MONÍN DE BÖLL


Por: Clinton Ramírez C.

Estaba esa frase suya: voy a botar el mar.

La casa donde vivió Monín de Böll se levanta en una punta de la playa.

      En la franja del acantilado, el mar es transparente y, durante las noches de luces, choca con fuerza contra el muro verdecido, como queriendo derribar no la casa, la ciudad, sino la propia frontera de un universo del que es parte y límite a la vez, forma y fondo, extensión y contenido en una permanente conmoción contra la vida misma. La casa en cambio, la que mira hacia el mar, el cielo sobre ella como una cartografía más grata, quiere ser otra cosa: un mundo anclado en el mundo, la invitación a no tener miedo nunca a la muerte, actitud que lleva a pensar que tal vez haya sido diseñada en una estructura anterior a la del hombre que, de pie en el puente de una goleta, catalejo en mano, la ciudad apenas presentida, la imaginó surgir de entre la bruma del amanecer, al fondo de una montaña imaginaria. Monín le hizo quitar al comprarla el nombre de Minerva. No conforme con este pequeño pero significativo arreglo, le agregó el mirador, consiguiendo meter la casa un tanto más en el mar, en plena ebullición del acantilado.

      La casa tenía una bien ganada reputación heroica. No solo su arquitectura había acumulado elogios año tras año. La historia y la leyenda se habían confabulado también para ubicar en ella, un poco en su contra, el cuartel intelectual de la última revuelta liberal que promoviera Benjamín Amador, el abuelo de Félix: revolución de patio que, en la plaza de tierra de Ciénaga, una tarde calurosa, recogiera, próxima a capitular en Neerlandia, el último revés. La había hecho construir, a finales del diecinueve, el comerciante portugués Argemiro de Lisboa, y, según podía leerse en un viejo tomo de la notaría de la ciudad, la cedió a su mujer, una Lucina Spinoza joven y feliz, como regalo de boda.

      El mar de leva había logrado saltar varias veces la frontera de la ciudad. El viejo hospital público había sido una de sus víctimas más prolongadas. En vez de haberlo echado al suelo de un manotazo, minó su base con tanto cálculo y tal decoro que resultó imposible, muy a pesar de algunas reparaciones extraordinarias, continuar en él. Una noche de mediados de siglo, en mitad de una noche de huracanes, se escuchó un toque de estrépito que inmovilizó a muchos en casa e hizo pensar en la definitiva avalancha del mar. Nadie salió a verificar el fenómeno, sobrecogida como estuvo la ciudad, pero al irrumpir la mañana, cuando en la torre de la iglesia el bronce llamó a misa de cinco, la gente confirmó la desaparición del edificio. Una estela de ruina, indiferente al primer sol matutino, flotaba frente a la playa como una nave que hubiera perdido el rumbo en la tormenta.

      Monín, de pie en el mirador, cubierta con una mantilla azul eléctrico, atenta a  la fuerza de la noche, asistió fascinada al espectáculo, inmersa en un silencio de ídolo antiguo, dichosa de contemplar, en la acción de la naturaleza, la exteriorización de un espíritu entrenado en la misión de nunca transigir.

Félix encontraría natural que Monín hubiera asumido esta actitud de indiferencia, fascinación y regocijo. Costaba esperarse una actitud diferente de un ser que había aprendido a no temer al mar, sino a leer en su obra diaria —el golpe de la marea contra la sombra del alpende en el muro verdecido— la fuerza de un mundo deseoso de un desborde hacia un plano menos terreno. No advirtió a nadie del inminente hundimiento del edificio en el mar, sino que, enterada del evento, apoyada en ciertos cálculos, se preparó para gozar en solitario la abdicación de la piedra a manos del avance de las aguas.

      Las autoridades locales fracasaron en el propósito de hacerla abandonar la casa. A través de Sara Fergusson hizo saber que permanecería en ella así el mar, una noche, la arrastrara hacia el fondo —donde existía una ciudad submarina— tal y como hiciera con el antiguo edificio del hospital: aquella inconmovible estructura que bien hubiera podido atribuirse a una pincelada de De Chirico o a la imaginación de su querido Magritte.

      Tal vez haya anhelado para ella, pensó Félix alguna noche, detenido al pie del mirador, revisando algún oficio, el previsto final de la vieja edificación pública, hundimiento en el que percibiría, sin duda, la manera más apropiada de reintegrarse a una substancia única, sin afuera ni comienzo, puro efecto y causa de sí misma. No pensó nunca en mudarse, ni tomó ninguna precaución, como le sugiriera en varias oportunidades Antoni de Torres, pero tampoco pudo ver satisfecha su aspiración de morar en el fondo del mar y menos —escúcheme bien— su sueño de ser enterrada en el cementerio de una ciudad submarina. Muerta en el baño de la casa, la primera noche de un prolongado fin de semana, había sido enterrada, sin mayores honores, en una tumba ajena, sin ángeles, sin lápida, en la parte más ruinosa del cementerio local. ¿No constituía ello —toda su historia— una auténtica ironía? Félix, en su pretensión de mantener a salvo la vida de su personaje, prólogo tras prólogo, prefería encerrarse en un metódico silencio de ídolo etrusco.

      Adquirió la casa en una suma superior a la prevista, sin regatear un centavo, como pretendió Sara Fergusson, a la aguda Lucina Spinoza, la viuda del hombre que, un par de años antes de la negociación, sin mediar explicación, se pegara un tiro en el jardín interior de la casa, en el triángulo de tierra donde él mismo sembrara aquellos tulipanes que, sin faltar al rigor, ardían al contacto con la brisa vespertina. Al mudarse, luego de examinar un poco aquí y allá, reservó para ella la habitación del ala derecha de la edificación, desde cuya ventana, abierta al cielo, el mar solía ser no una fuerza en revolución, sino una gama de colores en procura de quietud. Hizo recubrir de yeso todas las paredes y en un ángulo de la habitación logró que un maestro de obra le anexara un baño con tina pompeyana. Las otras dos habitaciones superiores, amuebladas con acierto y buen gusto, las destinó y acondicionó para alquilarlas a turistas extranjeros que Sara Fergusson, siempre atenta a la economía y el bienestar de Monín, les recomendaba generosamente. En la parte inferior, la casa ofrecía, siguiendo el trazado de un plano transversal como el que Félix hiciera en su oficina de Nueva York, una sala-comedor amplia, dos habitaciones —una de ellas destinada a un servicio inexistente—, una ducha para sacarse el agua de mar, y otra pequeña sala, contigua a la cocina, en donde Monín veía T.V., oía música en la pianola y festejaba veladas, con motivo de sus cumpleaños, en la compañía de los tres amigos que tuvo en la ciudad. Estas veladas, muy comentadas en algunos círculos de la ciudad, acaso hayan sido los únicos momentos públicos de Monín de Böll y quizás también las únicas celebraciones ofrecidas en toda la historia de la casa, ya que, con excepción de la fiesta de boda de Argemiro y Lucina Spinoza, nunca en ella se festejó lo que se dice nada. Sin embargo, las celebraciones, discretas y encantadoras, según escribiera en el exordio de Música de Cámara Antoni de Torres, obra que el dramaturgo catalán dedica a Monín, habían sido condenadas igualmente a hacerse infrecuentes en la medida en que el tiempo, máquina minuciosa al fin, pusiera fuera de circulación a dos de ellos. A Augusto Hidalgo, quien, al parecer, segó su vida ingiriendo una dosis invisible pero mortal en el Hotel Tobiexie. Más tarde, a Sara Fergusson, la ex administradora del hotel, muerta una mañana brumosa en Nueva York, víctima de un cáncer que le secó el espíritu, le arrancó el cabello reluciente y le destrozó la matriz. Roto el grupo entonces —a Félix no le agradaba esta parte de la historia—, quebrada una vez más la línea de la vida, le quedó la amistad espaciada de Antoni de Torres, en cuya compañía Monín celebraría sus últimos cumpleaños, y a quien ella contó, según este confesara a Félix, parte del misterio —para ella jamás hubo tal— atribuido a su vida. Quizás a Antoni llegó a quererlo más que a sus otros dos amigos. Solo para él, como un acto irrefutable de amistad, aceptó bailar, en la pequeña sala de la casa, a la luz de una bujía parpadeante, un pasaje de Isolda y el epílogo de la Muerte del Cisne (Félix no perdía detalle), pieza que Monín bailó, ínter nos, el día que en el proscenio del Astral puso fin a su carrera artística sin aviso alguno.

      La mañana de su muerte, la casona, sólida, infranqueable, no solo había terminado de girar durante la noche trescientos sesenta grados sobre un eje fraudulento, como anotara la mente proclive al estigma y la burla de Alicia, la hermana de Félix, cuando este, jamás satisfecho, insistió en los detalles de la víspera del hecho, sino que amaneció oliendo a materia descompuesta, olor semejante al que en verano el mar deposita en la playa para fastidio de la ciudad.

      La fetidez se hizo tan insoportable que el vecindario empezó a arremolinarse alrededor de la casa. El negro Giorgio, el criado, sería el primero en saltar la verja. La visión del jardín le confirmó la sospecha del vecindario. El encendido de los tulipanes había desaparecido del patio de tierra y un fuerte tufo a cosa muerta mantenía la casa sumergida en un tiempo misterioso, inhumano. El muchacho tomó corriendo la escalera de piedra labrada, entró a la habitación de Monín y procedió de un tirón a abrir las ventanas, para que la mañana sacara de la casa aquel horrible hedor a carroña.

      En el suelo del baño, embaldosado a la manera catalana, yacía Monín, muerta y asombrosamente desnuda. Tenía el cabello rubio echado a un lado y, a la altura de la boca, lucía una enigmática mueca de artista en éxtasis. El muchacho, conmovido ante aquella mezcla de dureza y gracia, sorprendido en su ignorancia servil, a punto de llorar, se inclinó sobre Monín y trató de cerrarle los ojos aceitunas, en cuyas pupilas la vida continuaba resplandeciendo —cosa que el negro no precisó—, pero la peste a sangre rancia y la fría hermosura de cartel de Monín le impidieron ejecutar este acto de elemental humanitarismo. “Me estaba mirando, y no permitió que la tocara”. Lleno de reverencia, la mano en la nariz ancha, salió de la habitación. Tomó el camino de la escalera y reapareció, lívido y sudoroso, en el patio que el vecindario había invadido:

      —Un médico —alcanzó a solicitar. —En medio de los tulipanes, al pie de la fuente veneciana, empezó a vomitar—: ¡Está muerta!

El mar continuó reventando contra el muro verdecido, a la altura de la sombra del alpende del mirador, la brisa se hizo fuerte en el vecino bosque de almendros durante las noches, pero el hedor a sangre, a carroña y a tulipán muerto, muy a pesar de la lluvia de los meses y de los esfuerzos diario del negro Giorgio, se tomó tiempo en abandonar la casa en donde Monín de Böll, la ex bailarina húngara de la Ópera de Berlín, viviera treinta y dos años y fuera, de una manera solo esencial a ella, feliz.

Tomado del libro Estación de paso (1995)

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