IGNACIO VERBEL VERGARA, UN ESCRITOR DEL PATIO


Por: Francisco Atencia Gómez

En Colombia y en casi toda America Latina, desde la segunda mitad del siglo XX hacia atrás, los escritores, sin excepción, han sido escritores formados en el patio y alimentados por la sapiencia de los juglares, cuyas composiciones eran verdaderas narraciones de lo acontecido diariamente en su entorno y en otros patios, sumándose a ello, las conversas y enseñanzas de las abuelas y personas mayores que hacían honor a la palabra hablada: Celia; Úrsula, entre muchas otras mujeres y hombres sabios con formación natural y arraigada a principios éticos y morales.

Ignacio Verbel Vergara, nació y vivió parte de su infancia en la población de Caracol, a la sombra de un patio. Un patio embrujado amenizado por diversos cantos de las aves circundantes y el silbar del viento entre las frondas patinas, mientras degustaba jugosos frutos que eran abundantes en los patios de las viviendas que, en aquel entonces, no estaba divididas por cercas y tanto niños como adultos se visitaban a través del patio. los infantes correteaban para todos lados sin el temor de ser violados, secuestrado o maltratados, más que por el embrujo de aquel espacio donde la infancia andaba suelta cultivando su intelecto con duendes, brujas, mohanes y toda clase de diablos, brujas y espantos que surcaban su imaginación.

Siguiendo las enseñanzas del brujo mayor de los patios del mundo, Héctor Rojas Herazo, aseguramos que Ignacio Verbel Vergara es un escrito prolífico, pero también es un ser humano compenetrado con su mundo y con mucho respeto por la especie humana y por la naturaleza. Cosas estas que aprendió en su patio y por eso hermana con uno de los más grandes escritores, de todos los tiempos, el maestro Rojas, creador del primer pueblo mítico en nuestro entorno y quien en una de sus magistrales conferencias titulada: PALABRAS SOBRE UN OFICIO, decía sin reticencias: “Yo no soy de un pueblo, soy de un patio”. Pero no solo es el patio físico, también existe un patio imaginario en la mente de estos creadores nacidos, uno al inicio y el otro a la mitad de la pasada centuria, como Ignacio Verbel, quien aprendió a construir figuras mentales durante su infancia, en la que le tocó trabajar duro para solventar necesidades del hogar cuando sus padres no alcanzaban a hacerlo… Todas estas cosas lo fueron curtiendo y le permitieron ir acumulando en su memoria cosas que habrían de servirle, en un futuro, para escribir hermosas frases y dejar plasmadas bellas palabras con sabor a arte, a níspolas, a mangos y a fiesta, dentro de la mayor elementalidad. Es esta elementalidad que se eleva hacia el infinito como Remedios la Bella, lo que hace que Ignacio sea un escritor grande, de gruesos quilates, con proyección hacia el futuro.

Por sus aprendizajes en el mundo particular del patio, Ignacio nos puede narrar lo siguiente en su obra titulada LOS AÑOS DE NOEMÍ…“vierte en ella agua cristalina sacada de la alberca gigante que los Cabel hicieran edificar (…), en el centro del patio”. Pero antes nos daba una señal inconfundible: -¡Manuela! ¡Manuela! –gritó Noemí desde el patio-. Pero en estas obras como en otras, el patio además de un espacio físico es un símbolo, y siempre será un sitio vívido que se llevaba en el corazón y en la mente, el cual se puede habitar siempre, aún, estando a muchos kilómetros de distancia. Antes de que las fronteras urbanas empujaran hacia lo rural, el patio era un espacio que se disfrutaba diariamente y a través de los recuerdos de árboles, frutos, corrinchos y muchas otras cosas, necesarias y suficientes para estar en el.

Ignacio, además, es un escritor polifacético que, tanto nos enseña cosas de su mundo personal a través de una prosa fluida y clara como agua de manantial, como nos deleita con frágiles y saltarines versos que le apuestan también a su estadía en el patio de su infancia:

“Mamá canta bajo los tamarindos” (…), /los azulejos frotan sus alas/ contra los frutos que penden de las ramas”. Son cantos arraigados en el patio y en toda su etapa de crecimiento físico y mental. Los golpes que recibió durante el tránsito inicial por este mundo, lo inducen a estar parado delante de los hombres e inclinarse solo ante Dios. En tiempo sin tiempo nos dice: “No te arrodilles ante los tiranos/ Ni limpies el piso por donde han de caminar/ no te inclines ante el horror/ ni ante la pestilencia que despiden.  …Salúdate a ti mismo”.

Es una especie de autovaloración, porque el escritor es consciente de que, si uno mismo no se valora, todos creerán que pueden tomarlo de trapero para limpiar con él, el piso.

Pero el escritor caracolero es consciente de que el hombre es un ser gregario y entiende aquella frase del filósofo cuando advierte: “Si quieres llegar rápido camina tu solo, pero si quieres llegar bien lejos, camina acompañado”. Por eso no es excluyente y no le gusta la prepotencia, sabe que la vida es corta y que es mejor disfrutarla.

Estos versos demuestran una seguridad absoluta y autoestima, sin adoptar posturas rimbombantes ni pretender pergaminos, pero con una gran convicción en la vida pensando en que cualquier cosa que se haga, tiene que ser bien hecha. Se desvive por estudiar a la perfección el idioma español y el lenguaje del entorno donde quiera que esté. Escribe conscientemente sus versos o su prosa. Sabe que son sus vivencias, su entorno, sus familias, y todo aquello que rodea a los seres de mente lúcida lo que tiene valía en este mundo.

Ignacio es un hombre de mediana estatura con un corazón infinito. Posee una grandeza de alma y humanismo.  Que no puede ocultarlo en su diario transcurrir, por las intrincadas praderas de este mundo. Por eso fue capaz de escribir una obra tierna y llena de sentimientos encontrados como Juancho el Delfín donde muestra, además del inconformismo con los cafres modernos, el deseo de que podamos vivir en un mundo mejor y con iguales posibilidades para todos.

Sincelejo, julio de 2018

Hermano en la palabra y en los sueños.

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