LA TRAGEDIA DE MUCHOS FAMOSOS


Por Manuel Medrano

Cuando Julio Estrada, Fruko, reclutó a Joe Arroyo en Barranquilla, empezaba a notarse su brillantez como intérprete de ritmos tropicales y con un color de voz único en el país. Ya haciendo parte de la orquesta Fruko y sus Tesos, el Joe Arroyo llegó a Cali. La primera noche el escenario se lucieron los tres cantantes: Piper Pimienta Díaz, Wilson Saoco y Joe Arroyo, quien para entonces lucía un afro bien cuidado y era poseedor de un swing pletórico de mucho sabor que resultó premonitorio de lo que llegaría a ser: una súper estrella de la canción tropical, que desde sus inicios irradiaba un derroche de energía. Era un virtuoso. Lo digo porque tuve la oportunidad de conocerlo aquella vez.

Lo volví a ver en Tolú, había llegado a actuar en el Sirenato del Mar y aproveché para hacerle un reportaje para mi programa de Radio, Operación M2. Cuando vino al Golfo de Morrosquillo, ya se había ganado varios Cangos de Oro en el Carnaval de Barranquilla.

Joe había nacido en Cartagena un primero de noviembre de 1955, sus padres fueron Ángela González y Guillermo Arroyo (El Negro Chombo). Era tan solo un párvulo y su canto sonoro llamaba la atención, cuando ayudaba a sus padres en los quehaceres del hogar, en el Barrio Nariño de Cartagena. A los 14 años ingresó al Coro del Seminario Santo Domingo y por las noches lo llevaban a cantar a un burdel. Fue corista de la Orquesta de Mincho Anaya, pero en realidad el Joe Arroyo, se había iniciado como profesional, en Sincelejo cantando música sabanera en la Orquesta del maestro Rubén Darío Salcedo, el autor de Fiesta en corraleja y Corazón de acero. De Sincelejo viajó a Barranquilla, ciudad que lo adoptó, y lo quiso como uno de sus hijos más preciados.

Después de pasar por varias agrupaciones, en 1981, funda Orquesta la Verdad, llegando con ella a la cumbre de su carrera.

A Joe Arroyo, lo atrapó la droga a una edad temprana y no pudo escaparse de ese flagelo, aun cuando lo intentó varias veces. En algunas de sus canciones exteriorizaba su angustia; en la canción Tumba techo, se refleja el estado emocional del compositor y el intérprete. No pudo regenerarse, lamentablemente la droga afectó su proceso vital hasta tal punto que le complicó su salud, ocasionándole la muerte, cuando tenía todavía mucho por hacer como el artista fuera de serie que fue. Murió en el 2011, tenía 55 años.

A Héctor Lavoe lo conocí en Cali, cuando Alberto Suarez López era el gerente de promoción de Discos Daro, empresa en la cual yo trabajaba y me pidió entrevistar al cantante de los cantantes.

La cita fue en su habitación del Hotel Petecuy, estuvieron presentes su esposa y su hijo. Allí, Héctor me abrió su corazón. Le hice un buen reportaje que terminó en poder del reconocido hombre de radio, Ley Martin. Héctor inició una carrera fabulosa en pleno apogeo de la Salsa y de la Fania, pero nunca supo lo grande que era. La droga lo perseguía y se vino huyéndole de Nueva York para Cali, donde vivió seis meses y el humo de la marihuana, el bazuco y la coca lo hicieron regresar. Otro grande destrozado por la droga. Murió en Nueva York, el 29 de junio de 1993, pobre y abandonado, tenía 46 años.

Mientras que a Diomedes Díaz lo vi por vez primera en un concierto en el Estadio 20 de enero de Sincelejo, llegó a las 3:30 de la madrugada. Solo lo vi. lo conocí de verdad en Tolú cuando lo acompañaba en el acordeonista Juancho Rois, quien me colaboró para poder entrevistarlo. Diomedes estaba bajo los efectos de la droga. Recuerdo que le pregunté cuanto cobraba por los saludos en sus canciones y respondió que no cobraba, pero que su amigo Dimas Gutiérrez le había dado una camioneta cuatro puertas por nombrarlo en unos de sus discos. La droga eclipsó la carrera de uno de los grandes de la música en acordeón, como compositor e interprete.

Cada 200 años nace un Joe Arroyo, un Héctor Lavoe o un genio como Waldo de los Ríos, un argentino residenciado en España que a los 42 años de edad, lo tenía todo: éxito, fama y dinero. Waldo fue quien adaptó el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven y creó el Himno a la alegría que interpreta Miguel Ríos, y fue arreglista de canciones exitosas de intérpretes como Raphael y Janette (Soy rebelde y Por qué te vas) y la vida sigue igual que canta Julio Iglesias. Waldo se suicidó al mejor estilo de Hemingway: disparándose un tiro en la cabeza con una escopeta. El mundo lloró su partida, porque además como arreglista acercó la música clásica a las clases populares.

En el caso de Juan Luis Guerra, el creador de canciones como Ojalá que llueva café, Burbujas de amor y la Bilirrubina, entre otros éxitos, ha dicho que tenía fama y dinero, pero se sentía vacío y todas las noches tenía que tomar pastillas para dormir. Era víctima de la depresión y se salvó al conocer a Jesucristo y convertirse en su adorador.

La vida nos pone un gran espejo a través de las experiencias vivenciales de personajes como estos, que lo han tenido todo: éxito, fama y dinero, y no han encontrado la felicidad por vivir en una eterna agonía sin encontrar jamás el paraíso.

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