OCHENTA AÑOS DE GUILLERMO HENRÍQUEZ


Por Clinton Ramírez C

La pandemia del covid 19 mantiene aislado a Guillermo en Valledupar, ciudad donde vive su hermana Berta y a la que él ama entrañable y furiosamente.

Amaneció, en sus ochenta, oyendo “Caminitos de Contreras”, ranchera cantada por Lucha Reyes y que él oía, siendo niño, amplificada por los parlantes del desaparecido Teatro Astral, de Ciénaga, la ciudad en donde nació a las 2 de la mañana del 10 de julio de 1940, de manos de una partera de la familia.

Me contó, mientras le expresé celularmente mis felicitaciones y le piqué la lengua, que ese día nacieron, en la cuadra, otros dos niños: uno a las 8 de la mañana y el otro a las 2 de la tarde, todos asistidos por las mismas manos ágiles, dispuestas.

Está más vivo que siempre, a pesar de los normales achaques de la edad, y con deseos de volver a Ciénaga, a su casa de la calle donde nació, para revisar algunos cuentos y artículos concebidos durante los cuatro meses que lleva en Valledupar.

Su forzosa estadía ha sido igual de inspiradora como tantas otras. Aprovechó, incluso, para darle el toque final al libro Ramona Henríquez: un amor imposible de García Márquez, recién publicado por Editorial Torcaza, de Sincelejo.

Tiene planes. Irá a Buenos Aires a finales de año. Además, según me soltó, escribe todos los días y escribirá hasta el último momento, un día que sus amigos y paisanos esperamos nunca llegue.

Le debemos mucho a Guille, así muchas veces estemos en desacuerdo con sus posturas o sintamos que distrae tiempo precioso en discusiones inútiles, que bien puede utilizar en sus obras. Es su naturaleza. Hace parte de su obra ser un discutidor irredento y defender a Ciénaga más allá o más acá de toda razón posible. Así lo conocemos y así lo queremos. Nadie sin duda quiere más a su pueblo que él. Nadie tampoco le ha revuelto con tanta pasión esplendores y taras. Quienes quieran comprobarlo enfrenten las páginas de su rica producción teatral: El cuadrado de astromelias, Marta Cibelina, Escarpín de señora, entre otras. Pero igualmente pueden asomarse a libros como El misterio de los Buendía y Cienaguas: la música del otro valle.  Yo, en particular, soy devoto lector de su cuento “Las queridas del diablo”, un texto que me hubiera gustado escribir.

Lúcido, irónico, sarcástico, los ochenta encuentran a Guillermo en plenitud de funciones, con las baterías cargadas para tres revueltas más. Habrá Guillermo Henríquez para rato: una buena noticia en medio de tantas malas que produce  Ciénaga por estos días, presa de los estragos de la pandemia.

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