LA DEGRADACIÓN DEL PODER


Por Manuel Medrano

Si yo fuera dictador renunciaría a mi cargo, y volvería a mi modestísima literatura porque no tengo soluciones que ofrecer”. Jorge Luis Borges.

A pleno sol pasaba por frente de un restaurante. Se trataba de Oscar, quien se extrañó que estuviera abierto en mitad de la crisis sanitaria ocasionada por el Coronavirus. No lo pensó dos veces; entró irritado a reclamar el motivo por el cual estaban prestando servicio si no había autorización alguna. “Yo estoy que me declaro en quiebra porque no he podido abrir el mío”, dijo. Cuando se percató de la presencia del secretario de tránsito municipal lo enfrentó. Le recriminó por estar almorzando en dicho restaurante sin guardar los protocolos de bioseguridad, y le advirtió que subiría las imágenes que estaba grabando en las redes sociales. Luego de mirarlo de manera desafiante, el funcionario público sacó su celular e hizo una llamada. Tres horas después, dos sicarios le quitaron la vida a Oscar, y dos horas más tarde, otros dos sicarios le quitaron la vida a otro líder social en el departamento del Cauca y la guardia indígena capturó a siete de los agresores que estaban armados. Lo recuerdo como si fuera hoy, hace más de 25 años mataron a mi hermano José Narciso Medrano Barragán en Tolú, en su propia casa. Delante de su esposa, le dieron dos tiros en la cabeza. Tres meses después, asesinaron en Pajonal a mi primo Roger Medrano Salgado. En Tolú le quitaron la vida a al pescador que se había metido a político y llegó hacer concejal, Alfredo Alvarado, y como si esto fuera poco el médico Rafael Rodríguez, quien era el presidente del concejo toludeño lo atropellaron las balas en este absurdo país que tanto queremos y donde hay una lista larga y bochornosa de nombres de nuestros muertos, que hemos llorado y enterrado. Aquí estamos dispuestos a continuar llorando y sepultando a nuestros familiares hasta que vengan por nosotros. No renunciaremos a la vida y ojalá que los sobrevivientes de esta pandemia mortal a la cual no le buscan cura, al parecer porque quienes manejan el país sacan ventaja de esta tragedia.

El poder de los corruptos que con sus ojos cerrados posan de inermes e insensibles, ante la imagen desgarradora de un niño que descubre en un camión cargado de cadáver a su propio padre. Nada los perturba, son incólumes, todos los días hablan por la radio y televisión, tanto ruido les impide escuchar el llanto de un niño en Tierra Alta, municipio del departamento de Córdoba, cuando su madre cayó asesinada por uno de los barbaros que se han tomado los pueblos y ciudades imponiendo la violencia.

Se siente la misma impotencia que sintió el periodista Moisés Naín, quien fue Ministro de Fomento de Venezuela, y cuenta que, en 1989, a los 36 años de edad, había participado en la campaña presidencial, obteniendo una victoria abrumadora, pero al llegar al poder, estalló en Caracas una fuerte oleada de saqueos y disturbios callejeros, los venezolanos salieron a las calles a protestar porque el nuevo gobierno había anunciado que iba a recortar los subsidios y a subir el precio del combustible. Estaban rechazando el programa de gobierno por el cual habían votado, especialmente las reformas económicas.

“En vez de simbolizar la esperanza de un futuro más próspero, justo y estable, el programa se percibía como la causa de la violencia callejera y del aumento de la pobreza y las desigualdades”. Esa experiencia le permitió comprobar la degradación del poder y escribir un libro.

En Colombia el poder se ha degradado de tal forma que el escenario de corrupción y la proliferación de tantos asesinatos son aprovechados para la fundamentación de las campañas políticas.

Seguiremos enterrando nuestros muertos, mientras lo socios del mal contribuyen a la degaradacion del poder, solo los maestros se atreven a protestar, mientras el pueblo sigue ausente de la realidad nacional.

Los asesinatos no cesan y esta situación de angustia a nadie parece importarle, tan solo a las víctimas; desde el poder político e institucional, solo cortinas de humo, se observan, aprovechando cada escandalo para desviar la atención en aras de que la manipulación siga surtiendo sus nefastos efectos. El más reciente escándalo mediático ha sido el de la vicepresidenta, Marta Lucia Ramírez, y su hermano narcotraficante. Una vez más sale a relucir el país variopinto que somos, convertido en escenario de confrontaciones, con periodistas que olvidando su compromiso con el oficio y con la comunidad se venden por un plato de lentejas, es el caso de Vicky Dávila y Luis Carlos Vélez en la W Radio, saliendo a defender a la Vicepresidenta en actitud pontificante, acudiendo aquella infamia usada cuando se trata de redimir a la clase dirigente de Colombia: Marta Lucia Ramírez se ha sacrificado toda su vida por el país, en esta patria nuestra los políticos se lucran del país, jamás se sacrifican, el verbo sacrificar no lo conocen ni lo practican; por supuesto, también salieron a defenderla los expresidentes Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Cesar Gaviria, argumentando el sofisma que ha hecho carrera, son ataques políticos. Pues bien, estos señores no escuchan los ruidos de las metralletas ni las pistolas de los sicarios que están asesinando cada tres días una persona. Se refugian en el silencio y solo aparecen a levantar sus voces para defender sus propios intereses o a defender los intereses de sus amigos miembros de la diabólica sociedad privilegiada que siempre ha estado en el poder.

Es prohibido soñar en el país que nos merecemos, porque resulta ser como un espejismo, donde los ruidos de las armas de lo sicarios en acción en seguida nos regresan a la tozuda realidad.

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