LLEGÓ EL VERANO


Por: Jhonny Polo

Yo les digo compañeros míos llegó el verano, llegó el verano, ahora se ven los arboles llorando viendo rodar su vestido”. Así describe poéticamente Alejo Durán en una de sus canciones a esta época seca del año. Por estos días en el caribe, los pastos se marchitan, los arboles quedan desprovistos de hojas como esqueletos gigantes. Es común ver en las vías, interminables filas de ganado arreados por mozos a caballo que, en medio de una retahíla y cantos improvisados, conducen las reses hacía la ciénaga. San Benito Abad, es uno de los destinos de esa práctica trashumante, gracias a la riqueza hídrica que lo circunda.

En verano, las aguas de la ciénaga bajan considerablemente y, donde antes podría sumergirse un barco sin que nada de el aflorara a la superficie, ahora se puede jugar un partido de fútbol. Un pasto verde y compacto crece exuberante en lo que en el invierno es un piélago de aguas diáfanas

Cuando era niño disfrutaba correr por las orillas expuestas que dejaban las aguas que se habían alejado. Hurgaba en los intersticios del terreno cenagoso y cuarteado a las anguilas que plácidas dormían en la humedad del subsuelo.

Sin embargo, todo eso que pareciera ser una romántica postal, no deja de convertirse en una amenaza latente, pues, con cada verano, la proporción de tierra que deja al descubierto las retiradas de las aguas, es más extensa; cada vez el sedimento va abonando grandes extensiones de ciénaga. A este paso, con el tiempo, solo quedará el enjuto río San Jorge serpenteando a través de los mustios terrones, como un uadi  del desierto.

La tala indiscriminada de los bosques de mangles, la minería desaforada, entre otras acciones humanas, han contribuido en gran manera al deterioro ambiental; lo más triste es que, nosotros no hacemos conciencia y los entes gubernamentales no se han interesado lo suficiente en el flagelo, tanto como para tener un plan urgente de salvaguarda de nuestra riqueza hídrica.

Los que habitamos esta mágica región, no nos entendemos sin el agua, en efecto, Fals Borda, el muy citado sociólogo barranquillero nos dio el apelativo de hombres hicotea: vivimos un tempo en el agua y otro en la tierra, pero es el agua la que nos da el sustento. Ojalá cuando se haya secado todo, no nos toque llorar como los arboles de la alegórica canción de Alejo Durán con la que abro este artículo.

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