QUE ALGUIEN LOS ESCUCHE


Por Manuel Medrano

Ni el rey comería si el labrador no labrase la tierra”. Lope de Vega.

 Aún lo recuerdo, imposible olvidarlo; era la primera vez que iba al bello territorio cerca de la Sierra, cuando de repente llegó mi tío Gregorio Medrano, con la mala noticia de que lo había mordido una culebra “X”. Todos los primos nos asustamos, con excepción de mi tío Marcial, quien con serenidad plena empezó a dar órdenes: traigan la hamaca más limpia y comiencen la rutina de cantos y guapirreos para convocar al campesinado para el traslado del enfermo. Salimos de la Sierra en busca del terreno plano tratando de encontrar un vehículo, ya que eran tan escasos en esa época. La hamaca salió cargada por 10 hombres que iban guapírreando y tomando Ron Caña. De vez en cuando le daban un trago al hombre que iba titiritando de la fiebre en la hamaca; a cada 500 metros encontrábamos una delegación de campesinos para hacer el relevo y acompañar al enfermo hasta la casa del curandero. La solidaridad y el entusiasmo colectivo por servir era el lenitivo especial que morigeraba las dificultades del camino bajo una noche pletórica de estrellas y de luna en un territorio empinado y selvático.

Por fin en horas de la tarde arribamos a la casa del curandero, quien se apresuró a darle a mi tío Gregorio una taza de café macho y aplicarle el secreto en el pie izquierdo donde lo había mordido la culebra.

Este episodio ocurrió hace más de 50 años, en esa otra Colombia del siglo pasado, donde se palpaba en toda su dimensión el Estado ausente, solo era matizado por la belleza paisajística, con las aguas diáfanas y cantarinas del Rio Buritaca y el canto de la Pava Congona. Los campesinos desforestaban la tierra para cultivar la malanga, la piña, la caña y el banano para la subsistencia. Los muchachos poco iban a la escuela por las dificultades de la Sierra y la poca cobertura educativa. Parece mentira, pero esa escena dramática de la hamaca utilizada como ambulancia para trasportar a los enfermos, sigue siendo parte del paisaje en los escenarios recónditos y olvidados de la Colombia del Siglo XXI, los campesinos siguen a la espera, han sido atropellados por las guerrillas, narcotraficantes y paramilitares. Algunos desplazados por el despojo de sus tierras, esperando con la fe del carbonero por una reivindicación de un gobierno que contribuya con la recuperación de la red de caminos terciarios y que entienda que hay que fortalecer las manos que siembran y cultivan la tierra para alimentar la patria.

Los campesinos siempre han trabajado la tierra en tiempos de crisis y todos los tiempos, al menos que los desplacen y los despojen. No paran de trabajar porque es su forma de vida y porque de esa labor depende la seguridad alimentaria de ellos y la de nosotros los ciudadanos colombianos.

Según el Ministerio de Agricultura, la agricultura campesina, familiar y comunitaria produce más del 70% de los alimentos del país, es la actividad que más empleos rurales genera.

En un país que siempre anda imponiendo héroes y los elige del corazón del Ejercito, la Policía y hasta de su desprestigiada clase política, olvidan que nuestros verdaderos héroes son los campesinos, por su empeño. Siempre han insistido en sus cultivos, en sus labranzas, en sus cosechas, en la economía comunitaria aun cuando la guerra, el conflicto, el olvido estatal, la injusticia y el modelo de desarrollo excluyente y asfixiante de la burguesía los atropella, porque olvidan que si el campo es vulnerable todos somos vulnerables; a los campesinos se les ha negado todo lo que a otros le sobra históricamente.

“Nada de lo que pasa en el campo se soluciona si nadie escucha a los campesinos, si nadie conoce con seriedad lo que vivimos. El primer paso para resolver los problemas más graves de la tierra y de las zonas rurales es escuchar y reconocer la verdad de quienes vivimos allí”. Dice Edgar Zuluaga de una zona campesina de Caquetá.

“Mientras tanto en los territorios rurales donde la tierra aún es vista por las élites políticas y empresariales como recurso de poder y de riqueza y no como fuente de alimento, sustento y vida, las comunidades campesinas vuelven a ver con miedo como siguen siendo excluidas de los consejos de seguridad en los que esas mismas élites toman decisiones sobre sus ensangrentados territorios”. Dice Pablo Abitbol, profesor Ciencia Política y Relaciones Internacionales UTB.

Es necesario escuchar a los campesinos y de una vez por todas permitir su reivindicación valorando su trabajo: dándoles asesoría técnica y créditos blandos.

Colombia cuenta con 18,4 millones de hectáreas para riego, de las cuales están adecuadas 1,1 millones (el 6%) y muchas están mal operadas; mientras que países como Perú tiene cubierto el 40%; Chile el 44%; y México el 66%. El 65% de los habitantes del campo son pobres y el 60% del empleo es informal.

El Ministerio de Agricultura debe expedir el Estatuto Rural de Trasformación Productiva que el presidente Iván Duque prometió en su campaña para ofrecer seguridad jurídica, establecer reglas claras, simplificar y automatizar los trámites.

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