LA FÁBRICA DE SUEÑOS


La maleta de mi padre (2007): La superación del dolor por el arte

Por Luis Carlos Muñoz Sarmiento*

El solo hecho de existir duele: respirar duele, levantarse cada mañana duele, sonreír y llorar duele.
Por eso no se le puede reprochar a alguien el hecho de abandonar la vida por su propia mano.
No todos somos capaces de soportar los dolores. Yo fui salvado por el alcohol, los cigarrillos, y la literatura; no todos encuentran su salvación.
CHARLES BUKOWSKI

Antes de ir con el asunto central de esta columna, también relacionado con lo que vendrá, agradezco de entrada a los doctores Carlos Augusto Giraldo Jaramillo y José Jaime Correa Ochoa su participación decisiva, en preparación y cuidado, en operación y restablecimiento, de nuestro hijo Santiago, luego de una delicada intervención quirúrgica en el hospital Pablo Tobón Uribe, de Medellín, el 3/abril/2020. Ahora sí, voy con el vínculo entre uno y otro hecho. Hacia 2009 encontré por el azar, ese que precede a la necesidad, el libro La maleta de mi padre, del escritor turco Orhan Pamuk (Estambul, 7/jun/1952). No dudé un instante en comprarlo. Duré muy poco en conservarlo. ¿Por qué? Pues porque un día que Santiago vino a visitarme decidí regalárselo, aun con el dolor que eso pudiera representar. Después de todo, lo que se haga por un hijo es poco, frente a cualquier dolor mundano posible/probable. Mucho más cuando ese dolor obedezca a algo material, aunque a la vez sea espiritual, como un libro.

Muy grato hallar un texto como La maleta de mi padre, del Nobel de Literatura 2006 (1), tres discursos considerados por el propio autor “una totalidad”. El que da título al volumen (9-44) muy sentido, en el que Pamuk evoca a su padre, Gündüz Pamuk (1925-2002), a quien ya había dedicado Estambul (2006), retrato de su ciudad, a través de “los edificios Pamuk”, de pintores, escritores y famosos asesinos, con el sanador Bósforo de fondo, río que es vida, salud y felicidad para Orhan, todo ello narrado en modo autobiográfico, ese perfecto sucedáneo de la creatividad. Todo ello, también, usado de pretexto para examinar, al parecer, “notas, manuscritos y cuadernos” del padre. En realidad, para revelar qué es la literatura: “La literatura es la capacidad de hablar de nuestra propia historia como si fuera la de otros y de la de otros como si fuera la nuestra”; los sentimientos que despertó en Orhan aquella maleta pequeña de cuero negro que no se atrevía a abrir por miedo a que no le gustase lo que leyera, sobre todo a encontrar a un buen escritor, es decir, a perder a un padre: “Porque si de ahí surgía verdadera gran literatura, tendría que aceptar que dentro de mi padre existía un hombre completamente distinto. Era algo aterrador. Porque, a pesar de mi edad, yo seguía queriendo que mi padre fuera solo mi padre, no un escritor”. Sentimientos que tenían que ver con “la sensación de vivir en una provincia y la preocupación por ser auténtico”; el sentido de ser escritor y el peso que esto trae: “Lo que hace alguien que se encierra en una habitación, se sienta a una mesa, se retira a un rincón y se expresa con papel y pluma; lo que implica “llevar una vida dedicada a la literatura”, a lo que su padre se resistió aun siendo un oficio tan noble, pero, eso sí, tan poco rentable “en un país pobre con pocos lectores”; lo que significa ser escritor: “Para mí, ser escritor es descubrir, luchando pacientemente durante años, la segunda persona que se esconde en el interior de uno y el universo que convierte a esa persona en lo que es”, para forjar en soledad “nuevos mundos con obstinación, paciencia y esperanza”, una segunda realidad que ayude a soportar la primera, la insufrible realidad objetiva.

Porque justo de la obstinación y de la paciencia, igual que de la inquietud, surge la literatura, no de la inspiración, como con torpeza e inocencia se cree: “El genio es uno por ciento inspiración y 99 por ciento transpiración”, decía Faulkner. Al encerrarse en un cuarto, el escritor no está solo, lo acompañan las palabras, las historias y los libros de otros, o sea, la tradición: “Creo que la literatura es la experiencia más valiosa que el ser humano ha creado para comprenderse a sí mismo”, subraya, para luego advertir, “las quemas de libros y el desprecio por los autores son anuncios de épocas oscuras e irracionales para las naciones”; y “escribir es hablar de cosas que todo el mundo sabe pero que no sabe que sabe” pues siempre ha creído que todos los seres humanos se parecen, tienen heridas similares y por eso comprenderán al escritor: en esa confianza infantil y optimista se basa toda la literatura, dice.

Y lo que esta debe describir hoy son las preocupaciones básicas del ser humano: el miedo a ser marginado o excluido, a sentirse subvalorado o inútil, humillado u ofendido; debe evitar el engreimiento y el chovinismo pues no es cierto que el mundo tiene un centro: los hombres sufren y lloran, gozan y ríen, piensan y actúan igual, aun siendo de lugares distintos y distantes. La literatura es una isla que se revela poco a poco igual para todos, con los mismos accidentes geográficos, con idénticas riquezas naturales e incluso con similar amargura a aquella en que reside la belleza del paisaje. Al final, Pamuk agradece al padre que nunca lo reprimió ni castigó, lo dejó libre y le demostró siempre un enorme respeto. Que algún día fue capaz de vaticinar que recibiría el Nobel que ahora en su discurso agradece con una nobleza sin par: “… me habría gustado mucho que mi padre estuviera hoy entre nosotros”. ¿Por qué escribe Pamuk?: “Escribo porque me da miedo ser olvidado. Escribo porque me gustan la fama y la atención que me ha proporcionado la escritura. Escribo para estar solo. Escribo porque pueda que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo porque eso es lo que todos esperan de mí. Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz”. Sin embargo, el escribir como es debido, provocó en él un sentimiento inefable de vergüenza, por haberlo hecho a expensas de su padre: lo que, en cualquier caso, no debe ser motivo de pena, sino de grandeza.

No hay que resistir al cambio de rumbo de una historia

En El autor implícito (45-68), discurso que leyó al recibir el premio Puterbaugh, en abr/2006, otorgado por la revista gringa World Literature, Pamuk intenta mostrar que lo que lo ata a la vida es escribir novelas. Le gusta hablar de su oficio, como de una costumbre. Alguien que necesita ocuparse cada día de la literatura para ser feliz, como el enfermo de su medicamento para seguir vivo. Depender de la literatura lo ha llevado a sentirse medio muerto, como el enfermo al que le falta la droga: “Incluso a veces he pensado que estoy muerto y que mediante la literatura intento devolver a la vida el cadáver que hay en mí”. La medicina tiene que ser buena y por ello entiende auténtica y potente: “Un fragmento de novela que me convenza, compacto, intenso y profundo, me hace más feliz que cualquier otra cosa y me une a la vida”. Prefiere a los autores muertos y a medida que se hace mayor, ve que los mejores libros los han escrito ellos. Desde hace 30 años escribe sentado a su mesa en el mismo habitáculo unas diez horas casi cada día y todo lo que ha podido publicar en promedio durante ese tiempo es menos de media página al día y además inferior a un nivel ‘bueno’: “Aquí tienen ustedes dos importantes razones para ser infeliz”. Piensa que la vida es dura cuando no se escribe o porque no se ha podido y también cuando se escribe pues hacerlo es muy difícil: “Para poder escribir bien tengo que aburrirme como es debido, y para aburrirme como es debido tengo que sumergirme en la vida”. Una novela se escribe pensando mucho, con entusiasmo, rabia, deseo. Muchas razones mueven al escritor: gustar a quien se quiere; humillar a quien lo irrita; hablar de lo que le interesa; el placer de aparentar saber mucho de algo que se ignora; el gozo de recordar u olvidar; el afán de ser querido o leído; las ambiciones políticas…

Aunque sepa adónde va con su nave escritural, sostiene que, aun así: “No me opongo cuando la historia cambia de rumbo porque un viento que sopla de repente de un lugar inesperado hincha las velas”. Escribir novelas, para él, consiste en estar abierto a todo impulso, viento, inspiración, oscuridad mental, calma chicha, sin importar que sean largas, como espera el lector, y no breves, como esperan los malos editores: “Esa sensación es compartida por el buen lector que sabe que estoy escribiendo una nueva novela: ‘¡Por favor, que esta novela sea bien larga!’ Me enorgullece haber oído esa frase miles de veces más que el deseo de los malos editores de ‘¡Que sea breve!’”. Lo mejor de la escritura creativa es poder olvidar, como un niño, el mundo, sentirse sin responsabilidades al tiempo que uno se divierte como más le apetece, hacer de las normas del mundo conocido unos juguetes y, a la vez, notar con lucidez la existencia, detrás de todas esas diversiones infantiles y libres, de una profunda responsabilidad que luego vinculará por completo al lector: “La escritura es la capacidad  de hacer que el lector diga: ‘Yo también iba a decir eso pero no he sido capaz de ser tan niño’”.

Una situación política en la que se vio envuelto, un juicio en su contra, hizo a Pamuk más “político, serio y responsable” de lo que era y de lo que le gustaría ser. Estaba escribiendo una novela, pero de pronto otra se le atravesó en su mente y empezó, así, a tomar nota de detalles que antes no se le habían ocurrido. La novela trataría sobre los cuadros de un pintor contemporáneo ya fallecido. Se le ocurrían ideas sobre el pintor como sobre sus cuadros. Entonces notó que no podía volver a su irresponsabilidad infantil mientras siguiera inmerso en esos días agobiantes. Solo podía regresar a los años de su niñez en que soñaba con ser pintor o arquitecto: como cuenta en Estambul. Cuando el juicio fue denegado, pudo volver a El museo de la inocencia, la novela que estaba escribiendo de verdad. Ahora planea escribir algún día la novela que lo asaltaba, en la que solo podía regresar a los impulsos de infancia, pero no retomar su espíritu infantil. Toda esa experiencia le dejó un gran conocimiento sobre la dimensión espiritual de la escritura. Lo que logró al darle “un mal uso al concepto de ‘lector implícito’”, del crítico Wolfgang Iser, quien decía que la novela que se lee no está del todo en el texto ni en el contexto en que fue escrita, sino en un lugar entre ambos.

Según Iser, dice Pamuk, “el significado de un libro surge cuando se lee, y al hablar de lector implícito se refiere a esa función particular del lector”. Pero, en medio de tanto problema político o empantanado en la vida cotidiana “no puedo ser el autor que implica el libro que imagino”. Tras aquella experiencia tenaz, Pamuk comprendió que en realidad pasó “30 años intentando ser ese autor implícito de los libros que quería escribir”. Y añade que no es tan complicado imaginar un libro: “Lo hago a menudo, como imaginar que soy otro [inconsciente evocación del Rimbaud que dijo: “Je est un autre”: un principio ético, por honesto, según el cual ser uno a través de los otros y ser los otros a través de uno]. Lo difícil es ser el autor que implica tu libro”. Y concluye que le gustaría seguir escribiendo novelas otros 30 años y, con esa excusa, vivir refugiándose en otras personalidades. Como el doppelgänger, de Cortázar, que implica un desdoblamiento del escritor para encarnar en o meterse en el pellejo de otros.

El escritor que se pone en el lugar de otros

Justo En Kars y en Frankfurt (69-97), discurso pronunciado al recibir el Premio de la Paz de la Unión de Libreros Alemanes, en 2005, Pamuk se ocupa del novelista que se pone en el lugar de otros; del lector que poco a poco se apodera de la memoria de otro; y de las consecuencias políticas que ello trae. No en vano este discurso se inicia con una mención al personaje Ka, protagonista de la que considera su obra política por excelencia: Nieve (2004), sobre el choque cultural Oriente-Occidente que desató el ataque de la prensa nacionalista turca, tema también tratado en El libro negro (1990): sí, con el mismo título de la obra que Papini escribió, 20 años después de Gog, ya convertido al cristianismo. Ka es un personaje turco que tiene un parentesco literario, no de sangre, obvio, con Kafka y que llega a Frankfurt a comienzos de 1980 como refugiado político. No le interesaba la política, nada le gustaba, salvo la poesía. Ka es un poeta que vive en Frankfurt, adonde Pamuk se desplaza en 2000 para conocer a fondo la ciudad, como un confeso narrador novato que, no obstante, escribe su séptima novela; luego hace lo mismo en Kars, ciudad al nordeste de Turquía, donde se desarrolla la obra. Cuenta todo eso para significar que el objetivo de escribir determinada obra es cambiar la imagen del otro, del extranjero, del enemigo que hay en nuestras mentes.

Los extraños mecanismos de la novela, sirven para mostrar nuestra historia a la Humanidad, como si fuera la de otros y la de otros como si fuera la nuestra, como ocurre para Pamuk con los Budenbrook, de Thomas Mann, esa gesta sobre una familia de arquitectos alemanes (lo que él no pudo ser: arquitecto, claro. Como tampoco fue pintor). De la que tanto se dice es una obra demasiado autobiográfica cuando la realidad es, diría Nietzsche, “el arte es una larga confesión” o, quien escribe, la autobiografía es el sucedáneo perfecto de la creatividad. Y lo que, precisamente, llevó a Pamuk a las calles de Frankfurt/Kars fue eso: “La posibilidad de contar historias de otros como si fueran la nuestra”. O la nuestra como si fuera la de otros.

La novela hace simultáneo el hecho de que los otros se vuelvan nosotros y al revés. Pero para que eso ocurra, señala Pamuk, no es necesario desplazarse como él hizo. La literatura es, ante todo, un viaje interior que, aunque no ocurra en la realidad, termina siendo más real que ella. Para recordar la idea del parentesco literario, cita el comienzo de Die Verwandlung o La transformación y no, como se ha dicho hasta hace un tiempo, La metamorfosis: ¿cómo hacer para convertirse en un enorme escarabajo? (2) Para eso, más que investigar sobre los insectos, hay que ser Kafka. Pero, antes de ponerse en el lugar del otro, hay que investigar y pensar sobre ese otro que debemos imaginar. Identificarse con él dará buen resultado, siempre y cuando uno se haga libre en el intento de pensar y creer no solo distinto, sino contrario a los demás. El escritor no está para darle gusto a nadie, aunque su sueño, por contraste, sea tocar a muchos. En otras palabras, la dialéctica es lo que ayuda a entender cómo se escribieron libros como El Quijote, Ana Karenina, Robinson Crusoe, Moby Dick o los de Faulkner: el caballero libresco es impensable sin el tosco Sancho, igual que sin la gracia de su humor; Levin, el hombre felizmente casado, sin la mujer adúltera, Anna; el amo Robinson, sin su esclavo Viernes; la ballena blanca, sin los miedos/fobias de EEUU, no de “América”; EEUU hoy, sin los negros de Faulkner. Igual piensa Pamuk, la obra de cualquier narrador alemán, sin la referencia a los turcos o a la inquietud que provocan; o la de un turco “que no imaginara a los kurdos, a las minorías o ciertos puntos oscuros de la Historia de los que no se puede hablar”. Como imaginaron a los armenios, víctimas de los turcos y, en particular, del tirano Atatürk, los cineastas Atom Egoyan y Robert Guédiguian, respectivamente, en Ararat (2002) (3) y Una historia de locos (2015), filmes que hurgaron en el horror del genocidio. (4)

Para un novelista la política no consiste en dedicarse a causas políticas, ni en afiliarse a partidos o grupos o sectas, como las del evangelismo y pentecostalismo: no, es algo que se origina en la imaginación, en la capacidad del autor para ponerse en el lugar del otro. Dicha capacidad lo hace no solo descubridor de una realidad humana nunca antes dicha, sino portavoz de los que no pueden alzar la voz, “de aquellos cuya ira no es escuchada, de la palabra oprimida, de lo inexpresado”. Y ahí es donde recobran sus palabras todo el poder político que no se propuso como meta, como intención, sino que surtió efecto/resultado. Los endemoniados, “la mejor novela política que jamás se haya escrito” un “secreto encajado entre la opresión y el orgullo, la vergüenza y la rabia tan profundamente unido a la Historia”, en concepto de Pamuk, hoy se lee como un relato sobre el alma eslava, algo muy distinto a como le habría gustado a Dostoievski: como una novela polémica escrita contra los occidentalistas y los nihilistas. Y así, Pamuk llega a la cuestión Oriente-Occidente, sobre la que piensa que quizás lo mejor sea no abordarla, por cuanto se piensa casi siempre que los países “pobres” (más bien, empobrecidos por Occidente, léase EEUU), tienen que acoger sin chistar las órdenes gringas y de Europa occidental. Pero, opina, algo ingenuo, eso sí, que el problema va más allá de un occidente malintencionado: “Es sobre todo una cuestión de pobreza y riqueza, y de paz”. Solo le faltó: pero, antes que todo, de opresores y de oprimidos.  

Agradecer/confiar, compartir/crear, cooperar/servir

Tiene razón Bukowski: NO todo el mundo tiene la misma capacidad para superar un dolor. Ni Pamuk, con respecto a la desconfianza en su padre, prejuicio que pudo vencer cuando entró en su maleta de cuero negro con esquinas redondas (como la canción que inspiró a Jethro Tull) y descubrió el sortilegio que los unía; ni María del Rosario, ni Marthica ni quien escribe, cuando enfrentamos la noticia del mal que resultó alojado en el cuerpo de Santiago, a sus 30 años, y que superó, por fortuna, con la inteligencia, potencia, carácter e integridad que lo caracterizan; ni, seguro, los doctores Carlos Augusto Giraldo Jaramillo ni José Jaime Correa Ochoa: el primero, cuando, por su cercanía familiar, recibió el encargo de averiguar qué pasaba y cómo solucionarlo, a través de un urólogo/oncólogo ejemplar; el segundo, cuando, por su compromiso profesional y ético, se puso al frente de la tarea, por encargo de su amigo, y, en efecto, la cumplió con el máximo rigor y la mayor entereza, la de los seres humanos compasivos, es decir, capaces de padecer con y por los otros, hasta superar ese dolor: el propio y el ajeno. Pensando en todos ellos, en todos nosotros, doy las gracias por algo que jamás acabaré de agradecer: la salud física/mental de nuestro adorado hijo Santiago.

Como lo hice ya, en su cumpleaños de 2019, en el poema En la ruta de los mutuos afectos en el trigésimo natalicio de Santiago, con la compañía en la guitarra de Andrés Lautaro. Epígrafe: Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad. CARL GUSTAV JUNG Después de hacerlo durante mucho tiempo / hoy por primera vez al pararme de la silla, / hago conciencia de tu foto detrás de mi pc / y en ella misma vislumbro la justificación. // Justificación que para nada radica en la gratuidad / sino en el apoyo y en el agradecimiento constantes / en la urgencia de expresar los afectos recíprocos / tan inusuales en tiempos de egoísmo y mezquindad. // En los que resulta anómalo vivir pendiente del otro / y muy aceptable desentenderse por completo de él / como quien abandona una hormiga a su suerte / sin pensar en los efectos de la debacle ambiental. // Pero no vine a quejarme de ti ni tampoco del planeta / más bien del dolor que me aqueja por tu ausencia / que no por temporal deja de ser tortuosa/estresante / sino que por contraste pincha como un puto abejorro. // Y al intentar librarme de él se me viene todo encima / por sobre cualquier asunto el recuerdo de Valentina / que hace a lo demás palidecer y a ti ponerte rojo / aunque sabes que no he querido defraudarte jamás. // Así que con la corona de espinas en la piel y la cabeza / sin ser el rey del abandono ni el príncipe de la culpa / en medio de pensamientos rotos y de sueños por reparar / busco la forma de no decepcionarte así lo haya hecho ya. // Aunque sé que al filo del tiempo los sentimientos se van / intento retenerlos para bien tuyo y por mi bienestar aquí / esperando ya sea infructuosamente te acerques un poco / para que la maleta de tu padre no deba buscarte con afán. // Así como una picota espera al que azuza a odios inútiles / y otra a quien no dice la verdad u oculta lo que sabe / he querido plasmar lo que siento incluso sopesando / tanto la inutilidad del arte como la validez del esfuerzo. // Aun sabiendo imposible poder empezar de nuevo e igual / mantenerme sin ayuda de nadie a diez mil millas de acá / me alegra que al ser consciente de tu foto detrás del pc / en la ruta de los mutuos afectos su justificación surja total. (5)

Así como uno podría agradecerle a Orhan Pamuk, haber superado un dolor a través del arte de escribir, como lo hace en La maleta de mi padre, testimonio vivo sobre el valor y la riqueza de un padre, aun con todas las diferencias habidas y por haber, que, sin importar que hubiera sido cuando ya había muerto, en 2002, pudiera luego, en 2006, agradecerle que un día le dijo, al ver su primera novela, que algún día ganaría el Nobel y lamenta, otra vez el dolor, siempre a superar por los hombres de carácter, que no estuviera allí con él: “…deseo fervientemente que él pudiera estar aquí”, para celebrarlo. Así como, por último, lamento en nombre de Santiago, María del Rosario, Marthica y en el mío propio, que ese mismo 2006, cuando nació un Nobel, muriera Valentina, nuestra adorada hija/hermanamiga y cómplice de todas las aventuras culturales y vitales que vinieron luego. Cómo me gustaría, hoy, poder mostrarle los libros que escribí en su honor y en el de su inquebrantablemente leal hermano Santiago.

Gracias Orhan, gracias Valentina, gracias Santiago, por seguir aquí iluminándonos la vida, produciendo nuevos partos culturales y políticos, sensibles e inteligentes, en medio de esta barbarie globalizada, de esta crisis provocada por una pandemia. Y gracias, en tu caso, Santiago, a los doctores Carlos Augusto y José Jaime por su apoyo, cuidado y responsabilidad ética/médica, en tiempos de la uberización de la vida laboral por el coronavirus, esa pandemia prefabricada/deliberada que acabó con la relativa armonía que hasta hoy había sobre la Tierra y que, en adelante, no habrá nunca más, a menos que surja la Revolución, una cierta, en busca de verdad/justicia/libertad. Por fortuna, a todo eso puede oponerse la superación del dolor por el arte: literario, en el caso de Pamuk; médico, en el caso de Giraldo y Correa. Y gracias, desde luego, a Bukowski, por recordarnos cómo encontrar una relativa salvación. Nunca habrá con qué agradecerles a los tres los servicios prestados a esta pobre humanidad. Que no es conspirar ni competir, como hacen los amos del mundo, sino como lo hace esa rica Humanidad centrada en agradecer y confiar, compartir y crear, cooperar y servir, nada más.

A propósito de Valentina, cómo no recordar la carta que, justo sobre el dolor, le dirigí a su querida madre (12/oct/2006): María del Rosario: Le escribo desbocado, dos días antes de cumplirse tres meses de la desaparición de Valentina. Y digo desaparición porque, para mí, Valentina no ha muerto. Para mí sigue viva: de ahí mi dolor… Ahora, sé que es imposible experimentar su dolor, su mismo dolor, quiero decir, con igual intensidad, por la pérdida de Valentina, de la bella Valentina. El dolor de una madre no se replica en ninguna otra experiencia. Tampoco, el de su hermano, en este caso, el del admirable y buenamente adulto Santiago. Voy, no obstante, a hablarle desde la humilde orilla del dolor personal. Hacía tiempo estaba por hacerlo, pero no era capaz de empezar. La discreción de Valentina, quizás, aplacaba, acorralaba, mi atrevimiento, como tal vez le ha impedido a Marthica continuar con su libro. Lo primero que tengo que confesarle es que siento mucha vergüenza cada vez que pienso en Valentina, que por lo demás es a toda hora: cómo me duele, por respeto a la puta reunión en la que estaba, no haber salido a saludarla aquél fatídico viernes 14/julio. Y siento vergüenza porque, quizás como Usted hubiera querido, las cosas se dieran de otro modo. Lo extralimitado del hecho, lo desproporcionado, lo traicionero, es lo que en esencia me hace sentir vergüenza. Además, y perdóneme de antemano, pero no sé decirlo de otra manera, hubiera querido decirle a Valentina y a Santiago y a Usted misma que siempre abrigué un profundo temor (y aquí irrumpe Pavese: “Lo que más secretamente tememos siempre ocurre”) por ese piso 16 y específicamente por la ventana de Valentina: de ahí lo que dije en Cafam en torno a que “yo no sería capaz ni de asomarme a la ventana”. Lo que desde luego no puede llevarnos a pensar en una supuesta culpa, ni a Usted ni a Santiago ni a mí. Y no estoy con esto tratando de salvar a nadie; tampoco, de decir que podemos por omisión librarnos de la culpa que no pocas veces nos habrá asaltado y no pocas otras lo hará. Y conste que no hablo de culpa judeo-cristiana, aunque algo pueda haber de ella… No. Recuerde lo del escrito que les pasé, a Usted y a Santiago, en que cito a Groddeck: “Todo aquello que culpas es lo que tú mismo has hecho”. En realidad, hablo es de la culpa que uno inevitablemente siente, tratando de desandar lo andado, de reiniciar un camino, de quebrarle el puerco espinazo a la realidad. Y como hay que repetir lo obvio, para que no se olvide, el accidente de Valentina fue el desencadenamiento, negativo en este caso, de una acción en la que Ella tuvo la libertad para elegir… Y no se puede, tampoco aquí, tratar de echarle la culpa a Valentina (cuando por un lado ya para qué) ni, mucho menos, tratar de devolver la película, para tranquilidad momentánea de nuestros ánimos. Una película de horror, un horror escalofriante, tremendamente doloroso en su caso y en el de Santiago, por la proximidad física a Ella, por la proximidad emocional a sus recuerdos, por la proximidad metafísica a sus sueños. Y en mi caso, en el de mi dolor, un dolor triste e insoportablemente presentido y, para colmos, no expresado… De todas maneras, Ma. del Rosario, y ya para terminar, cuando se sienta invadida, como infinitas veces en el curso de este tiempo me ha pasado, por un dolor muy fuerte, tal vez valga considerar las palabras del poeta español José Agustín Goytisolo (6): “Cuando sientas un dolor muy fuerte, esboza una sonrisa y levanta tu cara al horizonte”. Por otro lado, quizás y para bien, pese al dolor, no quede otro recurso. Luis Carlos (7)

Este ensayo, esta columna, no tiene ambiciones quijotescas ni wellesianas. Apenas pretende dar un poco de consuelo, traer un poco de paz, a los que por diversos motivos sufren en el mundo. Así, a la niña que en la célebre foto le tapa los ojos a una muñeca, frente al horror de la guerra en Libia; al Viejo que, sentado al borde de su cama, en otra tristemente famosa foto, observa los restos de su apartamento; a los millones de inmigrantes que salen de África, ante los desmanes provocados por los gringos y sus perritas falderas francesa e inglesa, y tratan de volver al continente donde belgas/franceses/alemanes/portugueses e ingleses, hicieron del pillaje y del saqueo su principal fuente de placer, pero por el camino o, mejor, en el mar, los rechazan y la mayoría muere sin lograr su objetivo; en fin, a mi colegamigo y fratello brasileño Luis Eustáquio, para que encuentre la paz, tras la partida de Bebel, una de sus otras seis hermanas. Para que todos vean/sientan, veamos/sintamos, que, comparadas con sus penas, las nuestras son pálido reflejo en el quebrado espejo socio/político de hoy, no son nada en realidad o más bien de poca monta y así podrán/podremos soportarlas con mayor facilidad. Para terminar, sobre Valentina, debo decir que, en 2009, gracias a Alfonso Carvajal, en La vida nueva, página 152, de Pamuk, leí: “Hoy estamos a catorce. Perdí a mi hij[a] un catorce”.

La (única) fórmula mágica frente al dolor…

En conclusión, volviendo a Pamuk, la UE (o lo que queda de ella, mientras EEUU, luego de propiciar el Brexit, festeja cada día su desintegración) debe comprender que el problema se debate entre paz y nacionalismo: a ultranza, o sea, fascismo. Nacionalismo o paz. Pamuk piensa que Europa se gana su prestigio en el mundo no Occidental, haciendo reverdecer los sentimientos de libertad, igualdad y fraternidad (ya caducos, para quien escribe); que, si tal espíritu consiste en ilustración, igualdad, democracia, los turcos deben tener un lugar en esa Europa pacífica; y que Europa no debe basarse solo en el cristianismo, así como Turquía no debe encontrar fuerzas solo en la religión: hay que encontrar un lugar para occidentalizados y otro para laicos. Se declara incapaz de pensar en una Turquía que no sueñe con Europa y en una Europa que no sueñe con Turquía. Y aunque ofrezca disculpas por haber hablado tanto de política, no creo que nadie se moleste con Pamuk, ni con La maleta de mi padre.

Cierra su discurso hablando de ese segundo y reconfortante mundo que ha venido forjando en una pieza desde hace 30 años, gracias a materiales mundanos que todos conocen y a lo que puede ver en Estambul, Kars o Frankfurt; señala, cómo la imaginación (y el lenguaje) del novelista le da al limitado mundo real un mágico y particular espíritu al que el novelista entrega su vida y busca que el lector lo sienta. Para él “la vida es algo extraordinariamente complejo, extraño y difícil de comprender que solo puede hacernos felices si logramos encajarlo en un marco. La mayor parte de las veces, la razón de nuestra felicidad o nuestra infelicidad es, más que la vida que llevamos, el significado que le damos”. Ese significado ha venido buscándolo toda la vida. Algo que para él solo puede hacerse mediante la novela. Así, cada vez que ha salido a caminar por las calles de Frankfurt, por las que paseaba Ka, le ha parecido toparse con su fantasma y se ha sentido como si le hubiera encontrado a la ciudad un sentido y un centro particulares para él. La frase de Mallarmé: “Todo en el mundo existe para concluir en un libro”, es irrefutable para Pamuk. Las grandes novelas siguen siendo el medio que mejor expresa el mayor talento del ser humano, la virtud de ponerse en el lugar de otros. Al final, agradece a todos, lo que todos deberíamos agradecerle: haber sido capaz de hurgar en la maleta de mi padre, para sacar de allí el tesoro que ahora ofrece al mundo.

Podría decirse mucho más acerca de este tratado de poesía, nostalgia/saudade, melancolía (la que tanto disfruta Santiago): la utilidad del humanismo en épocas inhumanas. Como esta del coronavirus y la farsa/engaño que entraña, según la forense argentina Chinda Brandolino. (8) También, la gracia (y su revés) de la condición humana; la fragilidad del artista, al que se le asigna una responsabilidad social, como si no bastara la individual que él mismo dispone, al margen de imposiciones. En tal sentido, quizás Pamuk avale la voz de Kafka sobre Janouch acerca de un soneto que éste publicó en Bohemia (1921): “Usted describe al poeta como a un hombre de estatura prodigiosa que tiene los pies sobre la tierra, mientras su cabeza desaparece entre las nubes. Esa es, ciertamente, una imagen muy común en el sistema de conceptos establecido por convenciones pequeño-burguesas. Es una ilusión de anhelos recónditos que nada tiene que ver con la realidad. En realidad, el poeta siempre es más pequeño y débil que el promedio social. Por esa razón siente el peso de la existencia terrena con más intensidad y fuerza que los otros hombres. Para él su propio canto no es sino un continuo grito. El arte es para el artista una pena, a través de la cual se libera para una nueva pena. No es ningún gigante, sino un simple pájaro de más o menos colorido en la jaula de la existencia”.

La maleta de mi padre, en síntesis, contiene un curso (lento) de literatura y tres (dis)cursos sobre la emoción que habita al arte, antes de que lo haga la coherencia. Muestra cómo el arte es útil a la Humanidad, justo cuando no pretende serlo, es decir, cuando no se le notan sus intenciones, sino cuando se produce su resultado; cómo la obra maestra no la decide el artista, sino el que la descubre, así como un crítico no es el que ensalza o vitupera una obra, ni el que solo halla virtudes o errores, sino el que descubre descubrimientos (Kundera) y hace un equilibrio entre debilidades y fortalezas en dicha obra; cómo la frase: “La novela es una perpetua re-definición del ser humano como problema” (9) puede ser tanto de su autor, Kundera, como de su potencial lector, Pamuk; y, por último, cómo hay que agradecer ese descubrimiento, cuando, como en el caso de la obra de Pamuk, se da: La maleta de mi padre es de todos: la escribió alguien capaz de ponerse en el lugar de otros. Alguien que, además, sabe que el arte es la (única) fórmula mágica para superar el dolor. Y, claro, la única forma de resistir a la muerte, de forcejear con ella, de no sucumbir, hasta que se dé el último suspiro.

Para Santiago, de quien espero algún día se ocupe de la maleta de su padre…

Un poco más pesada, tal vez, jajaja, que la del padre de Pamuk.

Notas:
(1) Pamuk, Orhan. La maleta de mi padre. Mondadori, Bogotá, 2007, 97 pp. Ese sí, Nobel merecido, no como el dado a un gringo/judío creador de canciones, o a un japonés/inglés escritor de guiones para cine.
(2) https://elpais.com/cultura/2015/04/22/babelia/1429701387_466414.html
(3) https://www.youtube.com/watch?v=K5S4Un5Sl5w
Se recomienda subtitulada.
(4) https://ok.ru/video/479305075315
(5) https://www.youtube.com/watch?v=yiESCCcb2sQ
(6) Citado por Paco Ibáñez en su concierto del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, de Bogotá (2006).
(7) Carta que hace parte de la novela, inédita, La larga primavera de la anarquía – Vida y muerte de Valentina (Novela), escrita, sin parar, durante los nueve meses siguientes a la partida de nuestra hija. Otro hijo, simbólico.
(8) https://www.youtube.com/watch?v=O0NFppvEJWY
(9) Fuentes, Carlos. En esto creo. Seix Barral, Bogotá, 2002, 358 pp.: 205.
Crédito de la fotografía tomada desde el Hospital Pablo Tobón Uribe, de Medellín:
Autor: Santiago Muñoz Calvo.
Título: “Hay una luz que nunca se apaga”, tributo a la canción There's A Light That Never Goes Out, de The Smiths.
* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE, desde 2012, y columnista, desde el 23/mar/2018. Corresponsal de revista Matérika, Costa Rica. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao Eds., 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Invitado por UFES, Vitória, Brasil, al III Congreso Int. Literatura y Revolución – El estatuto (contra)colonial de la Humanidad (29-30/oct/2019). Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com
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1 Comment

  1. Ramiro de la Espriella
    1 mayo, 2020
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    Bárbaro…todo un recorrido por la literatura que me gusta.

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