A PROPÓSITO DE JUANCHO, EL DELFÍN

Por: Amaury Pérez Banquet

Mis hijas me enseñaron a ver películas “infantiles” hace varios años. Recuerdo que las dos primeras veces que las acompañé a cine fui un tanto obligado, pero después me di cuenta de que disfrutaba igual, o más que ellas las películas. Y es que se habla de cine “infantil”, pero en realidad es cine familiar. Ningún padre dejaría ir solo a su hijo de cinco años a cine. Tampoco es lo mismo que lo acompañe la empleada de servicio o el jardinero de la casa. Es cine familiar. De manera que los realizadores de este tipo de cine siempre tienen que estar pensando en propuestas que sean atractivas tanto para un niño de cinco años, como para un adolescente y, desde luego, para una persona adulta. “Alicia en el país de las maravillas”, es una dentro de tantas obras de arte que he disfrutado junto con mis hijas.

Y la misma opinión que tengo sobre el cine “infantil”, la tengo sobre la literatura “infantil”. El escritor que tiene la habilidad de escribir para niños, creo que lo primero que hace es pensar en cómo sería la lectura que un adolescente y un adulto le haría al texto que pretende escribir. Es decir, tiene que escribir un texto para todas las edades. Para mí, eso es ser un héroe.

Anoche terminé de leer Juancho, el delfín, la obra más reciente del escritor Sucreño Ignacio Verbel Vergara. Quedé gratamente sorprendido y orgulloso de ser su amigo. Es una novela “infantil” pensada y escrita para toda clase de público. Me la gocé en el buen sentido de la palabra: a veces consciente de la edad que tengo, y a veces imaginando ser un niño.

Es un libro completo desde todo punto de vista. El mundo marino que Ignacio Verbel nos dibuja a través del hilo narrativo, está cargado colores, de magia, de sabiduría, pero ante todo de Humanidad, aunque los personajes sean animales. Hay una Biblia de los delfines donde está plasmado el génesis de los mares y los seres que lo habitan. Me pareció fascínate, como desde la vida en el mar, se otea el mundo terrestre y luego hay una denuncia acertada sobre uno de los tantos males que golpean nuestra sociedad. En este caso, los niños de Tolú que no pueden ir a la escuela porque tienen que trabajar para mantener a sus familias. Y es Juancho, el delfín, quien se “apersona” de este flagelo que no es únicamente de Tolú, y lucha contra viento y marea hasta que resuelve el problema. Pero ese no es el detalle; lo que tengo que aplaudir, es la lucidez con que Ignacio Verbel Vergara vuelve tan verosímil algo que es imposible.

La construcción de los personajes es milimétrica, el narrador en tercera persona es audaz y los diálogos son tremendamente magistrales, sobre todo cuando interactúan los animales con los humanos. Hay una historia dentro de la historia tan bien llevada, que para nada distrae al lector, por el contrario, le da más volumen  al hilo narrativo.

No solo Juancho, el delfín, se va a quedar el corazón de todos los lectores, sino los demás personajes: Pacho, primo de Juancho; Fabián, el delfín sabio y compresivo; Nagún, el mítico delfín de antaño y Nara, su amiga humana; El maestro Dano, otro delfín sabio de mares profundos; El congrio parlanchín; Petra, la tortuga centenaria; El cangrejo sandunguero que no paraba de bailar; Ofir, la hermosa delfín que termina siendo la esposa de Juancho; La gaviota cómplice de Juancho; El abuelo Lencho; Pimienta y Pepe, que son los niños toludeños, vendedores ambulantes.

Felicitaciones a Ignacio Verbel Vergara por esta obra tan exquisita, que sabe usar de pretexto para mostrarle al mundo nuestro entorno mágico: Tolú, Múcura, Verrugas, El francés, Cispatá, Coveñas, Cartagena y Sincelejo…

Ahora, luego de la relectura, le pregunto a mi amigo Ignacio: ¿Por qué no hay ni un solo caracol en la novela…?

Sincelejo, julio 27 de 2017

Media hora después de medianoche (12:30 am)

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