MÚSICA POPULAR, ARTE Y CULTURA


Por Manuel Medrano

«El arte transforma porque constituye la posibilidad de vincularnos entre nosotros y, sobre todo, porque crea y genera comunidad». Inés Sanguinetti.

Recientemente tuve la oportunidad de ver en las redes sociales un video que cuenta algo que sucedió en los Estados Unidos, que vale la pena compartir con ustedes.  Resulta que un joven vistiendo bluyín y camiseta se bajó en unas de las estaciones del metro de New York, y después de ubicarse en un lugar especial, desenfundó su violín y empezó a tocar bellas y extrañas melodías, pero la gente pasaba sin prestar atención. Durante un lapso de 45 minutos el ambiente se inundó de una música maravillosa que los transeúntes ignoraron totalmente. Pasaron tan raudos y precipitados por el afán cotidiano, que nunca se percataron que era una súper estrella de las Artes quien estaba posando de artista callejero. Se trataba de Joshua Bell, uno de los violinistas más famosos del mundo, el mismo que días antes había actuado en el Symphny Holl de Boston donde los boletos de entradas tenían un valor de mil dólares. El violín con el que había estado tocando en la estación del metro de New York cuesta tres millones de dólares.

En realidad, Joshua Bell es un superdotado de la música; tan es así, que a los 7 años debutó con un concierto de Bach y a los 14 ya era solista con la Orquesta de Filadelfia.

En 1989 recibió el Diploma Artístico en Actuación con Violín de la Universidad de Indiana. Grabó para la disquera Sony Músic, y conquistó a Europa con la Filarmónica de New York.

Pero el caso anecdótico que hoy les comparto no es el único en la trayectoria del violinista estadounidense. Un viernes 12 de enero del 2007 realizó un experimento en el metro de Washington durante una hora. En esa oportunidad tuvo el apoyo del Periódico The Washington Post, como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de la gente. Solo una mujer lo reconoció

El materialismo se ha apropiado del mundo actual y el afán de la cotidianidad no nos permite admirar la belleza circundante, y algunas veces ni el arte, ese catalizador de lo sublime, logra despertarnos de la somnolencia rutinaria.

Lo mismo ocurriría si Justo Almario o Antonio Arnedo se pusieran a tocar con su Saxo, Jazz latino en el parque Santander de Sincelejo, serian ignorados por la muchedumbre sin reconocer la grandeza de los personajes. Pero este es un experimento que es importante repetir con el propósito de abrir muchos escenarios para que la otra música acaricie muchos oídos y mejoremos el gusto de una sociedad que se quedó huérfana de buena música, y ha seguido contemplando la crisis de la música popular inmersa en franca decadencia.

En lo que a la Región Caribe se refiere, territorio tropical de antaño, fértil y llamativo con figuras como Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Alfredo Gutiérrez, Calixto Ochoa, Lisandro Meza, Joe Arroyo, Juan Carlos Coronel, Totó La Mompoxina y Juan Piña, que resucitó gracias al Grammy Latino que recibió en el 2012 con Rodrigo Rodríguez, y a su voz potente y maravillosa.

Mientras esto pasa, no se vislumbra por ninguna parte una generación de artistas que puedan cubrir el espacio dejado por los antes mencionados, que lograron dejar en alto el nombre de Colombia dentro y fuera de la Patria.

Cultura es todo lo que el hombre ha creído, lo que siente y lo que es. El arte tiene que ver con los modos a través de los cuales el hombre se expresa. En algunos países están trabajando con propuestas que buscan la interacción del arte y los procesos de transformación social.

«Necesitamos espacios que eduquen, no solo personas que eduquen».

 

 

 

 

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