LA ÚLTIMA COLUMNA


Por Manuel Medrano

“Si tienes que escoger entre tu ética y tu trabajo, escoge tu ética. Siempre puedes encontrar otro trabajo”. Sallie Krawcheck

Resulta frustrante observar, como quienes ostentan el poder no toleran el ejercicio del periodismo crítico y cuestionador. No logran comprender el valor significativo que este tiene para el desarrollo formativo de la ciudadanía y un puntal de acero en el que se fundamenta el periodismo como una especie de contra-poder para mantener el equilibrio democrático.

El poder suele obnubilar y enfermar a una caterva de individuos, los cuales son proclives a utilizar el atropello y el revanchismo contra figuras representativas de ese periodismo mordaz que incomoda a los gobernantes. En Colombia con mucha frecuencia se presentan casos severos de connotación nacional o regional. En la era del presidente Andrés Pastrana se presionó a la empresa Caracol Radio para que de manera abrupta saliera del Programa la Luciérnaga el periodista Edgar Artunduaga que se había convertido en una piedra en el zapato para su gobierno. Ante esta situación el director del programa, Hernán Peláez, vinculó, contra viento y marea, al escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien resultó ser más contundente con sus comentarios pletóricos de sarcasmos e ironías. La dicha de la audiencia duró muy poco. En el gobierno de Juan Manuel Santos la censura anfibológica se hizo notar. El gran escritor y periodista fue despedido de la Luciérnaga. A través de la pauta oficial el poder dominante ha logrado convertir en áulicos a muchos periodistas y contaminar a los medios de comunicación con el síndrome de la manipulación que tanto afecta y debilita el ejercicio de la ciudadanía activa.

Ahora, Gustavo Álvarez Gardeazábal nuevamente es atropellado por la censura y acaba de retirarse de manera definitiva de los medios de comunicación. «El oficio de columnista ha pasado por muchas variables en los 50 años que llevo ejerciendo. Cada vez se ha convertido en mucho más molesto que cuando los intocables de siempre prefieren disparar para acallar. La creciente irresponsabilidad que generan las redes, la velocidad con que se fusila moralmente a quien se atreve a escribir columnas vaciándolo con falsas noticias o con insultos a doquier lo ha hecho un oficio, a más de riesgoso, infinitamente fastidioso. Últimamente, en la medida en que a las redes y correos cualquiera tiene acceso y libertad para que opine o pontifique sin importar ni mediar su nivel cultural me he ganado baldados de insultos y multivariedad de estigmatizaciones que a mis 75 años no creo que deba seguir recibiendo. Por otro lado, día a día, me he ido convenciendo de que mis apreciaciones buscando la certeza son tan despreciables y tan poco valoradas en el transcurrir de Colombia que me siento un orate predicando en unas de las esquinas de Tuluá, donde no puedo volver desde hace 5 meses porque el alcalde, por una columna, me ha tirado a 511 perros de presa. Nunca he pretendido ser el orientador de la opinión nacional, pero frente a lo que pasa por estos días, y que va a pasar, he reflexionado hasta el punto de tomar la determinación que esta es mi última columna. Me retiro satisfecho y agradecido de haber tenido tantos lectores…”.

Desde la Pequeña Aldea rechazamos el abuso de los poderosos y lamentamos la estigmatización de las voces que critican con fundamento. Ojalá pronto volvamos a ver el renacer de ese periodismo que va más allá de la redacción de la noticia y el sensacionalismo y que se nutre cotidianamente de diferentes fuentes de sabiduría para servir a las comunidades y orientar a la opinión pública.  Hay que recordar la época en que no existían los estudios periodísticos y de comunicación social en las universidades, pero las salas de redacción de los periódicos como El Espectador, El Tiempo, El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla eran habitadas por personajes que eran faro de luz, como don Guillermo Cano, Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Plinio Apuleyo Mendoza, Juan Gossaín, German Vargas, Alberto Salcedo Ramos y Jorge García Usta.

En la época de la censura en Colombia, el gobierno ubicaba censores en los periódicos que revisaban las notas editoriales antes de su publicación. En ese entonces, Gabriel García Márquez y Héctor Rojas Herazo trabajaban para el Universal. En Vivir para contarla, Gabo escribe: “Me quedé en la redacción casi dos años publicando hasta dos notas diarias que lograban ganarle a la censura, con firma o sin firma, a punto de casarme con la sobrina del censor”.

Da tristeza como en nuestro entorno los gobernantes acallan a la prensa utilizando el presupuesto de publicidad.  Eso se llama censura. La censura es abuso de poder para controlar la libertad de expresión

En Tuluá, donde nació Cóndores no se entierran todos los días, el alcalde utilizó otro tipo de censura para silenciar unas de las voces más críticas y contundentes del periodismo nacional: Gustavo Álvarez Gardeazábal.

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1 Comment

  1. Carlos Rafael Guevara Gómez
    4 diciembre, 2019
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    Manuel Medrano me complace leer tus artículos no había tenido la oportunidad de hacerlo me parecen muy buenos y es el periodismo que necesita este pueblo sufrido, sin más por el momento su paisano Carlos Guevara Gómez

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