OJOS DE BÚHO


Por Roberto Molinares

Se trataba de un mal sueño, otra pesadilla, aunque no podía recordar nada. Pasó su mano por el rostro y frotó sus ojos. Observó una mancha difusa sobre la pared que le extrañó. Extendió su brazo hasta la mesita de noche, donde al tanteo halló sus anteojos. Tras colocárselos, descubrió que contra la blancura del muro se recortaba una mariposa hermosa pero aterradora.

      Su infancia se había visto marcada por los más variados temores, pero jamás imaginó que a su inventario agregaría uno nuevo. Su padre le había llevado una tarde a Michoacán cuando iniciaba la llegada de las Monarcas. Lo que al principio le pareció un bosque en llamas, resultó ser un enjambre espantoso de mariposas. Desde entonces tuvo pesadillas en las que sufría una agonía brutal, donde miles de Monarcas entraban por su boca asfixiándolo.

      La que resaltaba contra la pared de su habitación era absurdamente grande. El hombre salió lentamente de la cama evitando hacer algún movimiento que precipitara su vuelo. Descorrió el cristal de la ventana con cautela para que el insecto pudiera escapar. Se dirigió al cuarto de baño que tenía dentro de su habitación. Tal vez, después de una buena ducha terminaría de despertar totalmente. Dio la espalda al insecto con la sensación de que tras él, un experto cuchillero de circo, había lanzado un puñal envenenado. Tenía la esperanza de que el espejismo desapareciera. Todo estaba herméticamente cerrado a causa de la polución. ¿Cómo pues había entrado? Algo fallaba y se inclinó a creer que estaba atrapado de forma increíble en la espiral de un doble sueño.

      El hombre se tardó lo más que pudo, y al emerger de entre los vapores del baño, se encontró con que la mariposa ya no estaba en la pared, sino que se había posado con las alas abiertas sobre la puerta, truncándole la posibilidad de salir de su propia habitación. Era extraño, pero ahora lucía más grande y de forma increíble su diseño también parecía haber mutado, ¿Acaso era otra? ¿Eran dos? El terror también se duplicó. Ésta, era oscura, de un color pardo con tenues vivos azules y un diseño que simulaban dos ojos de búho que parecían mirarlo.

      El sujeto se vistió como autómata. Tomó sus zapatos, pero no llegó a calzarse. Se quedó mirando la ventana considerando una idea descabellada. Llegó a la conclusión que el tamaño del insecto se debía a efectos radiactivos. Los bosques estaban a punto de desaparecer, pero aún así, la Monarca seguía escapando del invierno y se colgaba en impresionantes racimos que amenazaban con derribar los árboles. El hombre dedujo que su única oportunidad era salir por la ventana, caminar por el filo de la delgada cornisa e introducirse por la ventana de la sala. Imaginó que la mariposa escaparía cuando le viniera en gana.

      Asomó la cabeza y observó la ciudad. La brisa contaminada le dio de lleno en el rostro. Sin tiempo para arrepentirse, aún húmedo por el baño, salió por la ventana y descubrió que coqueteaba con el vacío. Sus pies desnudos descansaron sobre el minúsculo borde. Inició la caminata con una sensación extraña. El vacío también constituía un temor primitivo. Afincado en el precario borde, en tensión de brazos y piernas, alargó un paso hacia una saliente, cercana y lejana al mismo tiempo.

Desde abajo venía ascendiendo una nube de monóxido y el sonido amortiguado del tráfico cuando la mariposa decidió iniciar un vuelo que resultó errático e impredecible. El insecto salió por la ventana y se posó en la pared externa del edificio a centímetros de donde se encontraba el escapista en una posición casi insostenible. Parecía una broma de mal gusto, la mariposa le perseguía.

      Los ojos de búho lo observaron unos segundos antes de sentir el vacío. No le pareció una caída, si no un vuelo, como si flotara. En pleno descenso recordó un fragmento del sueño que le había sido esquivo: Cientos de mariposas amarillas le transportaban en vilo. Al menos, no se introducían en su garganta. Rasgando el aire a manotazos, tuvo tiempo para pensar que estaba viviendo la última pesadilla de su vida. La ciudad se acercaba a él con vértigo y no hubo detalle que se le escapara. Había llovido y notó el pavimento mojado. Una señora sacaba a pasear un perro. Vio un jardín con un césped maltrecho y quemado y el detalle del metal pulido de la verja que delimitaba el jardín. En cada barra afilada vio gotitas, que semejaban perlas que reproducían en miniatura su propio reflejo aproximándose velozmente.

Sintió un crujido como si dos lanzas le hubiesen traspasado. Se quedó esperando el choque, pero seguía suspendido como una marioneta.

      Algo eclosionó de su espalda. Dos enormes abanicos de celofán habían rasgado su carne a la altura de los omóplatos. Un par de alas con un extraordinario diseño. Ojos de búho. Una tenue brisa lo envolvió. Alas salvadoras que aleteaban suavemente.

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