LA NATURALEZA HUMANA


Por: Manuel Medrano

La naturaleza humana es compleja y sorprendente, con razón existe un principio bíblico que reza: “maldito el varón que confía en el hombre”  (Jeremías17-5). La humanidad está plagada de un sin número de pasajes y procederes individuales y colectivos que  dejan en evidencia el comportamiento humano, algunas veces suelen  ser unos depredadores y otras veces son perversos. Para el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, la realidad del ser humano está regida por los instintos más primitivos y el súper yo que rige las pasiones.  Hay seres que han logrado encaminarse por la ruta de lo espiritual para dominar ese animal desenfrenado que todos llevamos dentro,  como La Madre Teresa de Calcuta, Gandhi, Nelson Mandela y el Dalai Lama,  líder espiritual de los tibetanos.

La mayoría de los hombres son proclives al poder transformador del dinero y  existen otros  que  en la medida que van escalando posiciones en los diversos estratos sociales,  desconocen sus orígenes humildes y tratan mal hasta sus propios progenitores. En Colombia el poder político ha logrado impregnar de superioridad a nuestra clase dirigente y potenciar su ego.

Hoy voy a compartir una reflexión del escritor Rafael Barrett, narrador, ensayista y periodista nacido en España, pero quien desarrolló la mayor parte de su producción literaria en Paraguay, donde se consagró como uno de los exponentes más destacados en el periodismo y la narración de ese país. Escribió: El dolor paraguayo (1909), Lo que son los yerbales (1910), Cuentos breves (1911) y Diálogos, conversaciones y otros escritos (1918).  Esto escribió Barrett: “Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.  La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil. Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver. ¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario”

Definitivamente la humanidad tendrá que buscar dentro de sí, ese templo espiritual que es inherente al ser humano y que solo la meditación nos permite descubrir para lograr extinguir las huellas del primate que habita en lo más intrínseco de nuestro ser.

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