MERMELADA Y FANATISMO


Por Manuel Medrano

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Era gerente de una estación de radio en Sincelejo, cuando recibí una llamada de uno de los socios, de dicha emisora, para anunciarme que Juan Manuel Santos Calderón se encontraba en su residencia, en el barrio Venecia. Había venido a promocionar su libro que parodiaba la obra que había publicado en Europa el entonces Primer Ministro Británico Tony Blair, La Tercera Vía.

No lo pensé dos veces, de inmediato fui a conocer al personaje, y aproveché para invitarlo a mi programa de radio en vivo, logrando hacerle un reportaje de 80 minutos. Me contó que, finalizada su visita al departamento de Sucre, partiría para Londres a atender unos asuntos de la Federación Nacional de Cafeteros. Solía leer sus columnas en el periódico El Tiempo, jamás se me pasó por la mente que sería presidente de Colombia.

En tanto que, con Álvaro Uribe Vélez, la cosa ocurrió de forma diferente. Cuando él aspiró a la presidencia, el abogado Felipe Villegas Ángel me contactó para que actuara como maestro de ceremonias en un acto político que se realizó en el desaparecido Club Campestre de Sincelejo, con la presencia protagónica del candidato Álvaro Uribe Vélez. En esa oportunidad lo conocí a él y a su esposa Lina, a quien entrevisté y acompañé al periódico para un reportaje.

La labor periodística me ha permitido conocer a muchos personajes de la política colombiana. Entrevistarlos y seguir de cerca sus carreras me he percatado que no hay mucha diferencia entre ellos, y que, además, existe una falta de compromiso con esa otra Colombia que ha venido creyendo en un proyecto democrático ambiguo que le han vendido engañosamente. Después de sendos periodos de gobiernos con relecciones incluidas, queda el rescoldo de lo que pudo haber sido y no fue, pero que el fanatismo provincial y lo que llamarón mermelada, dividió a un pueblo que no tiene plena conciencia de su valor intrínseco como ciudadanos que no merecen el trato de tercera al que han sido sometidos en todas las presidencias, donde se privilegia a una cúpula conformada por áulicos, fanáticos y una extensa servidumbre.

Se autodenominaron Santistas y Uribistas que se maltrataron verbalmente, haciendo mucho énfasis en una supuesta traición de Juan Manuel Santos a Álvaro Uribe Vélez, porque según las normas del clientelismo perverso y cizañero, se empoderó de la presidencia, la cual consiguió con la ayuda e influencia del todo poderoso dueño del Ubérrimo y de medio país e hizo caso omiso de sus instrucciones. Esa traición fue tan cacareada, que intentaron rebautizar a Santos como el gran traidor de la Patria.

Los acuerdos políticos en Colombia siempre han estado henchidos de perversidad y del componente más importante: La Corrupción. Nunca los acuerdos benefician al pueblo, que siempre es víctima del engaño y la manipulación. Álvaro Uribe, coronó con la presencia del Ejército en las carreteras, dando sensación de seguridad a los ganaderos y después quedó remarcado con la era depredadora de los paramilitares que se asociaron con los gobernadores, alcaldes y las fuerzas públicas, dejando un legado de masacres y dilapidación de los recursos públicos. Aplacó la Guerrilla de la Farc y dio de baja a varios de sus líderes más visibles. Juan Manuel Santos se la jugó por los Acuerdos de La Habana, y contra viento y marea ocasionados por su enfermizo opositor, quedó para la historia por el respaldo de la Comunidad Internacional y por los cambios que evidentemente se han dado en el país y que no han podido ocultar con la continua flagelación a que han sometido los Uribistas la implementación de Los Acuerdos con el auspicio anfibológico del presidente Iván Duque. Han intentado acabar con la JEP, Justicia Especial para la Paz, para que no se sepa la verdad, y no han sido claros con el apoyo a la implementación de Los Acuerdos de la Habana.

La expulsión de Colombia de la más importante Red de la Memoria demuestra, como tácticamente se ha ido moviendo la estrategia para estimular la afectación de los Acuerdos de la Habana e impedir la culminación trasparente de una apuesta que solo favorece al pueblo colombiano que desea vivir en Paz. Los 50 años del conflicto armado provocaron la muerte de más de 220 mil personas, y la desforestación y la erosión de la tierra causaron un daño devastador en el campo.

Es necesario una educación universal en las zonas rurales, con acceso a educación preescolar y secundaria, además de agua potable, como reza en los Acuerdos.

Le falta de voluntad política del gobierno actual para iniciar con decisión y sin prejuicios lo que para quienes quieren la paz es un compromiso y para los uribista fue un capricho de un tipo que quería ganarse un premio Nobel y además no les cumplió un acuerdo político después de apoyarlo para que fuera presidente de este proyecto de país, ha estado a punto de acabar con el Proceso de Paz. La mala fe y los intereses creados han estado por encima de los intereses comunes; por eso han intentado desprestigiar el Premio Nobel de Paz que le entregaron al Presidente de Colombia. En su obstinación siguen irresponsablemente culpando al gobierno anterior de lo divino y humano del acontecer cotidiano en nuestro entorno, se comportan como protagonistas de cualquier obra surrealista, en vez de dejar tanto odio y fanatismo retomando el camino de la política decente, donde brille la trasparencia, de tal manera que la doble moral, el cinismo politiquero, el clientelismo, los privilegios, la mermelada y el fanatismo sean cosa del pasado, y trabajemos hermanados por una Patria Grande y Prospera donde todos seamos iguales y tengamos las mismas oportunidades y no existan ni Uribistas ni Santistas.

Solo entonces podremos exigirles a quienes nos gobiernan que pongan su empeño para no dejar espacios en el territorio colombiano para los violentos, llámense guerrilla, paramilitares o narcotraficantes. Muchos colombianos que vivían en zonas controladas por la guerrilla de la Farc, siguen esperando la llegada de carreteras, escuelas y energía eléctrica. La promesa del gobierno de apoyar el desarrollo rural fue una de las grandes motivaciones para que la guerrilla renunciara a la lucha armada.

El compromiso de lo firmado que abarca tres períodos presidenciales, no debe estar enmarcado en caprichos, sectarismos, mermelada y fanatismo.

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