LOS PERROS DE FLORENCIA


Por Manuel Medrano

Cuando los países se desmoronan y se caen, lo único que queda de ellos es la cultura, por eso es tan importante”.  Juan Luc Godard

Cuando se sale en las mañanas en busca de una bocanada de aire puro a hacer ejercicio, y, al mismo tiempo, disfrutar de la belleza de nuestro amanecer tropical, se nota con extrañeza, en la cancha del barrio, la actitud cuestionable de otras personas que también están en el mismo lugar, a la misma hora, pero parecen poco importarles la actividad física mañanera ni la contemplación del amanecer pletórico de arreboles. La misión es otra, contaminar el ambiente, por eso no les importa respirar el aire fresco y tempranero. Simplemente creen tener el mismo derecho de quienes están allí con la intención de mantener un buen estado físico o por recomendación médica para estabilizar la presión o simplemente porque les encanta la práctica del deporte.

¡No! están sacando los perros para que hagan sus necesidades fisiológicas en la cancha o sus alrededores y se notan tan tranquilos y decentes, cuando realmente no lo son. No recogen los excrementos de sus adoradas mascotas y les importa un carajo que el colectivo ciudadano que utiliza ese espacio para lo que fue concebido, resulte pisoteando los excrementos de sus perros.

En pleno siglo XXI, esto suele suceder en algunas ciudades de nuestra querida Colombia y Sincelejo no es la excepción; especialmente ahora con la proliferación de los personajes defensores de animales. Los ciudadanos han quedado en desventaja. A los animales no se les puede tocar ni con el pétalo de un rosa, pero sus dueños se portan peor que sus mascotas y no saben aprovechar el espacio de todos como lo es el espacio público, donde los derechos de cada quien deben ser respetados. Sin embargo, suelen pasarse por la faja el nuevo Código de Policía y nadie se atreve a llamarles la atención por temor a encontrarse con un remedo de la madre del Flecha, celebre y pintoresco personaje de la bacanería que retrata el escritor Cordobés, David Sánchez Juliao en su literatura de cassette.

Los perros se tomaron los hogares de Sincelejo, aunque parezca mentira en algunas casas hay más perros que gente. Pero hay un barrio donde los perros hacen de la suya, sus habitantes posan de estar mejor estratificados que cualquiera que trate de quejarse de la bulla y los aullidos de estos canes.  Florencia tan solo es un barrio de la capital sucreña, que no tiene nada que ver con la obra del premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa ni con su libro La Ciudad y los Perros.

En algunas residencias hay más perros que gente y todos se van a trabajar dejando sola a la jauría y comienza la algarabía y la contaminación auditiva a afectar el vecindario, en especial a los adultos mayores que son más vulnerables al aullido de los perros.

Vale la pena recordar que hubo un tiempo que existía la creencia que la costeñidad se expresaba a punta de bulla y de vallenatos, y en esa época el flujo de estudiantes costeños que iban a estudiar a las universidades bogotanas era considerable y esto ocasionaba enfrentamientos entre cachacos y costeños.  Por supuesto se fueron generando unos odios recalcitrantes, los costeños con su música estruendosa ofendían a los cultos interioranos y siempre terminaban llamando a la policía. Estas acciones se tornaron repetitivas todos los fines de semanas y esto generó la aparición de frases que tomaron mucha fuerza en los círculos estudiantiles: “Haga patria mate un costeño”. “Costeños folclóricos y flojos”. Las paredes de los baños eran decoradas con frases agresivas en el territorio cachaco.

La falta de respeto a los demás provoca estos comportamientos y confunden las costumbres con los hábitos, y, los hábitos con tradiciones; la falta de cultura ciudadana altera la convivencia. Afortunadamente, los movimientos culturales, y la música, sobre todo, fueron morigerando el comportamiento de los estudiantes y el surgimiento de escritores, deportistas, compositores y cantantes tuvieron mucho que ver con el cambio de actitud de ambos bandos, cuando todos empezaron a admirar a las grandes personalidades del Caribe Colombiano con renombre nacional como: Lucho Bermúdez, Gabriel García Márquez, Kid Pambelé, David Sánchez Juliao, y Carlos Vives. Costeños que apaciguaron la animadversión y lo bogotanos empezaron a cantar los porros y cumbias de Lucho Bermúdez y su Orquesta, del maestro José Barros y a alegrarse del crecimiento literario de Gabo.

Pero el caso de los perros del barrio Florencia, no tiene remedio, los ladridos y los aullidos continuarán porque no existe ninguna consideración con los vecinos quienes seguirán tratando mejor a los animales que a la gente, por ignorar que la cultura ciudadana engloba la protección y la promoción de normas y valores compartidos por los habitantes de los pueblos, que permiten la convivencia pacífica entre los seres humanos y reguardan el patrimonio común. El vínculo entre cada persona y el entorno y su conducta en los espacios públicos y en el vecindario debe ser sagrado.

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