INDOCUMENTADOS


Por Manuel Medrano

“Si fuera la patria como una madre cariñosa que da abrigo y sustento a sus hijos, si se les diera tierra y herramientas para sembrar, nadie abandonaría su patria para ir a mendigar el pan a otros países en donde se les desprecia y se les humilla”. Libardo Rivera.

En muchos hogares de nuestro país es muy normal encontrar un televisor de 32 pulgadas, pero no una biblioteca ni un libro. La primera vez que llegué a Buenaventura, en el Valle del Cauca, pude observar que por muy pobre que fuera una familia, tenía en su casa un televisor y un equipo de sonido. Esa parece ser una condición de la pobreza extrema que tiene atrapado a un gran sector de la población sin encontrar mecanismos para liberarse.

A finales de los años 60, cuando la gente de San Onofre y Tolú migraban para Venezuela, en busca de la subsistencia, en el campo o en las ciudades, y el bolívar era una moneda fuerte, luego de permanecer varios años en esa tierra, mis paisanos retornaban con una grabadora gigante que lucían en sus hombros, con música a todo volumen y vestidos con ropa comprada en Maicao: un pantalón de Terlenka bota ancha y una camisa de seda y la botella de ron en la mano. Después de 15 o 20 días de andar emparrandados, algunos tenían que empeñar la exótica grabadora, la cadena y la esclava para regresar a la patria de Simón Bolívar. Muchas peripecias tenían que ejecutar mis paisanos indocumentados para llegar al destino donde trabajaban. La mayoría de las veces utilizaban las trochas para evitar el encuentro con la Guardia Venezolana, que era implacable con los campesinos y demás ciudadanos que se aventuraban yendo a trabajar al vecino país rico de ese entonces. La pobreza y la falta de trabajo incidió en el destino de ese grupo humano que encontró en Caracas, Maracaibo, Barquisimeto y en el campo, los escenarios para rehacer sus vidas. Se aclimataron y acariciados por la prosperidad lograron educar a sus hijos en universidades de aquel país, olvidándose de los tiempos pasados que no tuvieron piedad ni con campesinos ni pescadores. En esa época más de 2 millones de colombianos habían viajado a Venezuela con el ánimo de quedarse aun siendo indocumentados.

Muchos pueblos de la Región Caribe se fueron transformando, gracias a los nativos que desarrollaron la costumbre del ahorro y mejoraron sus viviendas gracias a los bolívares venezolanos. Parece mentira, pero esos mismos pueblos de donde se marcharon los colombianos que emigraron, es poco lo que han cambiado, si bien no continúa emigrando es porque las condiciones no están dadas.

En definitiva, el movimiento migratorio más numeroso se dio en la década de 1970 por la bonanza petrolera. La falta de oportunidades sociales y económicas obligaban a los colombianos a refugiarse en el hermano país.

Venezuela es un país receptor de emigrantes especialmente españoles, italianos y portugueses, el paraíso petrolero que se había convertido en el mayor consumidor de productos extranjeros de Sudamérica, dando como resultado el advenimiento de una clase media que se acostumbró a pasar vacaciones en el extranjero y tomarse los centros comerciales de Miami con un Bolívar fuerte que los estimulaba a gastar. La llegada de Hugo Chávez al poder, trasformó el escenario para los colombianos, y los que no se juramentaron en la revolución del siglo XXI, tuvieron que volver a la patria. Al agravarse la crisis en el país Bolivariano, notaron cómo el fenómeno migrante que transcurría, era a la inversa, los indocumentados eran entonces los venezolanos, que se habían tomado los semáforos y parques vendiendo tintos e intentando subsistir, porque a diferencia de los colombianos ellos no son de hacha y machete.

La situación de pobreza en esos pueblos de los cuales partieron para Venezuela a finales de 1960, todavía hace parte del paisaje agreste, pero sus habitantes ya no se marchan para Venezuela, ahora cuelgan la rula, el machete y el azadón y se van a trabajar como mototaxistas a la ciudad más cercana o se convierten en vendedores ambulantes, con bocinas y equipos de perifoneo, alterando el entorno de los barrios a nombre de la supervivencia.

La pobreza continúa y el único refugio en la Región Caribe es el jolgorio, la música y la parranda para dar la sensación de pueblo pobre pero feliz.

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