ya instalado en Bogotá, no había mayor satisfacción para un costeño que cantarle a una cachaca los versos vallenatos más escuchados en la radio por entonces: Yo sé que tu cantas vallenato/aunque dices que no gustas del/ sé también que tú lo bailas bien/ y dijiste también que el costeño y que es raro.

En mi caso, de chico tímido, por excelencia (me resultaba más fácil escribir una crónica de nueve mil caracteres que declararle el amor a una mujer), no pude menos que agradecerle a Diomedes que incluyera en su repertorio La Juntera, la canción de Marciano Martínez, su paisano. A ella le debo el recuerdo feliz de algunos buenos amores. No era necesario echar el cuento, la canción lo echaba por uno. Bastaba con invitarla a bailar a una pelada y cantarle cualquiera de sus tres estrofas: Perdóneme señorita/si en algo llegó a ofenderla/ pero es que usted es tan bonita/ que no me canso de verla. Según Ernesto Mcauland, a quien conocí tiempo después en El Heraldo, la canción contenía los cuatro versos más pícaros del vallenato. Una estrofa que no aparece en el cuerpo de la canción cuando fue grabada, pero que Diomedes no dejaba de incluir en las parrandas que por entonces empezaron a ser copiadas en casetes y vendidas como pan caliente. Aquella dice: Apenas la alcancé a ve’/ le pregunté por su nombre/ y una mujer como usted/ puede volvé loco a un hombre.

El delirio siguió con Te quiero mucho y luego con Te necesito. El estreno de esta última me hizo llegar un poco achispado a un examen de taller de periodismo. Resultado: examen perdido.

Hubo un tiempo en que Diomedes se obsesionó por cantar y grabar canciones con nombres de mujeres. Quien más provecho sacó de esta obsesión fue el compositor Calixto Ochoa, a quien le grabó Diana, Marta, Miriam y no sé cuántas otras más. Lo cierto es que en ese momento y durante el tiempo que duraron sonando las canciones, todas las mujeres en el país se llamaron Dianas, Martas o Miriam y no había felicidad más grande que conseguirse una novia que hubiera sido bautizada con alguno de aquellos nombres. Salí damnificado: me levanté (así decíamos entonces) dos Marías, una Juana y como la jugada de la imaginación no podía faltar, una Luisa que se hizo pasar por Miriam que después se ennovió con alguien que la quiso definitivamente por ser Luisa y no por Miriam. Meses más tarde, cuando me la encontré de compras en un supermercado, me juró (cosas de mujeres), que nunca había gozado tanto de la vida, como por los tiempos en que llevó el nombre de una de las canciones de moda de Diomedes Días.

***

A diferencia de la mentalidad oriental, las mentes occidentales, a decir de Erich Fromm, el psicoanalista alemán, no están condicionadas para aceptar la posibilidad de que un corazón humano pueda experimentar dos sentimientos contrarios a la vez, como el amor o el odio. Pensamos que se debe sentir una de las dos cosas, nunca las dos juntas. Amas u odias. Qué se podía hacer con lo que vendría después en la vida de Diomedes.

Nunca los seguidores de su música le retiramos tanto el afecto como en los tiempos en que todas las evidencias demostraron que tenía mucho que ver en la muerte de una de sus amantes, la joven Doris Adriana Niño. No existía justificación alguna para que el cantante se viera involucrado en un crimen de esa magnitud. Matar a una mujer es un crimen que, aunque recurrente en nuestra sociedad (seguimos asesinándolas desgraciadamente), es un acto que no tiene cabida en nuestras mentes. “A las mujeres, ni con el pétalo de una flor”, decíamos en aquellos años de estudiantes.

Diomedes se nos salió del corazón, como tenía que suceder en alguien que se respetara a sí mismo. Quien mata a una mujer (o se sospecha de haberlo hecho), simplemente no tiene cabida en el alma de los hombres. ¿Cuántos de los seguidores de su música no guardaron la esperanza de que Diomedes fuera inocente? Muchos, pero qué va, sus salidas en falso lo hacían ver cada vez más culpable. Por esos días, para decirlo con franqueza, recordé que existía la música de Jorge Oñate y Poncho Zuleta (cantantes que luego sufrirían sus propios dilemas). Rafael Orozco, otro cantante de vallenatos, preferido en nuestros años jóvenes, había muerto en medio de una situación harto oscura, que aún hoy no se ha aclarado lo suficiente.

Los años siguientes se pasaron rememorando viejas canciones: Luna sanjuanera (de otro compositor en problemas), Noche sin luceros (que después grabaría horriblemente Diomedes), Río Badillo, La entrega o Lo mismo me da (del mismo Cacique). Al tiempo, Diomedes nos sorprendería con una nueva embarrada: No quiso asistir al entierro de Juancho Rois, su compañero del alma quien había muerto en un accidente aéreo en el que se pensó en un comienzo también estaba Diomedes. Por las declaraciones de aquellos días, el cantante parecía más preocupado porque su conjunto se hubiera acabado (tres de sus integrantes murieron en el accidente), que por el dolor de la muerte de Juancho. Un año después, buscó el modo de congraciarse con sus seguidores, del único modo que él sabía hacerlo. Componiendo y grabando un canto en honor al fuete de todos los acordeoneros: “Compadre Juancho no fui a su entierro/ porque no quise verlo enterrar/. Porque así/ yo me hago a la idea de que usted/ está viajando lejos/ en cambio/ aquí en el cementerio/ compadre/ me mata la tristeza/.

Si perder es ganar un poco, como asegura un famoso entrenador de fútbol (y ganar, perder otro tanto, digo yo ahora), olvidar es (como tal vez pensaba Freud) colocarle candado a los sitios oscuros de la memoria. ¿Cuántos de nosotros logramos perdonar a Diomedes en este país (país de cristianos, una de cuyas máximas es perdonar los que nos ofenden)? Muy pocos creo. Yo tampoco soy muy fácil para el perdón. Prefiero la indiferencia. Nunca más volví a una caseta o a un baile donde tocara Diomedes, pero, al final, terminé perdonando su música. Y con el tiempo, dejé que volviera a acompañar a Poncho Zuleta y a Jorge Oñate en algunas de mis parrandas (aunque Poncho sufriría su exilio después con su infame saludo a la tierra paramilitar).

A este círculo cerrado, debo decir, nunca han podido acceder cantantes de la talla de Peter Manjarrés, Silvestre Dangond o el gran Martín Elías, el talentoso hijo de Diomedes, quien falleció después.

La canción No era el nido, de José Alfonso Chiche Maestre, interpretada impecablemente por el Cacique, me hizo enamorar por enésima vez y tuvo mucho que ver en mi unión con la mujer con quien vivo y tengo dos hijos. He cantado a grito tendido Tú eres la Reina (Hernán Urbina Joiro), contextuada descaradamente con un poema de Neruda; Era como yo (Efrén Calderón), Delirio (Gustavo Gutiérrez), Mi primera cana, Hija, Ay la vida… Que era alegre y divertida/ con mis canciones sentidas/ vivía como un chupaflor.  

Anterior TELEVISIÓN BASURA
Siguiente Diomedes Díaz Maestre

Sin Comentarios

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *