La existencia al servicio de la vida


Deshojando el tiempo

Por Luis Carlos Muñoz Sarmiento

Una de las primeras cosas que sale a la luz, en el poemario de Eunaldo Amaya Loaiza, es que, por estar inmersa primero en la emoción y luego en la coherencia, la poesía y antes su autor, el poeta, no están para darle gusto a nadie: que, ante todo, se escribe por una necesidad de expresión, no por el simple prurito de gustar. Pues el gusto se inscribe dentro de una categoría subjetiva, mientras la poesía, como obra de arte, se inscribe dentro de una categoría estética que, si bien tiene un componente subjetivo, más que nada obedece a un criterio objetivo de valoración para que pueda ser considerada, justamente, obra de arte. Ya decía el casi olvidado Nicolás Gómez Dávila: “El poeta que no canta, tan solo opina”. Y la verdadera poesía no es opinión, sino un sucedáneo de la música, por su métrica o ritmo, por su melodía o placer auditivo, por su armonía o goce estético. Y esto se percibe en las dos partes que componen el trabajo poético que aquí se prologa. Parte I, Enigma y Parte II, Aquí estamos, que trae dos epígrafes significativos, uno que habla de libertad y, no obstante, de extravío; y otro que alude a la rebelión como forma de existir: “Eres libre y por eso estás perdido”, de Kafka, y “Me rebelo, por lo tanto existo”, que Camus utiliza como especie de leitmotiv en un libro publicado como volumen doble: El mito de Sísifo Ensayo sobre el absurdo. El hombre rebelde y que hace parte de este último (Losada, 1967, Bs. Aires, 382 pp.). Un prólogo, aclaro, es, en lo fundamental, un escrito para comentar la obra de un autor y no tanto a éste, para introducir en su lectura, despertar el gusto por ella y contribuir, así, a su divulgación. Pero, así como el autor no tiene ningún compromiso previo con el lector, el prologuista no lo tiene con dicho autor.

En tal sentido, lo más deseable es que tanto el autor como el prologuista se vean signados por la libertad de expresión. No por su carácter de amigos o enemigos, como tanto se acostumbra en Colombia, razón por la cual debe pugnarse por una desregionalización de la cultura, para que deje de hablarse de escritores bogotanos, paisas, costeños o pastusos y pase a hablarse, sin hacerlo de forma explícita, de una literatura nacional, como la que en su tiempo pretendieron fundar escritores como José A. Osorio Lizarazo y Manuel Zapata Olivella. En este caso, se habla de un escritor guajiro, residente en Sincelejo. Nada más saludable para un país, que aplicar, de forma natural, sin aspavientos, la autonomía de la creación literaria, sin que los escritores sean objeto de favorecimientos ni de chantajes, mucho menos de negacionismo o invisibilización. Toda obra valiosa, debe tener la ocasión u oportunidad de ser publicada. Por fortuna, contra la tiranía de ciertos editores de la “Industria Cultural”, existen ya otros canales de publicación, distribución y divulgación del trabajo literario, sea poesía, ensayo, narrativa, etc.

En la Parte I, Enigma, con un epígrafe de Beatriz Villacañas: “La poesía no explica el mundo, da fe de su misterio”, lo que refuerza el decir de García Lorca: “Solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio”, Amaya Loaiza presenta 14 poemas, de los cuales tomaré la mayoría para destacar alguna idea: Ausencia, ¿A qué vienes?, Te busqué, Lejanía, Tu voz, El tiempo, el amor y yo, Tus ojos, Desamor, Te olvidé, Enigma, Trascendencia, Descubrimiento, Liberación, casi todos de corte intimista, de preguntas sobre el amor antes que de respuestas, ya sean reclamos, quejas o súplicas, como se nota al romper, pero también de afán de búsqueda, de cambio, de libertad e incluso del anhelo por sacudirse de yugos, ataduras o prejuicios. Así, en Ausencia, a la falta del ser querido se opone la idea de ser un solo cuerpo; en ¿A qué vienes?, hay un claro reclamo, impregnado de un sutil rencor, a alguien, en este caso una mujer, cuyo eclipse de sol ya empezó; en Te busqué, dicha búsqueda intenta resolverse con la transformación; en Lejanía, subyace la paradoja de tan lejos y tan cerca, tan cerca y tan lejos; en Tu voz, se percibe el combate poético entre vigilia y sueño; en El tiempo, el amor y yo, el poeta se postula como víctima de uno y otro; en Tus ojos, la mirada aparece como esencia/bálsamo vivificante; en Te olvidé, subsiste la idea que habita en Desamor, la de la decepción; en Enigma, al desamor o la alienación por el amor lo reemplaza al final el misterio de la mujer y el olvido casi consciente del hombre, con algo de rabia; en Trascendencia, hay evocación, nostalgia, tristeza, soledad, golpes, y al unísono rechazo y aceptación del cambio; por último, en Liberación, Amaya Loaiza alterna con parejas de oposición como libertad/opresión, desoír/escuchar, hablar/callar, pájaros/jaulas, para terminar con una suerte de oxímoron, ya que negaría el título del poema, y de paso aludiría a una soterrada venganza, je je je: “Tú preparas la búsqueda de un nuevo reo”.

En la Parte II, Aquí estamos, el lector se halla frente a 12 poemas, en los que, básicamente, el vate confronta la mirada citadina con el regreso al campo; en los que alternan elementos como el sueño, el granizo, el olvido, la autoafirmación ya citada, el abandono (por la Navidad), el robo del agua, los espejos, la muerte por violencia, fugacidad/fragilidad de la vida, la lluvia como sinónimo de vida y muerte, el festejo de la vida en todas sus formas. Sus títulos lo evidencian: Sueño, Gotas de cristal, Olvido, Aquí estamos, ¿Quién soy?, La calle, Navidad en el parque, Pozo de Majagual, A veces, Sombra arcana, Nacimiento, Llueve y, para cerrar, El canto de la chicharra. En todos puede comprobarse la presencia del poeta como testigo de su tiempo, ya sea como observador imparcial o como sujeto de la historia, ya no objeto pasivo de la misma, así su combate no se dé sino con las palabras, las que son, al mismo tiempo, acciones por venir en la historia de los hombres. Sobre todo, aquellas a las que, tras recordar una frase de Santa Teresa, Raymond Carver se refería: “Las palabras, las palabras exactas y verdaderas, pueden tener el poder de los actos”. Si alguien lo duda, que se atreva a retar su bondad o su ruindad, según sea el sentimiento que le haya impreso el mensajero del amor o del odio. En Sueño, con una inicial/tácita mención de Calderón, Amaya Loaiza se pregunta sobre el sueño invirtiendo los términos: ¿será que al despertar se muere y al dormir se vive? En Gotas de cristal, el hombre citadino despierta con el golpe del granizo en su ventana. En Olvido, Amaya presenta el duelo entre la memoria feliz de antaño y la cruel realidad de hoy en un hondo diálogo con sus ancestros guajiros. En Aquí estamos, vuelve sobre el legado de los viejos para hacer un sentido tributo al espíritu de cooperación del pueblo wayuu, en un tácito rechazo al ánimo destructivo implícito del capitalismo. En La calle, reitera sobre el recuerdo triste de la Guajira y pugna por un final si no feliz, acaso menos mierda: “Mi pueblo moribundo quiere salvarse”. Navidad en el parque, devuelve el rostro despiadado del abandono con la figura de un vagabundo. Pozo de Majagual, trae una queja contra la modernidad y el robo de las fuentes de agua. A veces, una diatriba metafísica, una explosión de impotencia frente a la idea del espejo como duplicador de hombres y multiplicador de problemas, sin aludir al poema Los espejos, de Borges, para quien, según el designio divino, con ellos: “el hombre sienta que es reflejo y vanidad”. Sombra arcana, una honda reflexión sobre la muerte por la violencia, trae un diciente epígrafe de Twain: “Tener miedo a la muerte es el resultado de tenerle miedo a la vida. Si vives intensamente cada [instante] estarás preparado para afrontar la muerte en cualquier momento.” Nacimiento, lleva a hacer conciencia sobre la fugacidad de la vida, sobre la inmanencia/proximidad de la muerte, memoria/olvido: “En una cosmología sin tiempo”. Llueve, la comprobación de que paralelo al ritmo de vida va el ritmo de muerte, el agua como factor, a la vez, de construcción y destrucción. Por último, El canto de la chicharra, la exaltación de la Naturaleza; festejo/baile/celebración de la vida en todas sus formas: humana y vegetal/animal/mineral: en medio del mundanal ruido, el retorno a la vida silvestre, el canto no solo de la chicharra, sino de turpial, canario y sinsonte.

Tras la lectura del poemario de Amaya Loaiza, puede quedarle claro al lector que la poesía no es solo la búsqueda/consolidación de una expresión estética. Es también una justificación de la existencia, un afán por liberarse de atavismos, dolores metafísicos, angustias insoportables, así como por tratar de restablecer el equilibrio vital/emocional y de paso saldar viejas deudas con alma/cabeza/cuerpo. Esa es parte del trabajo que Eunaldo realiza en Enigma y en Aquí estamos, ambos títulos a su modo explicación de tales asertos: Enigma es sucedáneo de arcano, misterio, acertijo; Aquí estamos, de presencia, autoafirmación, autoconsciencia. Complementarlo, completarlo, discutirlo, con distancia y respeto, es ya la labor del lector juicioso, sensible e inteligente que se atreva a estudiar en un autor lo que, probablemente, esté en él mismo. Que sea alegre o triste, poco importa, lo clave, encontrar la mayor identificación posible. Y como al bagazo poco caso, que esa mayor identificación posible sea con lo mejor de su trabajo. Nada más reparador, edificante, constructivo, para ambos: la plena justificación de una existencia al servicio del arte, la creación, la vida, y no de la muerte, que hoy nos abruma y más allá avergüenza a Colombia ante el mundo y convierte al país en un extraño hazmerreír.

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