LA CEIBA DE LA MEMORIA


Por: Jhonny Polo

Quien la ve sobresalir en la distancia, de entre las tumbas, sobre todo en las noches cuando hay luna llena, notará que parece la silueta de un gigante y, ¡vaya! que sí lo es. Me refiero a la ceiba que creció dentro del cementerio de San Benito Abad. El grosor de su cuerpo es tal que no alcanzarían a rodearla nueve hombres. Sin exagerar, sería un buen prospecto para competir en los “Ginness World Records” de árboles de esta especie.

Crecí escuchando los cuentos e historias de la prístina oralidad que brotaba de la boca de mi abuela. Siempre,  por las noches, reunía en torno suyo a más de una docena de sus nietos para contarnos fantásticos cuentos. Embutida en un amplio vestido de coloridas flores, se sentaba en posición de yoga en un viejo petate y comenzaba a recitar con marcadas inflexiones de voz, cualquier cantidad de relatos, haciendo de vez en cuando una pausa para volver a llenar  la “totuma” de un oloroso café, que permanecía caliente gracias a las vivas brasas en las que reposaba el decrepito caldero donde era  preparado.

Dentro de las muchas historias que relataba mi abuela, cual si fuera “Scheherazade” en las mil y una noches, siempre se viene a mi mente la de la Ceiba del cementerio, e imagino sus raíces atravesando al pueblo como los tentáculos de un pulpo, tal cual lo contaba ella; decía además, que las almas de los difuntos permanecían aferradas a dichas raíces y que cuando temblaba en la comarca era porque los muertos le protestaban a los vivos, por lo mal que se portaban.

A veces voy a llevar algunas flores a la tumba de mi abuela  y contemplo a la vieja ceiba con su cuerpo blanquecino como pintado de estuco por la mierda que dejan caer sobre ella los gallinazos que duermen en sus ramas. Imagino a mi abuela aferrada a sus raíces y por tal razón no quisiera que la ceiba desaparezca, además ¿de dónde se va a sujetar mi alma cuando esté bajo el ceibón? como dirían los sambenitinos en léxico coloquial. Hace algunos meses presencié el sepelio de un amigo y los asistentes susurraban, en esos pequeños corrillos que se forman en los entierros de provincia,   que temían el momento en que las robustas ramas que penden del tronco de la ceiba se  vengan abajo por no soportar su propio   peso, lo cual  podría ocasionar daños severos a las losas de las tumbas que gravitan a su alrededor. Es necesario hacer un estudio para intervenir el ramaje, sin tener que lesionar en su totalidad al ciclópeo árbol.

Por ahora la ceiba sigue imponente y sostenida, tal vez,   por las almas de los difuntos como lo ilustra la historia que contaba mi abuela. Ella que ha sido testigo de todos los muertos no se resigna a que atestigüen su  propia muerte.

Los peregrinos que vienen  a ver al Milagroso ocasionalmente, tienen otro atractivo más por visitar y no es una macabra invitación a propósito de Halloween, pues en verdad la  ceiba, causa admiración y misterio. Es contemplar la vida en abundancia en medio de tanta muerte. Es la vigilante diurna y nocturna de nuestros difuntos. Es, parafraseando el título del libro del recién fallecido Roberto Burgos Cantor, “la ceiba de la memoria”.

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