MINICUENTO TERRUÑERO


Por Roberto Samur Esguerra

Cuando el loquito del pueblo oyó decir que una vez desaparezca el funesto virus chinesco, habrá cambios profundos en nuestro comportamiento social, de inmediato comprobó que el único loco no era él. Y cuando también oyó a otros que pensaban que todo seguirá igual, por las inconsecuencias del hombre, embebido en la noción del Carpe Diem para vivir el momento como si fuera el último, entonces ya el loquito no sabía dónde estaba la verdad, o esa razón de la que tanto se ufanan los que se creen cuerdos, si  por su experiencia andariega conocía que el ser humano, por más acto de contrición, propósito de enmienda y mejoramiento espiritual que ofrezca bajo la presión del miedo, siempre actuará como el ateo que se persigna muchas veces, reza el padre nuestro y se encomienda a Dios, antes de subirse al avión.

Lo que el loquito oía, nada tenía que ver con tantos ensayos con pretensiones científicas que ahora pululan en los medios, sino con asuntos menores, propios del terruño, como saber si cesarán esos fastuosos festejos que se realizan en todos los estratos, sin distingo de capas sociales, pues en todas hay quienes empeñan sus bienes por causa de  un cumpleaños, un bautismo, un grado, o un matrimonio; o si se cancelarán las bullangas, con las que dicen celebrar las festividades en todos los pueblos y ciudades del país; si volverán las amenas tertulias; la penumbra de los cines para las parejas de enamorados; el circo o la ciudad de hierro; las peregrinaciones a los santuarios milagrosos para agradecer el  favor recibido, o para  pedirlo; las serenatas frente al  balcón y el corazón abiertos de la mujer amada; lo baños de mar o de río; la vocinglería de los estadios; la histeria colectiva de las muchachas en los frívolos ‘conciertos’ vallenatos; las caravanas urzolanas para bailar porros en la alborada de Pelayo; los montepíos, para rescatar los chécheres empeñados, así como, al fin, quedó la guitarra de Camilo.

―No está claro ―afirmaban algunos―, si veremos a los niños aprovechar los soplidos de san Lorenzo, para elevar sus barriletes, o jugando a los vaqueros en caballitos de palo, bajo las lluvias o soles de enero, o tomando su primera y última comunión con recogimiento practicado. Como tampoco lo está, si algún día, alguien con memoria les dirá a sus nietos cuándo fue la última vez que asistió a un baile de gala, si los clubes cerraron sus puertas, últimamente abiertas; o a un fandango, si las fiestas de toros desaparecieron sin necesidad de decreto.

―Es posible ―decían otros―, que el policía desaparezca; que no queden presos en las cárceles; que nadie esté dispuesto a encender los motores para la luz o para el agua; que se clausuren los hospitales; que los abogados no cacen pleitos, si los juzgados cerraron, esta vez sin disimulo.

Fue, entonces, cuando el loquito del pueblo empezó a pregonar que no había respuestas para nada de eso, porque ya nadie con suficiente juicio, quedaría para intentarlas.

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